EL uso de un lenguaje blando, tolerante con lo intolerable, es uno de los frutos menos deseables de la moda política en curso. Un mal que se extiende como una mancha de aceite en un papel y que, desbordados sus efectos en el ámbito público, ha penetrado en nuestras respectivas intimidades para invitarnos con su dulzor a aceptar situaciones y valores que debiéramos rechazar con energía. Cuando decimos, como cualquier locutor de telediario, que los pirómanos están activos y arden los bosques de media España estamos, inconscientemente, dándole una interpretación patológica al suceso: disculpándolo. Un pirómano es un enfermo que siente una atracción insuperable por el fuego y no únicamente por su origen y provocación; pero quienes generan la mayoría de los incendios que, ahora mismo, nos tienen a todos en vilo son incendiarios. Es decir, delincuentes que buscan en el fuego su herramienta de trabajo del mismo modo con que un atracador maneja la navaja o la pistola.

Uno de mis primeros recuerdos infantiles lo tengo en Guitiriz, en la provincia de Lugo. Mi madre me llevó unos días de descanso al entonces único balneario local y sufrimos la alarma de un fuego cercano. Aunque lo suficientemente distante para desvanecer la idea de peligro, lo desagradablemente próximo para respirar el olor acre del humo. Pronto se supo, y fue la comidilla de aquel veraneo, que la Guardia Civil había detenido al incendiario -nadie le llamo pirómano- para ponerle a disposición del juez.
Desde mucho antes de entonces se viene hablando de los fuegos de verano, muchos provocados y alguno casual, y son suficientemente conocidos los intereses que los animan, desde la explotación maderera de los bosques quemados a su conversión para otros usos, como la pradería o su urbanización.
Ahora la Xunta de Galicia, más hábil en la definición de los problemas que en su solución, habla de «terrorismo del fuego»: un modo literario y dramático, bueno para un titular de periódico, de definir una vieja y mala costumbre delictiva.

Lo que vi en la Terra Chá hace sesenta años sigue igual. Quizás los viejos fósforos de cabeza roja hayan sido sustituidos por un encendedor de gas para hacer más liviano el esfuerzo del incendiario; pero poco, y no muy útil, se ha hecho para la disuasión definitiva de tan devastadora actividad delictiva. En los días del Gobierno de Manuel Fraga algunas normas, tímidas y escasas, aliviaron en algo tan crónico sufrimiento gallego, pero se requiere mayor energía. El inicio de un incendio forestal en un rincón de Galicia, provocado o no, debiera ser el inicio de un siglo, al menos cien años, de intangibilidad de la tierra afectada. Como si hubiera dejado de existir. Así, y solo así, decaerían los ánimos incendiarios de unos delincuentes que, muchas veces con impunidad, cambian los paisajes y sus usos para el regocijo de uno solo y el perjuicio de la mayoría. Y no son pirómanos