Fue en el verano de 1982 cuando escribí por primera vez sobre el Líbano invadido, machacado y ocupado por Israel. Hasta entonces no existía Hizbulá, ni por tanto lanzaba katiushas, ni los soldados del Ejército israelí caían en emboscadas tendidas por el Partido de Dios y eran apresados. Nada impidió entonces que el Líbano fuera invadido, machacado y ocupado. También su capital, Beirut, de tan antigua alcurnia fenicia, como tantas otras localidades del país.

¿Recuerdan los devastadores bombardeos de entonces, los edificios en llamas, a la espantada población civil huyendo o siendo asesinada? Conviene que lo recordemos porque nada de lo que ahora pasa es nuevo; la brutalidad actual tiene precedentes cercanos en el tiempo. Pero Beirut renació, como tantas otras veces a lo largo de su historia. Como Damasco, como Jerusalén, como Bagdad... Como renacerá de nuevo todo el Líbano tras la destrucción actual. Aunque no podamos saber aún cuáles serán los daños, las huellas, las consecuencias.

Inicié mi escrito de entonces recordando la frase de Metternich: «Líbano, ese pequeño país tan importante». Sí, ese pequeño país tan importante ha sido objeto permanente del entusiasmo bélico israelí y ha suscitado siempre las apetencias del sionismo expansionista. Aclararé más adelante por qué empleo este término: entusiasmo. Porque antes hay que aclarar otras cosas, algunos de los motivos permanentes y obsesivos de ese entusiasmo.

Sabía muy bien lo que decía aquel notable político libanés que afirmó tajantemente, tras la creación de Israel: «De todos los países de la zona, el más amenazado a partir de ahora será el Líbano». La sentencia podía parecer infundamentada, alarmista, exagerada; pero no lo era, como muchos acontecimientos posteriores han venido demostrando. No creo que aquel político libanés se olvidara de Palestina, que era un país sin duda, pero que no se encontraba ya amenazado, sino que había sido aniquilado, anonadado, borrado del mapa.

Cuentan que una de las formas más seguras de exasperar a quien fuera primera ministra israelí, Golda Meir, que se ponía como enloquecida a dar puñetazos sobre la mesa, consistía en insinuarle tan sólo la posibilidad de que el llamado modelo libanés perdurara y tuviera éxito. Lo entiendo muy bien, porque su cristalización definitiva y válida serviría para demostrar la posibilidad real del modelo palestino. Justamente todo lo contrario de lo que Golda Meir proclamaba, lo que negaba en redondo, lo que no estaba el sionismo dispuesto a aceptar ni permitir. No valdrían entonces excusas: la constitución y el asentamiento de un Líbano tal como debía ser: diverso, plural, libre, soberano, ilustrado, próspero, resultado perpetuamente renovable de múltiples diálogos, tolerancias y equilibrios, constituían el ejemplo; la demostración y la garantía irreductible de lo que Palestina podría ser también. Y cabía asimismo la posibilidad de que el ejemplo no se redujese, sino que se extendiera por toda la región. Por ello no tenía nada de extraño lo de la exasperación ni lo de los furiosos puñetazos sobre la mesa.

La experiencia libanesa y la experiencia palestina están fuertemente relacionadas, más aún, sólidamente trabadas desde hace varias décadas. No puedo entrar aquí a exponer qué y cuánto tiene esta situación de hecho natural y qué y cuánto de hecho impuesto o forzado; me limito simplemente a reafirmarlo, pues se configura además como una de las claves principales para ir planteando sobre bases reales la complicada cuestión de fondo en toda la zona, para ir introduciendo elementos aclaratorios y para tratar de encontrar posibles vías iniciales de solución. Y tal trabazón estructural adquiere seguramente mayor significado y proyección en dimensión de futuro que en dimensión de pasado y de presente.

Luc Henri de Ber, en su importante libro sobre las comunidades confesionales del Líbano, publicado el año 1983, lo expresaba así: «Objeto de meditación, ¿no es el Líbano, en este sentido, fuente de inspiración y de acción para los innovadores o los creadores de la Palestina de mañana?». El problema reside en que Israel pretende monopolizar no sólo el pasado y el presente sino también el futuro de estos países, a su manera y atendiendo únicamente a sus intereses y objetivos. Israel no es sólo expansionista y monopolizador en el espacio, sino que también lo es en el tiempo. ¿Cómo puede explicarse, de lo contrario, que haya osado proclamar a Jerusalén su capital «eterna»? Nada menos que eso, eterna.

Los aspectos metafísicos tienen indudablemente su importancia, pero tanta o más la tienen los aspectos físicos y materiales. El modelo israelí está sustancialmente necesitado de las guerras repetidas, de los soberbios alardes militares reiterados. El economista Yawad Inani ha vuelto a recordarlo muy recientemente, aprovechando y resaltando las muchas y valiosas contribuciones que hiciera sobre el tema el pensador palestino Hisham Sharabi, distinguido docente en la Universidad de Georgetown durante muchos años, ya fallecido. La teoría de Sharabi se resume en que Israel es un Estado militar que se levanta sobre la agresión permanente. El fundamento expansionista israelí necesita el acoso constante contra sus vecinos, que conduzca inevitablemente a estados de guerra para los cuales se encuentra preparado. Un Líbano próspero «es una espina en el ojo de Israel», como mantienen muchos desde hace tiempo, y como se vuelve a poner de manifiesto ahora.

Nada tiene de extraño, por consiguiente, la contumacia israelí en imponer sus soluciones militares y en rechazar las propuestas de soluciones políticas coyunturales; ni de cumplir realmente, siquiera, las que se presentan como treguas de paz o por razones humanitarias. Nunca son suficientes razones para Israel. Y aunque todas esas propuestas, en definitiva, sean sumamente tibias, hasta vergonzantes, y tendenciosamente comprensivas no sólo con los unilaterales planteamientos y objetivos israelíes sino también con su irreductible insolencia formal, léxica y expresiva. Es la misma contumacia que emplea para elevar el pretexto circunstancial al rango de exigencia irrenunciable: así, el Estado que se ha negado a cumplir hasta el momento 60 resoluciones -creo recordar- de la ONU, se considera autolegitimado para exigir el inmediato cumplimiento ahora de una sola resolución de este mismo organismo. Obviamente, nada de esto haría Israel si no contara con el apoyo total de Estados Unidos y con la incapacidad y anuencia de eso que eufemísticamente se llama comunidad internacional, incluyendo a sus integrantes árabes.

Un agudo analizador de la política actual en la región de Maxrek (Oriente Próximo y Medio), el egipcio Mahmud Awad, acaba de publicar un muy argumentado artículo significativamente titulado Un importante encargo norteamericano. Como mantiene, las exigencias actuales de Israel no son nada más que pretextos inconsistentes y circunstanciales, por varias razones, que resumo en lo básico: Israel se niega a liberar a los miembros de la resistencia libanesa que mantiene como prisioneros desde hace tiempo; en los años 2003 y 2005, Hizbulá secuestró también a soldados israelíes y obligó a Israel a efectuar un canje con prisioneros libaneses; hay un consenso nacional para que Israel no siga ocupando los campos de Shaaba, tierra libanesa, y deje de negarse a entregar al Líbano un mapa de los campos de minas con que ha sembrado el sur de este país.

Israel, sin embargo, se ha dejado llevar por su, al parecer, innato entusiasmo y ha desencadenado otra vez la más atroz destrucción. Iniciando y manteniendo una operación que, como mucho, se atreven a calificar, eufemística y metafóricamente también de «desproporcionada» los más audaces y menos dóciles y sometidos al yugo israelí. Uno de sus ministros, sin embargo, ha tenido la sinceridad y la indignidad de proclamar lo siguiente: «Tenemos la autorización del mundo para continuar esta guerra». Para mayor sarcasmo se trata de Haim Ramon, titular de Justicia.

Aunque quizá tenga asimismo algún motivo para expresarse como lo hace. Porque hay que preguntarse también: ¿en realidad se ha atrevido el mundo a desautorizar esta guerra? Quizá el señor ministro de Justicia israelí no sea tan arrogante y cruel como en principio puede parecer.

En todo caso, sí es una nueva manifestación de entusiasmo. En su raíz etimológica, naturalmente. Tan sólo quienes se sienten inspirados por los dioses se atreven a hablar de esta manera. ¿De qué dioses se trata? ¿En qué puede parar este endiosamiento?

Pedro Martínez Montávez es arabista y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.

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