Un centenar de jóvenes árabes y judíos de Palestina, Israel, Líbano y Egipto tocan música, se van de copas y hacen el amor y no la guerra en la orquesta creada, en 1999, por el director israelí y el intelectual palestino Edward Said
Noticia: según ha podido saber este diario, Meirav y Mohammed viven, mientras usted lee estas líneas, un apasionado idilio.Y ustedes dirán: ¿y? De acuerdo: Meirav y Mohammed, dos dulces veinteañeros, ni son Elsa Pataky y Adrien Brody, ni salen en Lecturas, ni pasean sus sonrisas por Mallorca o Chipiona. Pero que Meirav y Mohammed puedan quererse significa que hay esperanza.Porque, aunque ambos tocan el oboe en la West Eastern Divan Orchestra, no poco les separa. Ella es israelí. Él, árabe. Terreno abonado para el odio. Pero aquí, en un pueblecito sevillano, juntos se han saltado todos los checkpoints, todos los territorios ocupados, todos los mártires cargados de bombas y los cohetes Katiusha.Y ya pueden seguir lloviendo bombas sobre Líbano, y la diplomacia mundial puede seguir mirándose el ombligo, que ellos, condenados a odiarse, van y se abrazan.
Y Meirav escapa de la ortodoxia, y se libera de las tenazas del miedo al otro y, con los misiles de Hizbulá cayendo a 30 kilómetros de Tel Aviv, no tiene reparos en decir, emocionada: «Con todo lo horroroso que está pasando, con lo imposible que está la situación, yo sólo sentía que quería venir aquí a ver a mis amigos árabes, a reír con ellos, y a amarles».
Aquí, en Pilas (Sevilla), en una espartana residencia con pinta de campamento de verano, se erige la República Independiente Barenboim. Un oasis de paz y comprensión ideado hace siete años por el director de orquesta israelí y el ya fallecido intelectual palestino Edward Said. Una veta de esperanza mientras las venas abiertas de Oriente Medio siguen goteando sangre. Lenta, pero quizás no inexorablemente.
No hay trincheras en la república Barenboim -que se llama en realidad West Eastern Divan Orchestra-, sino chavales en chanclas. Este año, en total, son 92 músicos de entre 18 y 30 años, llegados de Egipto, Palestina, Israel, Jordania, Irak y Siria, más un buen contingente andaluz. Los españoles obran de puente intercultural -«y a veces de cascos azules», dice alguno-, como lo hace también el escenario, cuenta Marian Said, viuda del activista palestino fallecido hace tres años: «Elegimos Andalucía porque aquí convivieron en paz tres culturas hace diez siglos».
Y sí, en el lugar, efectivamente, se respira alegría, despreocupación y hasta cierto cachondeo con la chavalería escuchando música y correteando por los jardines, contándose chistes en la sobremesa y tonteando por los pasillos... Pero no es oro todo lo que reluce: «Ha habido y hay roces, es lógico», cuenta Alejandra, una sevillana de 22 años que toca el violín. «Todos nos vamos de copas juntos, vamos al cine o a bailar, incluso suelen compartir atril árabe y judío... Pero hace dos días, por ejemplo, nos pusieron un vídeo de la primera edición, y salía una discusión muy agria entre un palestino y un israelí. Están en guerra, no lo olvides».
El problema de árabes y judíos «es de mutuo desconocimiento», suele declarar Barenboim, y lo corroboran Daniel Cohen y Tyme Khleifi. Él vive cerca de Tel Aviv. Ella, en Ramala. Entrevistados por separado, ambos pronuncian una misma frase: «Es que la verdad no es la misma en los dos lados de la frontera». Ambos tocan el violín, y también coinciden en otra de las cantinelas del director hispano israelí: la orquesta «no es un proyecto político, sino humano».
«No sabemos de los palestinos sino por leyendas», dice Daniel Cohen, «por los clásicos mitos de la guerra, por la propaganda. Hasta que vine, no había conocido a nadie de Ramala, y están a 35 minutos de mi casa». Tyme Khleifi, una de las chicas más jóvenes de la orquesta, explica: «Aquí venimos a crear un medio ambiente positivo, a mirar al otro a la cara y terminar riéndote con él». Los dos, igual que Barenboim, coinciden también en que «la música no puede cambiar la mente de nadie ni parar las bombas, pero es un pequeño paso de un camino muy largo».
Y LA MUSICA
Cuenta Marian Said que, cuando nació la orquesta en 1999, Barenboim «en lo último en que pensaba era en la música, porque, sinceramente, no esperaba encontrar calidad del lado árabe por las dificultades de educación». Sin embargo «se fue sorprendiendo a medida que hacía audiciones», y aquí viene a cuento precisamente la historia de Tyme Khleifi.
Nacida en Ramala, de padres muy humildes, con 14 años se empeñó en hacer las pruebas para la orquesta, en 2002. Cuentan que Barenboim se quedó sorprendido por su determinación, pero le dijo: «Eres demasiado joven, no puedo llevarte de viaje». Ella lloró y lloró, y consiguió que el director accediera a entrevistarse con sus padres. En Ramala, la madre de Tyme cogió de las manos a Barenboim, dicen, y le pidió: «Por favor, llévesela de aquí, pero devuélvamela sana y salva». Y se la llevó.
La incontrolable crisis del Líbano ha complicado, como es lógico, el curso de las cosas este año en la República Barenboim. El único participante libanés, una chica, ha optado por no hacer declaraciones a la prensa y ni siquiera aparecer en la jornada de puertas abiertas, celebrada el pasado jueves. La organización trabaja a marchas forzadas para abrir antes del primer concierto (el martes en La Maestranza) los cauces con Siria, que en 2005 aportó cuatro músicos pero este año ha cerrado el grifo, en solidaridad con las víctimas de los bombardeos en Líbano. La guerra se empeña en colarse, como sea, en este plácido reducto. Pero es que también ha de ser así, piensa Marian Said, una mujer dura como el pedernal: «Tampoco debemos permitir que la música ahogue el llanto: hay que llorar si se necesita, pero también escucharse, y ésa es la función de esta orquesta».
A la viuda de Said le brillan los ojos cuando recuerda el concierto de la West Eastern Divan el año pasado en Ramala, una ciudad en ruinas que, sin embargo, vibró con los chavales también del otro lado de la frontera. Pero es que el proyecto no es sólo multinacional de puertas adentro, sino también hacia fuera: América Latina, casi todos los países de la Europa Occidental e incluso Marruecos han recibido ya a la orquesta, en la que tradicionalmente repiten, de un año para otro, cerca de un 50% de los músicos/alumnos.
Y entre estos últimos el auténtico boss es Edu (alias Superedu), un violín sevillano que disfruta mes y medio al año en la orquesta desde que ésta fue creada en 1999. Y Superedu primero decreta secreto del sumario, pero luego cuenta que sí, que rolletes entre árabes e israelíes ha habido y hay «a puñaos». Es lo que tiene hacer el amor y no la guerra.
Dos pueblos «con derecho sobre una misma tierra»
Algunos le llaman sotto voce «el sargento» y otros se han llevado alguna buena bronca de su parte -«¡la próxima vez que mires a la grada, te vas a ella!», le gritaba a uno de los músicos en pleno ensayo el jueves pasado-, pero la masa social de la república Barenboim, en general, estima a su jefe de Estado.
A quien, por supuesto, no le sale gratis su condición en Israel.El pacifismo convencido de Barenboim va a contracorriente hoy día en la sociedad israelí, pero el director de orquesta no pierde ocasión de pedir un alto el fuego. Su argumento es poderoso: «Aquí hay dos pueblos que tienen derechos sobre un mismo pedazo de tierra, por lo tanto estamos condenados a entendernos. Y eso está muy lejos de lanzarnos bombas», decía el jueves.
No parecía casual que Barenboim ensayara esa mañana con sus muchachos la Novena sinfonía de Beethoven -pasando una y otra vez por el Himno a la alegría-, pero lo era: «Ya hemos tocado la Tercera, la Quinta y la Séptima, estamos tratando de completar un ciclo.Además», proseguía, «ese himno no es inocente: los nazis ya lo utilizaron para decir: 'Todos los hombres somos iguales, pero unos más iguales que otros', y con esas cosas hay que tener mucho cuidado».
Su batuta, después, era inflexible en el ensayo. «¡Más suave!»; «¡Más fuerte!», les gritaba a los chavales, que le miraban con admiración y algún bostezo aislado. Barenboim dirigía saltando del inglés (lingua franca aquí) al castellano y al alemán, e incluso se levantaba para señalarle el traste correcto a un chelista o se ponía a discutir un matiz con la flauta solista. Luego, al terminar, todo eran ya bromas.
© Mundinteractivos, S.A.

baremboin no es hispano israeli, es argentino-israelí, en todo caso.