Hace unas semanas, con ocasión de un trabajo sobre «Jovellanos y la Universidad» realizado con mi sobrino, el profesor Francisco Rodríguez Menéndez, escribíamos: «Si a alguien conviene la célebre frase del comediógrafo latino Terencio: "Homo sum, humani nihil a me alienum puto", ése es don Melchor Gaspar de Jovellanos». Su curiosidad infatigable, su inteligencia versátil, sus saberes enciclopédicos, su asombrosa laboriosidad le llevaron a tratar con perspicacia y exhaustividad un sinnúmero de cuestiones de la España de su tiempo, con el noble empeño de mejorarlas con las luces de la razón. Nada de lo humano le fue ajeno y menos que nada la actividad por la cual el hombre llega a ser verdaderamente hombre: «la educación».

Pero ahora dejo a un lado su pasión por la educación para glosar, aunque sea brevemente, algunos rasgos definitorios de su trayectoria humana e intelectual. Y, más en concreto, su mesura política y su rectitud moral, que permitieron la coexistencia en él del temperamento conservador y el talante progresista, del respeto por la tradición y una inclinación clarividente hacia el reformismo ilustrado. ¿Acaso no fue esta actitud de equilibrada síntesis, a la que hay que unir su amor por la verdad y el progreso de su país, lo que le haría un personaje controvertido? Porque lo cierto es que, como reconocía y lamentaba nuestro pensador y filósofo Julián Marías, «JovellanosÉ a vuelta de muchos elogios, casi nunca ha tenido "buena prensa" porque no la ha tenido en España la mesura, sino las dos tradiciones de desmesura y extremismo que han pretendido, alternativa o simultáneamente, identificarse con nuestra realidad histórica».

Ello explica -la idea valdría para una gran meditación nacional- que su recia personalidad, la honradez indiscutible de su vida no le librara en ningún momento de la incomprensión y la envidia; ya antes, pero sobre todo a partir de 1797, año de su nombramiento como ministro de Gracia y Justicia en que abandona su «paraíso asturiano» para volver a Madrid, a recorrer el camino que sería la etapa más dura y amarga de su vida.

Con palabras tomadas de Ángel del Río sobre Jovellanos recordaría que «católico, fue combatido como uno de los mayores enemigos de la Iglesia; monárquico convencidoÉ es uno de los pocos hombres de su época que no se doblegó ante la corrupción del trono; liberal, odiaba la demagogia; aristócrata de espíritu y temperamento, piensa constantemente en el bien del pueblo».

Es cierto también, por fortuna, que desaparecidos en buena medida tan infundados e injustos prejuicios, hemos llegado a un amplio consenso sobre la verdadera significación de Jovellanos en la Historia, con mayúscula, de nuestro país. Como me he permitido decir en otra ocasión es posible que sólo la España de las últimas décadas, situada a la altura de las naciones europeas vecinas, aunque con sus problemas y algunos demonios regionales y nacionales que todavía nos aquejan, se parece bastante a lo que soñara Jovellanos. Sólo esta España -digo-, después de 200 años de una historia accidentada, está en condiciones de valorar la notabilísima aportación de Jovellanos a la modernización de nuestra nación.

Con alguna razón se le ha calificado como hombre abierto a la transición política y social de su época, a cuyo servicio estuvo su saber y su buen hacer. Su mismo «celo contrarrevolucionario» -más inclinado a la reforma que a la revolución- no pudo ni con su fidelidad a los valores políticos progresistas de su tiempo, ni con su inclinación hacia los nuevos saberes, porque ningún ámbito de la realidad escapó a su curiosa inquietud: el cultivo de las ciencias de la naturaleza, de la economía, en definitiva, de las «ciencias útiles» frente a las escolástica y las estériles indagaciones metafísicas que dominaban la Universidad cuando los tiempos ya eran otros, hacen de nuestro gran polígrafo una figura central en la historia de la ciencia y la cultura españolas. Toda su formidable tarea reformadora, la rigurosa fecundidad de su pensamiento ilustrado, su prudencia en el decir y en el hacer, su convicción de la necesidad que España tenía del estudio de la naturaleza y las llamadas ciencias útiles, sin dejar de ser nuestro primer humanista moderno, toda esa «idea genial» al decir del gran jovellanista José Miguel Caso continúan siendo un ejemplo a seguir.

No sé si este entendimiento de lo que fue su generosa vida política, en las ideas y en la acción, ha contado con la difusión que fuera de desear, aún en nuestro tiempo. Es evidente que Jovellanos es un clásico, pero, ya se sabe, en la acertada expresión de Chesterton que «un clásico es aquel escritor del cual, sin haberlo leído, podemos hacer el elogio».

Y se ha dicho también que «Jovellanos no ha tenido lectores, a lo sumo estudiosos». Ha contado ciertamente con instituciones -pensemos ahora en la labor más próxima de nuestro Foro Jovellanos- y personas que han enriquecido notablemente su conocimiento, pero no estoy tan seguro, en verdad, de que haya tenido muchos lectores, y sobre todo muchos hombres de pensamiento y acción que pudieran emularle. No sé si se han difundido suficientemente las enseñanzas de su vida ni si éstas han recibido la atención que merecen entre las generaciones más jóvenes.

En este día en que celebramos el aniversario del recibimiento que el día 6 de agosto de 1811 hizo a su paisano esta querida villa gijonesa, tras los amargos años del destierro mallorquín, no es fácil dejar de pensar en la gran necesidad que tenemos de imitar su moderación, su sentido común, su inteligente y desinteresado modo de concebir la actividad política, su afán de integración compartiendo el sentir de unos y otros, sin merma de su servicio a la verdad y, en finÉ su patriotismo, su amor a esta nuestra España, tan maltratada a veces.

Como se ha podido decir con éstas u otras palabras, Jovellanos es «el gran precursor de la España del equilibrio y la concordia como vía posible entre la radicalidad y el inmovilismo». Sería deseable para todos un jovellanismo activo, una más extensa difusión de aquella preocupación social y política por sus compatriotas, una inteligencia generosa y fértil, omnipresente en todo el quehacer de su existencia, desde su nacimiento en este Gijón de su alma hasta su fallecimiento, el 29 de noviembre de 1811, en Puerto de Vega, huyendo de los franceses.
Como no abundan, en los tiempos que corren, hombres de tan alta humanidad, necesitamos evocar con devoción cívica su ejemplaridad que nos sigue asombrando y estimulando.

Termino. También con palabras de Julián Marías: y no se olvide que cuando un país está realmente dividido en dos, esta decisión afecta precisamente a aquellos hombres generosos que no la quieren ni la pueden aceptar; y así quedaron divididos, heridos, los que no eran «hombres de partido» en el peor sentido, esos hombres de partido capaces de aceptar frívolamente la partición; los que eran, por el contrario, españoles enteros. De ellos, de esos «españoles enteros», acaso el mejor, clave de su tiempo, era Jovellanos. De eso quería hablar cuando me refería a la necesidad que tenemos de un «Jovellanismo activo». He dicho.

Aurelio Menéndez es catedrático de Derecho Mercantil, hijo predilecto de Gijón y premio «Príncipe de Asturias» de Ciencias Sociales 1994.