Llegada la hora de tomar decisiones, las tribus del norte abandonaron sus aferradas costumbres y de manera repentina e inesperada actuaron con una normalidad sorprendente, incluso para los observadores más optimistas. Mucho antes de que los ocupantes de las aldeas tuvieran que resolver el siempre delicado asunto de a quien atribuir el siguiente mandato al frente de las mismas, todos los aspirantes eran conocidos y estaban ratificados por los grupos de poder que los proponían. Y lo habían hecho con normalidad, muy alejados de las zancadillas, las inquinas, los arrebatos, las trifulcas y los sobresaltos a las que habían acostumbrado al adusto y escéptico pueblo durante decenios.

Había cambiado algo? Estábamos en un nuevo territorio? Imperaba ahora la cordura entre los verdes y hermosos valles que daban al mar Cantábrico? Se había copiado el comportamiento de tribus cercanas? O es que, agotados de tantas querellas inútiles, los habitantes de aquel mundo perdido habían dejado todo por imposible y simplemente permitían que cada grupo se las arreglase como pudiese y dentro de estos habían tirado la toalla todos aquellos que podían hacer sombra a los aspirantes?

Un poco de todo, quizá. Las alianzas del período que ahora iba a culminar eran un referente nuevo que había trastocado los planes, las luchas y las disputas a algunas de familias históricamente asentadas. Ahora solo había una opción a cada lado, aunque una de ella fuera compuesta con grupos de extracción diferenciada. Eso, por un lado. Por otro, la paz social, ahora mucho más acusada que en el pasado, que impedía a las organizaciones gremiales exponer el peso de sus razones con la vehemencia que lo había hecho de costumbre. Y, por último, la renuncia, más bien por razones inequívocamente personales, de algunos de los más combativos tribunos de las diferentes formaciones. El caso es que el guirigay iba camino de transformarse en un placentero balneario.

PERO, bien visto, no, aquello no era normal. Resultaba extraño que el candidato del grupo social más conservador no era el más gallito, aquel que en su poblado no dejaba indiferente a nadie y la mayoría estaban de su lado, si no uno de escaso bagaje popular y poco peso al que habían aceptado como mal menor y que, además, repetía tras dos derrotas anteriores. Algo había debajo de esa aparente normalidad que no encajaba. Muchos de sus correligionarios se sentían incómodos con esa propuesta pero, por una vez, todos callados. A calmas tan sospechosas siguen tormentas imprevisibles.

Tampoco estaban mejor los más progres entre los progres, acostumbrados a quejarse de todo, de manifestarse inconformistas e iconoclastas pero que desde tres años a esta parte compartían las responsabilidades de elegir qué caminos abrir, qué habitáculos construir y qué menús servir en los centros sociales. Responsabilidades nuevas para líos viejos. Habían cambiado al candidato pero solo por una razón técnica, sin mayores complicaciones. Las pugnas seguían latentes sin florecer a la superficie, pero haberlas habíalas. Una desviación importante en los resultados y el conflicto estaba servido.

También se habían vuelto apacibles en el conjunto, siempre alterado, que agrupaba a los habituales del poder. Hasta uno de sus integrantes más notorios había renunciado, cosa nunca vista entre los más viejos del lugar, a ser candidato en lugar del candidato. Impresionante, pese a que el largo período de gestión pública -y notoria- del propuesto parecía inevitablemente agotado por decantación. Incluso parecía prudente que pudiesen limitarse los mandatos a dos períodos, como habían hecho otros en otros lugares. Pero no, la tenacidad del saliente y la prudencia --excesiva, según opinión muy extendida-- del posible entrante, habían otorgado la responsabilidad al primero, basándose en que tenía que inaugurar iniciativas de mucho calado. Entre ellas algunas que parecían poner fin por tierra y mar a la muy antigua incomunicación de aquel territorio abrupto y singular. Pero todo daba a entender que era una continuidad forzada, sin ilusión. La unanimidad en la selección del candidato, sospechosa, casi como resultado de quien decide no combatir y acepta lo que sea.

RARO,RARO, porque eran los mismos de siempre, no se había producido un cambio generacional que hubiera supuesto la introducción de nuevas formas y modos. Ellos, los viejos guerreros, que actuaban como tapón de los jóvenes sobradamente preparados que no habían pasado por guerras y conflictos anteriores, comportándose como seminaristas refinados y agudos. Inesperado. Tan radical cambio en los comportamientos de aquella comunidad iban a ser objeto de estudios posteriores, pero mientras se llegaba a alguna conclusión válida, bien parecía que algo gordo se estaba fraguando. Nunca habían encajado las piezas con tanta facilidad desde hacía lustros por mucho que los grandes problemas estuviesen encauzados por primera vez. Quizá la falta de perspectiva nos hacía ver con demasiada el retroceso de la ola antes de que la devolviese el tsunami con una fuerza devastadora y total. Quien sabe.

Mario Bango. Periodista.