LA VENECIA DE CASANOVA
Desde hace siglos, Venecia es un espectro flotante, casi imposible, que ha fascinado al mundo. Sus cloacas esconden, además, historias tan fabulosas como desgarradoras: el 'dandy' Casanova, uno de los moradores más fantásticos de la ciudad, estuvo preso en uno de sus sótanos.
Perdóneseme el chiste tan pronto, pero parece inevitable empezar excusándose: es fácil hacer aguas escribiendo sobre Venecia.No sólo porque sea la ciudad más inverosímil del Globo -con sus lindas imitaciones en todos los continentes-, no sólo porque sea la única ciudad que ha bautizado a todo un grupo de poetas que no es de allí, no sólo porque se le hayan dedicado algunos de los mejores libros que se han escrito sobre ciudades (Marca de agua, de Brodsky; My Venice, de Brodkey; Venecias, de Paul Morand). No sólo, en fin, porque uno sabe por experiencia que cualquier cosa que lea sobre la ciudad no puede siquiera aproximarse a la radiante belleza de la ciudad.
También por todo lo contrario de lo que va dicho: es decir, es la ciudad que más postalitas cursis ha inspirado, la que con peores versos ha sido agredida, la que más metáforas vacuas ha suscitado. Venecia misma da cada año una lección a quienes escriben sobre ella: lo que más impresiona de su Carnaval es precisamente el silencio que reina en la ciudad, no tanto las trabajadas máscaras y vestidos, sino esa atmósfera tejida de misterio y quietud atronadora.
Teatro es la palabra inevitable; y Venecia, una función ininterrumpida desde hace siglos. Pero antes de distraer la mirada en los reflejos del agua, después de cansarla en la magnificencia de sus palacios y salones, o en la envidia que dan esas grandes ventanas abiertas a las que de repente se asoma alguien por quien sin duda nos cambiaríamos, hundámonos en sus sotanos.
En uno de ellos tuvo lugar una de las más legendarias aventuras de la historia de la ciudad, protagonizada, naturalmente, por uno de sus más fantásticos personajes: Casanova. Durante más de un año, Giacomo Casanova estuvo preso en su adorada Venecia.Alguien que no le quería bien, alguien que pertenecía a la inmensa cabalgata de dolidos que lo envidiaban o despreciaban o admiraban demasiado, hasta el punto de querer su destrucción, le jugó una mala pasada.
Con anchas sonrisas se hizo depositario de su confianza, descubrió que tenía algunos tratados de magia negra, libros de horóscopos, volúmenes que podían interesar a los estrictos tribunales eclesiásticos, a quienes en pleno siglo XVIII aún había de burlar a diario alguien como Casanova, el amante libre y sin prejuicios, el hombre culto y encantador, el adorador de la vida.
Y, en efecto, la denuncia tuvo éxito. Prendieron a Casanova por poseer libros peligrosos, satánicos, libros que, por cierto, el propio Casanova despreciaba como cúmulos de bobadas. Y lo enchironaron en un sótano en la cárcel de Los Plomos. El relato de su estancia en la celda, desde la que poca Venecia podía verse, forma parte de ese interminable relato en que Casanova consumió su ancha experiencia: Historia de mi vida.
Pero es tal su fuerza y su emoción que suele editarse como si pudiera prescindir de todo lo demás. Y de hecho puede prescindir de todo lo demás, de las muchas alcobas que aparecen en su biografía y de las reflexiones ampulosas con que salpica cada encuentro amoroso. Sólo por el relato de su estancia en la cárcel veneciana y la espléndida fuga, Giacomo Casanova ya sería un autor indispensable del siglo XVIII.
Lo primero que aprende Casanova en lugar tan terrible, donde va aflorando el recuerdo de la Venecia que ha perdido por no guardarse de quienes a él se acercaban para acabarlo, es que allí enrejado no hay nadie malo: se trata de una especie de secta de decentes compuesta por individuos que, precisamente por haber sido apartados de los demás y castigados por los estrictos tribunales que tanto temían a la libertad, prueban su condición de personajes en quienes poder confiar.
La Venecia de la época era un gazpacho de intrigas: el que ayer te saludaba tan afectuosamente corría de inmediato a dar parte de tus desmanes para que te quitaras de en medio y no le enturbiaras algún negocio o le dificultaras alguna conquista. Dada su condición de teatro, sus calles necesitaban constantes tramas, y sus vecinos no defraudaban la condición de la ciudad. Parecían seguir muy al pie de la letra una obra compuesta por la mente más disparatada y cruel.
Casanova era, por supuesto, una leyenda. Los maridos le temían, los prometidos desconfiaban, y él se limitaba a decir que no era para tanto y que no pensaba jugarse el pellejo por unos amores que iban a durarle lo que una merienda. No deja de tener su gracia que fueran precisamente unos libros los que le acusaran de ser adorador del diablo. Se le condenó por perturbar la seguridad pública. «Los únicos que pueden vivir felices en Venecia son aquéllos cuya existencia ignora el poderoso tribunal», escribió en una ocasión.
Quien ha visto atardecer sobre los canales de Venecia sabe que en ese momento hay algo de sagrado -que es palabra que viene de secreto, es decir, aquello que no se puede decir-. Y no pudiéndose decir nada sobre los atardeceres de Venecia, no habrá fenómeno sobre el que se haya escrito tanto. Casanova también dijo algo sobre esos atardeceres en los que se le petrificaba el alma.Pero lo que más temía eran las noches de su calabozo, con el concierto de ratas y los lloros de los vecinos.
Desde que ingresó en prisión supo que se despedía de Venecia, y supo que tendría que dedicar toda su portentosa inteligencia a conquistar a la más complicada dama que se le hubiera negado antes: la libertad. ¿Cómo escapar de la cárcel de Los Plomos? La fuga que ideó con un excepcional colaborador, el padre Balbi, es uno de los grandes momentos de la literatura de aventuras -con traición demorando el momento incluida-.
Casanova, héroe de cómic (por momentos es difícil creerle, es lo que tienen los testimonios de heroicidades contados en primera persona), tiene el pulso suficiente para, en plena fuga, a las cuatro y media de la mañana y con una niebla haciendo espectrales los edificios de Venecia, pedir una pluma y un papel para redactar un texto. Es lo mínimo que debe hacer un caballero que se escapa de la cárcel: decirle a sus carceleros que se ha ido, despedirse.
«Los inquisidores del Estado deben hacer todo lo posible por mantener a un culpable entre rejas; el culpable que tiene la suerte de no ser prisionero de palabra tiene la obligación de procurarse la libertad. El derecho del inquisidor tiene por fundamento la justicia; el del prisionero, la naturaleza. Ya que los inquisidores no necesitaron el consentimiento del prisionero para encerrarle, el prisionero no necesitará del consentimiento de los inquisidores para escapar».
Así comienza la carta que deja Casanova, que termina legando todo lo que tiene a quien le traiciona, «pues no ama como yo más las libertad que la vida misma». Unos gondoleros le ayudaron a alejarse de su prisión. Era su último paseo por los canales que tanto amó y en los que tanto amó. El paseo de un furtivo.La espectacular obra de teatro estaba concluyendo, pero el miedo a ser apresado enmudecía la nostalgia.
Podemos imaginar al caballero Casanova en aquella Venecia de conspiradores, fulleros, damas elegantes, lujos y traiciones constantes, diciendo adiós al que fue. Algún siglo después, otro personaje tan dandy como él, pero más huraño, menos simpático, nada conquistador, bogaría por aquellas aguas: el barón Corvo.Después de soñarse Papa en su novela Hadrien The Seventh -y de imaginar amores intensos con una criatura andrógina, muchachita vestida de príncipe-, acabaría de mendigo por las calles de agua en la que otra función, más triste y dramática, terminaría.
Lo que más impresiona del Carnaval no son las máscaras, sino el silencio, el misterio y la quietud
En plena huida de la cárcel, Casanova pidió lápiz y papel para despedirse de sus captores. Era todo un caballero
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