Guerra durante semanas o meses a pesar de la resolución, de Felipe Sahagún en El Mundo
Aunque se llegue a un acuerdo esta madrugada sobre una resolución para poner fin a los ataques en el Líbano, la votación en el Consejo de Seguridad no se espera antes de hoy o mañana y, dado el abismo que separa a las partes enfrentadas, pasarán semanas o meses antes de que se logre un alto el fuego definitivo.
Hizbulá ha demostrado ya sobradamente su capacidad de resistir a todos los intentos de Israel para destruirlo o desarmarlo por la fuerza, de modo que sólo una solución política -difícil sin negociaciones serias con Siria y con Irán- permitirá resolver las causas del conflicto.
A falta de esas negociaciones, con resolución o sin ella, en el futuro de la crisis desencadenada el 12 de julio por el ataque de Hizbulá a un convoy militar israelí la opción más probable es una situación de tablas, con ataques aéreos y terrestres, y guerra de guerrillas por tiempo indefinido.
El peligro de este escenario es el riesgo de una escalada, primero con ataques de Hizbulá a Tel Aviv, respuestas masivas de Israel en el Líbano, otra guerra civil, la desestabilización de Siria y la intervención, antes o después, de fuerzas sirias e iraníes. En el peor de los casos, podríamos llegar a una confrontación abierta entre suníes y chiíes no sólo en Irak, donde hace meses que comenzó, sino en todo Oriente Próximo.
¿Hasta cuándo soportarán Israel y EEUU el desgaste que supone mantener su actual estrategia? Ésta es la clave para acabar con la crisis. Las correcciones propuestas por los Gobiernos israelí y libanés en el proyecto de resolución aprobado por EEUU y Francia el pasado fin de semana, tras intensas negociaciones, eran una verdadera enmienda a la totalidad, con exigencias imposibles de conciliar.
El obstáculo fundamental es la exigencia libanesa, apoyada por los árabes, de que Israel retire sus fuerzas de Líbano en fecha fija, a la vez que Hizbulá deje de lanzar cohetes y se despliegue el Ejército libanés en el sur. Israel no se conforma con que Hizbulá deje de lanzar cohetes. Aunque ya no exige su destrucción, como al principio del conflicto, quiere garantías de que no volverá a controlar la frontera.
Su gran error es pensar que, con la fuerza militar u ocupando de nuevo una parte del Líbano, podrá conseguirlo mejor que con las negociaciones políticas inevitables tras la tregua sobre una segunda resolución, que debería definir la composición y el mandato de la fuerza internacional encargada de mantener la paz en el sur del Líbano, al lado del Ejército libanés.
El Gobierno libanés sabe que esa segunda resolución podría retrasarse semanas o meses. Por eso propuso anteayer desplegar ya 15.000 de sus soldados. Tampoco quiere «ex potencias coloniales» (palabras del primer ministro, Fuad Siniora) desplegadas en su país. Con esas condiciones, seguramente negociadas con Hizbulá y con el presidente prosirio libanés, Emile Lahud, es posible que no se apruebe nunca el envío de otra fuerza multinacional.
El borrador acordado por los embajadores francés, Jean-Marc de la Sabliere, y estadounidense, John Bolton, exigía una tregua inmediata, no un alto el fuego definitivo. Pedía a Hizbulá la entrega de los dos soldados detenidos, sin obligar a Israel a devolver a los prisioneros libaneses en su poder (Israel reconoce que tiene sólo tres, pero pueden ser 28). Para el Líbano, esto es inaceptable.
A Hizbulá se le exigía que detuviera todos sus lanzamientos de cohetes, a Israel sólo sus operaciones militares ofensivas. Al Gobierno libanés se le pedía que pasara a controlar todo su territorio, hasta las fronteras del armisticio del 49, y a Hizbulá que se retirara de todo el sur del Líbano, pero a Israel no se le obligaba, en contrapartida, a retirarse inmediatamente del Líbano, condición inaceptable también para el Gobierno libanés.
Se pedía el cumplimiento de las resoluciones 1559 (2004) y 1680 (2006), en que se exige el desarme de todos los grupos armados libaneses, y un embargo internacional de armas a todos los libaneses no autorizados a importarlas por el Gobierno de Beirut. Israel respondió que se debe responsabilizar al Gobierno libanés de impedir la entrada de armas y a Finul, la misión de la ONU desplegada en el sur desde 1978, de vigilar que no entren por las fronteras.
El primer ministro israelí, Ehud Olmert, que no esperaba de Beirut lo que Israel viene pidiendo durante años -el despliegue de su Ejército en el sur-, respondió con ambigüedad calculada: «Es un paso interesante... pero tendremos que estudiar todos los detalles». La respuesta definitiva de Israel a la resolución de la ONU la conoceremos hoy tras la reunión anunciada del Consejo de Seguridad israelí, en la que, casi con toda seguridad, se anunciará una ampliación de la ofensiva terrestre de Israel hasta el río Litani, a unos 20 kilómetros al norte de la frontera internacional.
Israel no considera suficiente el despliegue del Ejército libanés en el sur para acabar con la amenaza de Hizbulá. Lo ve como un Ejército virtual, jamás probado en combate, y sospecha que se trata de una argucia de Hizbulá para seguir donde está con otros uniformes. Ninguna resolución que permita a Israel mantener tropas en el Líbano pondrá fin a los ataques de Hizbulá. Como estamos viendo en Irak desde la invasión estadounidense de 2003, las fuerzas israelíes, mientras permanezcan en territorio libanés, serán vulnerables a las acciones de la guerrilla.
No siendo un actor estatal, a Hizbulá le importa poco controlar un determinado territorio o que Israel destruya todo Beirut. La solución está en convencer a Hizbulá de que renuncie a las armas. El Gobierno libanés actual no puede hacerlo sin el apoyo de Siria y de Irán e Israel no le está ayudando nada, todo lo contrario, a conseguirlo.
Felipe Sahagún es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
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