Emergencia nacional, de Anxo Guerreiro en La Voz de Galicia
AUNQUE LOS INCENDIOS son el pan nuestro de cada verano, lo que está sucediendo este año produce pavor, estremecimiento e indignación. Las llamas devorando literalmente nuestro patrimonio natural, el humo amenazando con ahogar ciudades y pueblos o las carreteras y vías férreas cortadas, configuran un cuadro dantesco que nos recuerda otros momentos de terrible desolación, los del Prestige .
Como en aquella ocasión, la ola de incendios que asola Galicia no sólo está produciendo efectos devastadores en términos económicos, ambientales y humanos, sino que amenaza con destruir algunas de las señas de identidad que, como el paisaje y el clima, definen al país. Por eso, aunque ahora es el momento de cerrar filas en torno al Gobierno para combatir el fuego y detener a los criminales que lo provocan, es preciso reflexionar sobre un problema que no deberíamos consentir que se repita.
Porque lo que resulta realmente preocupante en este desdichado asunto es que tanto la Xunta como la oposición -hasta hace un año Gobierno- no parecen saber lo que está sucediendo y por qué está sucediendo. Denuncian la existencia de una criminalidad desaforada y declaran la «guerra sin cuartel» a los incendiarios. Está bien, desde luego, pero se olvidan de un dato fundamental: que detrás de toda actividad criminal existen intereses espurios que la articulan y la explican. Las personas que provocan esta catástrofe son, en efecto, peligrosos delincuentes, pero no están locas.
¿Cuáles son, pues, los intereses que animan a los incendiarios a extender su devastadora y criminal actividad? Últimamente apenas se habla ya de oscuros intereses madereros, y la legislación vigente impide la recalificación de los terrenos quemados. ¿Por qué se quema entonces el monte? No lo sabemos. Y mientras no lo sepamos no podemos implementar una estrategia eficaz que nos permita ganar esta decisiva batalla. Es evidente que es preciso disponer de los medios necesarios de extinción para frenar el fuego. Lo es también que es imprescindible perseguir sin tregua a los incendiarios. Pero mientras no dispongamos de un diagnóstico acertado sobre las causas de esta patología social no estaremos en condiciones de diseñar las políticas que nos permitan erradicar esta lacra que está arruinando al país. Resulta asimismo incontrovertible, como recordaban a diario desde la oposición los actuales gobernantes, que la política forestal no puede seguir pivotando exclusivamente sobre un crecimiento indefinido e insostenible de los medios de extinción.
Por consiguiente, una vez superada esta situación de auténtica emergencia nacional, se hace imprescindible definir políticas adecuadas de regeneración y prevención, así como desenmascarar, caiga quien caiga, los intereses que se ocultan tras esta actividad criminal. Es decir, que se note el cambio.
