Decenas de reporteros permanecen, noche, día y madrugada apostados frente a la cárcel hoy más famosa de España: la de Alhaurín de la Torre. Los informadores se mantienen, 24 horas sobre 24, con esa paciencia de la que sólo un paparazzi es capaz, por la sencilla razón de que sabe que la paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque no tiene ninguna apariencia de heroísmo. Por el contrario, suele tener más poder que la fuerza.
El reportero free lance, que vive de la caza, sabe, como el cazador, que con paciencia logra más que con la fuerza. Muchas fotografías que no se podrían nunca conseguir, con paciencia y silencio -las dos cualidades de quien practica la caza- tarde o temprano la pieza queda abatida por el disparo de cualquier cámara.

Paciencia, paciencia, paciencia, es el arte de la espera. Silencio y paciencia aunque, en este caso concreto, mucho me temo que de nada les va a servir porque Isabel nunca va a aparecer. Pienso que no se va a prestar a poner nombre propio a la copla que canta la historia de la flor negra de la prisión donde se encuentra, penando, su hombre, su amor, mi Julián. Mucho menos prestarse a un vis a vis carcelario, al estilo del que puede mantenerse en esos «apartamentos, dos horas, 30 euros. Superequipados. Discreción», que la prensa diaria ofrece en la sección de anuncios por palabras, para un sexo de urgencia de quienes no tienen otro techo y otro lecho.

Pienso que lo del vis a vis en la cárcel de Alhaurín se trata de un problema de estética. Aunque a una señora tan señora como Lourdes Arroyo, la sufridora esposa de Mario Conde, le hubiera gustado esa experiencia como un día me reconoció. «Debe tener mucho morbo». Pero, el ex banquero, condenado a 20 años, tan elegante él, tan exquisito, tan sensible, tan esteta, se negó a ello.

La esposa de otro famoso del mismo gremio, también en prisión, en aquella época en la que hasta el gobernador del Banco de España pasó por la cárcel, lo intentó. No pudo. A pesar de llevar la señora, también muy señora, una sábanas de hilo, el jabón y la colonia preferida por él y, hasta una flor para colocar en el reservado preparado por Instituciones Penitenciarias para esos minutos de intimidad. No pudieron y se pasaron la hora de que disponían abrazados... llorando.

Cuando se tiene un mínimo de sensibilidad, no es posible la sexualidad sin libertad. No conozco mujer que no sienta, en esos momentos, el atenazamiento, el bloqueo del pudor, amén de que el sufrimiento que genera el lugar -las cuatro sórdidas paredes, un lecho prestado y hoyado por otros cuerpos y mojados por otras lágrimas, y un bidé- impiden eso de «relájate y goza, amor».

Asco de nuestro ser, asco de aquello que más nos vive y más nos muere, la práctica del sexo sin libertad.

No me imagino a Isabel traspasando el umbral de esas rejas para amar a su hombre contrarreloj. Sin la dulzura carnal. No la imagino.Ni a Julián le gustaría.

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