El rey Abdullah de Arabia no quiere estar en Al Andalus cuando llegue Bin Laden con su horda de benimerines de patera y ha puesto en venta sus colinas de Marbella, la Casa Blanca de la Milla de Oro. Se irá la corte al palacio que le ha regalado el rey de Marruecos. Así que ¿qué hago yo aquí sin el rey de la diabetes ni la duquesita de la garrapata? Ni siquiera llegará Juan Carlos doblando las palmeras con el helicóptero.

En el Casino no hay jeques, ni capos, ni putas de color de cerveza y, aunque estoy en racha, observo que en Marbella todo el mundo tiene cara de cárcel. Las sibilas se aburren; no hay visires que les den 1.000 euros de propina. Los 150 príncipes, las 23 esposas, los 50 cortesanos eran ludópatas y atizaban como sonacas. Ahora resulta que los reyes de Arabia no van a dejar aquí más que una mezquita y el nombre de una calle; hasta la voz del muecín es de disco.

¿Qué hago yo aquí sin el rey de la carcoma ni la duquesita de plomo? Ya no la veo desde la terraza de mi amiga Begoña en la playa de Las Cañas con bikini rojo y gafas negras. Se ha ido a Ibiza, donde Antonio Villanueva pinta zorritos de violinistas teñidos de azafrán. El mar te condena al desinterés; siempre sonríe (los españoles al mar le llaman charco; eso sí que es una metáfora y una chulería). La Duquesa de Montoro es nombre demasiado grande para la arena; se ha escapado a Ibiza con sus sandalias de oro. El mar borra los apellidos.

Veo a las niñas malas enseñando los senos como las vírgenes de la Edad Media, huyendo de las medusas carnívoras. Pero donde ella estuvo ya no quedan sino pájaros marinos con lonchas de ahogado, sílabas de sangre.

Aunque lo diga la greguería, las gaviotas no son pañuelos que dicen adiós.

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