A partir de la información que ayer, domingo, publicaban los diarios nacionales, podría deducirse que vivimos en un mundo mágico. Todo es sosiego y quietud. Las gentes, felices, doran sus cuerpos en playas y piscinas, gozan con el senderismo montañero y, todo lo más, se enfrentan al riesgo de una medusa impertinente en las aguas calientes del Mediterráneo o se inquietan ante el humo de un incendio forestal. Sabemos que esa no es la imagen que le cuadra a la realidad; pero la fuga vacacional de los grandes protagonistas de la política proyecta, para el general engaño, esa falsa apariencia.
Los dos grandes líderes de nuestra vida política, el protagonista y el antagonista de la tragicomedia que se anuncia en los carteles de la Historia, han abandonado el escenario de la representación y, de hecho, se han dado a la fuga.
José Luis Rodríguez Zapatero, en continuidad con la tradición marcada por sus predecesores – salvo Leopoldo Calvo Sotelo –, se ha revestido con los modos de un jefe de Estado y ha buscado refugio, con su egregia familia, en el palacio real de La Mareta, en la Isla de Lanzarote. Allí descansa rodeado por los setenta miembros aerotransportados de su guardia personal. Un disparate que, bajo el pretexto de la seguridad, convierte a nuestros políticos en dioses terrenos, en intocables que, de no ser porque cursan con cargo al Presupuesto, producirían la risa y el pasmo de cualquier observador con sentido crítico. Mariano Rajoy también ha escapado del mundanal ruido y descansa en las costas del sur de Galicia.
Es creciente, y alarmante, el sentido laboral que nuestros políticos le dan a su actuación representativa. Así se evidencia en las muchas bicocas que, con unánimes acuerdos, se adjudican, desde pensiones extraordinarias a injustificables “indemnizaciones” por extinción de sus actas correspondientes. En ese entendimiento, se van de vacaciones. Como si fueran obreros de la construcción o funcionarios de los ministerios.
Si esto, España, fuera una Arcadia feliz y sin problemas, si esto no fuera lo que es, estaría muy bien lo de las vacaciones. Incluso perpetuas. Pero aquí, desde la forma del Estado, que está en veremos, hasta la seguridad, que no existe, pasando por los epígrafes que definen a cada uno de los ministerios del Gobierno, todo es un problema. En consecuencia esas vacaciones tan formales, tan instaladas, parecen frívolas.
Una vida laboral dura cuarenta o cincuenta años. Es lógico y justo, necesario, aliviarla con periodos vacacionales tasados y amplios; pero la responsabilidad política, a la que se accede de forma voluntaria, es corta y eventual. Ahí no caben las vacaciones “laborales” tal y como las disfrutan nuestros elegidos.
Del mismo modo que entre ellos suele anidar una grave confusión, la que separa lo público de lo privado y les lleva a patrimonializar bienes comunes que no les corresponden, debiera entenderse la necesidad de diferenciar las conductas de los particulares de la de sus representantes políticos que lo son, en el mejor de los casos, por solo cuatro años.
El verano es, podría ser, un tiempo apto y útil para la negociación, el estudio, la planificación de los proyectos futuros y cuantos trabajos acompañan la decisión del poder y la observación de la oposición. Esto de cerrar el país, como si se tratara de una mercería, no deja de ser una inmensa irresponsabilidad que la costumbre nos invita a aceptar como normal.
Observaba Jerry Lewis que, en el cine mudo, todas las bolas de nieve iban a parar al personaje de la chistera, nunca al del más modesto del sombrero de fieltro o de la gorra proletaria. Es justo que así fuera. Es muy posible que el del sombrero de copa tenga la hipoteca de nuestra casa en su bolsillo. Cabe exigirle más. No es difícil trasladar aquí y ahora la aguda observación de Lewis. Ellos, los políticos en vacaciones, tienen en sus manos nuestro futuro. Han luchado electoralmente para que así sea y es, repito, una gran frivolidad, que ocupen parte de su corto tiempo representativo en descansar de una tarea que no está cumplida.

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