La pasión nace entre bombas, de Javier Villán en El Mundo
'Casablanca' es un clásico lleno de extraordinarias renuncias y grandes frases que logra que el espectador recuerde un amor perdido gracias al piano de Sam, el cinismo de Rick y los ojos de Ilsa.
Entrada de los alemanes en París, Europa en llamas y en escombros.«El mundo desmoronándose y elegimos este momento para enamorarnos»; sublime Ingrid Bergman. Pero el amor no tiene ni tiempo ni lugar.Ocurre. Y basta. Puede florecer y quemarse en poco tiempo en París y renovarse y romperse de nuevo en Marruecos. Casablanca es la película de las grandes renuncias y de las grandes frases.Y dominada por un azar que pone a cínicos y descreídos a la misma altura de los idealistas; cosas de cine. Y amores de cine y hasta una guerra de cine, pues allí sólo llegan los ecos: los huidos, los siniestros tejemanejes del espionaje, el tráfico de salvoconductos.La guerra de verdad, la de millones de muertos y trincheras como féretros inmensos, queda lejos; pero Rick's Cafe Americain es un mundo aparte en el que todo es posible; hasta un amor perdido que vuelve, sacrificado a otro amor.
Santuario de héroes y cubil de villanos, de nazis y de espías, el café de Rick es también, además de un sitio de conjuras y clandestinidades, un bar de frases. En el reencuentro, Bergman y Bogart se pasan el tiempo flagelándose con recuerdos y con frases. Siempre frases y siempre literatura; como si en cada momento tuvieran detrás un guionista de uso personal; no el guionista de todas las películas que aparece en los títulos de crédito, sino uno dedicado sólo a ellos, a suministrarles frases: un apuntador con una frase a punto, que nunca es superflua o traída por los pelos, sino que encierra y revela un mundo de resonancias épicas y románticas: un mundo que, verdadero, ya no puede ser real .
La frase que más fortuna ha hecho y ha pasado a la posteridad es «siempre nos quedará París». Para llegar a esa sencilla formulación filosófica, la vida ha tenido que dar vueltas y revueltas y crucificarnos con muchos desengaños. «Siempre nos quedará París» es el lema de todos los que, candorosamente, han creído en la objetividad del recuerdo. Pero el recuerdo no objetiva nada. Y ese París, que renace en la encrucijada de Casablanca, es una teoría de la resignación asimilada por muchas generaciones, en especial las generaciones de nostálgicos irredentos, o sea mayormente todas; el hoy es una mierda, pero el pasado es gloria bendita: «siempre nos quedará París».
París fue un sueño; Rick lo evoca al toparse con Ilsa en la Francia colonial no controlada del todo por los alemanes, taimadamente libre y cínicamente equidistante entre Petain y De Gaulle; la evocación de París es el regreso a la pureza original: una utopía retrospectiva envenenada de muerte. En París ni el amor ni la libertad tenían precio; sólo que los alemanes estaban a las puertas y a Rick, el americano aventurero, la Gestapo podía meterlo en un campo de concentración. Y a Ilsa Lund, viuda virtual de Victor Laszlo, un legendario jefe de la Resistencia, algo parecido.Por eso Ilsa, en París, le recuerda a Rick lo inoportuno de enamorarse entre bombas, cañones y bayonetas alemanas. A la postre, París sólo fue champán, promesas de amor eterno en un mundo inestable e incierto; y una día de lluvia en la estación, un abandono y una huida. O dos huidas, la de Ricki y la de Sam, el pianista negro, antes de que la bota alemana los aplastara.
De no haber podido escapar Sam de París, con sus canciones, no hubiera podido Ilsa decirle, al encontrarlo en el café de Rick, otra vez ante el piano: «Sam, tócala otra vez». El tiempo pasará es una canción clausurada por el olvido, por el tiempo que no quiere aferrarse al recuerdo. Una canción que provoca el dolor de Rick, la tristeza de Ilsa y la dialéctica de los reproches: la purificación por el reproche. Vuelve París mientras Rick se emborracha solo y sin remedio, macerado su corazón por una pérdida inútilmente recobrada: «De todos los cafés del mundo ella ha tenido que entrar en el mío». Ya es mala pata, pero necesaria para la regeneración de Rick, su supremo heroísmo de salvar al héroe de la Resistencia, mientras vuelve a perder a Ilsa, la esposa de aquél, devastados los dos por la renuncia.
En ese sentido, podría decirse que Casablanca es un guión perfecto; es decir, un tablero dibujado en el que encajan todas las piezas sin demasiadas estridencias; aunque azar y destino se confundan a menudo.
A Humphrey Bogart en Tener y no tener le ocurre lo mismo; es un duro blando y enamoradizo. Sin embargo, Lauren Bacall, la Marie Browning de Tener y no tener, jamás hubiera dicho, como Ingrid Bergman, la Ilse Lund de Casablanca, al escuchar el estruendo de los cañones: «¿Ha sido un cañonazo o es el latido de mi corazón?».La verdad es que el guionista tan preciso de Casablanca es, a veces, un poco cursi. Cuando, por cuestiones de lenguaje, se quiere relativizar un guión de cine o un texto teatral, se dice que es demasiado literario. La mano maestra de Tener o no tener, aparte naturalmente la del director Howard Hawks, es William Faulkner, en colaboración con Jules Furtman. O sea, que lo literario depende de quien venga.
La frase de Lauren Bacall de más impacto para mí es aquélla de «conmigo no necesitas nada, sólo silbar; ¿sabes silbar? Se ponen los labios...». O aquélla «fue bonito mientras duró», que es tan nostálgica como la de París, pero menos. En esas dos frases, la de los cañones y la del silbido, se definen dos opuestos caracteres: la romántica y soñadora Ilsa Lund de Casablanca y Marie Browning, la felina aventurera de Tener y no tener, romántica también a su manera.
Las afinidades entre Tener y no tener y Casablanca son identidades evidentes derivadas de una misma fuente: la novela de Hemingway To have and have not, Guerra Mundial y caída de Francia. Bogart es aquí Harry, patrón de una embarcación de pesca enquistado en una neutralidad imposible, sus asuntos, como el patrón del Rick's Cafe Americain. Tampoco quiere saber nada de nazis ni de franceses, pero tiene su corazoncito. Su neutralidad se quiebra por varias razones esenciales: el influjo de Marie, su independencia irreductible, la revancha contra una policía pronazi que le hace la vida imposible a él y a sus amigos; sobre todo a Eddie, alcohólico y fiel como un perro sediento.
Aún estaba reciente el rodaje de Casablanca y no deben sorprender ciertos mimetismos con Ricki en la composición del personaje de Harry Morgan. En realidad, Bogart siempre se mimetiza a sí mismo; lo cual, sin duda, define su estilo, pero lo limita como actor. Aquella estupidez de Frank Sinatra y los estilistas fosforescentes: «yo no vendo calidad, vendo estilo». Bogart vende estilo, pero es un actor rígido y monolítico. Dota a Harry el pescador, dueño de una barca, de la misma elegancia escéptica de Rick, dueño de un garito muy cosmopolita. Más coincidencias notorias: en Tener y no tener también hay un jefe de policía corrupto, más antipático que el inteligente cínico de Casablanca; un jefe de la Resistencia perseguido, un pianista, un bar. Y menos sacrificios, pues Marie, la Flaca (Bacall), fascinante y jovencísima aventurera trotamundos, compensa a Harry de todos sus sinsabores. Harry acaba colado por ella, como acabó Bogart seducido por Lauren Bacall. Y eso se nota en la pantalla.
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