El convoy atraviesa anónimas aldeas, invisibles puntos en el mapa, en busca de gente atrapada en casas y edificios bombardeados. El convoy de ambulancias y personal de la Cruz Roja, de voluntarios de la defensa civil, avanza con lentitud por estas carreteritas montañosas del sur, desentrañando el profundo Líbano de la muerte, la devastación y el miedo. Pueblinos desiertos, con sus accesos, con sus plazuelas destruidas. Carreteras con socavones profundos en los que a veces se ha precipitado algún automóvil, alguna camioneta, cubiertos del polvo de los días de la guerra. Hay docenas de estos vehículos abandonados en este sur desahuciado y pobre.
Vamos a Srisfa, pueblo al este de Tiro, en la carretera de Marjalallun, fronterizo con Israel. Unas familias piden socorro a la Cruz Roja para extraer de entre los escombros a una docena de cuerpos. Todavía tienen la esperanza de que pueda haber supervivientes. Son innumerables las casas destruidas, los lugares perdidos en esta geografía abrupta, horriblemente aplastados.
Pero el camino de Srisfa se hace largo. El sur vive con el pánico de una incursión israelí que llegue al riachuelo Litani, al norte de Tiro. Los refugiados llegan de los sitios más olvidados y desconocidos. En los cruces de caminos imploran ayuda al convoy con banderas de la Cruz Roja. En otros pueblos de este itinerario del horror hay gente que les desvía, arrastrándoles a otros imprevistos lugares con montones de escombros provocados por otros bombardeos bajo los que aún pueden latir corazones de sus convecinos.
Penetramos en la aldea de Haluseie, donde se desplomó ayer un edificio también de tres pisos como el de Caná. Con mascarillas tapándoles las bocas y guantes, los jóvenes salvadores se encaraman sobre las ruinas para evaluar las posibilidades de su misión de rescate. Remueven algunos escombros, tratan de perforar unas paredes reventadas. Les acompaño hasta la cima de la casa aplastada pero resbalo y me tuerzo el tobillo al descender. Abandonamos el pueblo por que el equipo de la Cruz Roja no confía en sacar a nadie de entre los polvorientos vestigios de bloques de cemento armado. El convoy reemprende marcha para alcanzar su objetivo de Srisfa. En lo hondo de un valle fluye el río Litani.
Los habitantes del sur que han vuelto a echarse a las carreteras en su éxodo hacia Saida y Beirut, hacia las montañas drusas, buscan con ansiedad gasolina para llenar los depósitos de sus automóviles. He visto muchachos que la sacaban de los polvorientos vehículos abandonados. El cerco se va estrechando alrededor de esta población.
Hay que atravesar un pequeño cementerio musulmán para cruzar uno de los últimos puentecitos intactos del río Litani, que acaso haga de nueva frontera de "la zona ocupada" que los israelíes tienen la intención se establecer, como lo hicieron durante la invasión de 1982. Los soldados del contingente internacional están nerviosos, desorientados. El sur es el infierno de Líbano.

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