Julio es duro. Este año, tras el anuncio por parte de José Luis Rodríguez Zapatero de contactos con ETA, el termómetro se ha disparado. Y lo nuevo no ha sido la radicalización del PP, sino el coro diverso que ha jaleado su discurso. Desde sectores judiciales y personalidades del PSOE hasta gentes del PNV. Hasta el punto de que podemos estar en los dolores de parto de un partido transversal anti-Zapatero.
Junto a la protesta de asociaciones de víctimas que no abrieron la boca en la tregua de 1998 surgió el estruendo de un rosario de decisiones judiciales con papel estelar para Fernando Grande-Marlaska: intento de procesar a Juan José Ibarretxe por reunirse con Batasuna, encarcelamiento por parte del juez Marlaska de empresarios por haber pagado a ETA, imputación del dirigente del PNV Gorka Aguirre por colaborar con la red de extorsión y citación en la Audiencia Nacional de Xabier Arzalluz. Es sano que los jueces no estén sometidos al poder político y la ley debe ser aplicada, pero ¿pueden algunos jueces obstaculizar con sus actuaciones la política del Gobierno legítimo? ¿Pueden los jueces castigar a Ibarretxe por hablar con un partido aunque esté ilegalizado? ¿Es lógico encarcelar a empresarios sospechosos de pagar a ETA cuando hay un alto el fuego permanente y nunca antes se habían adoptado medidas de este tipo? No se trata tanto de discutir lo ajustado a derecho de algunas de estas actuaciones, que se puede discutir, sino de poner de relieve su coincidencia (¿casual?) con el rechazo del principal partido de la oposición a la política del Gobierno de negociación con ETA, tras más de tres años de ausencia de violencia, que tiene el respaldo de la soberanía popular a través de la clara mayoría parlamentaria.
Con este telón de fondo, José María Aznar irrumpió el 4 de julio desde la FAES: "Los verdugos están ganando la partida", "a las víctimas las mataron para nada", "no hay paz cuando unos tienen que tragarse lo que otros han impuesto no con los votos sino con las pistolas", "¿hay paz cuando se obliga por las armas a una nación a modificar su sistema político?". Luego, confundiendo votos con pistolas, concluyó: "Con el Estatuto de Catalunya nos han cambiado el sistema político del 78 sin preguntarnos nada". Y, tras la positiva reunión entre Patxi López y Arnaldo Otegi, Mariano Rajoy sentenció: "Zapatero no representa al Estado". Pero si el presidente elegido no representa al Estado, ¿quién lo hace? ¿El líder de la oposición que perdió? ¿El anterior presidente del Gobierno? ¿Las radios y diarios de la derecha-derecha?
LO CURIOSO es que este lenguaje apocalíptico tenga compañeros de viaje. Así, Enrique Múgica, Defensor del Pueblo, anuncia recurso de inconstitucionalidad contra el Estatut y dice: "(...) la banda terrorista y su brazo político hablan un lenguaje totalitario y establecen que el precio por la paz son los presos, Navarra en Euskadi y la autodeterminación (...) y yo pido elementos de confianza para no hacer caso del lenguaje totalitario. Pido datos para no hacerles caso...". Y veamos lo que dice Juan Carlos Rodríguez Ibarra, miembro de la ejecutiva del PSOE, en un interesante artículo (El País, 24 de julio) que defiende a Zapatero: "En el camino a seguir para acabar con ETA estoy lleno de dudas y solo tengo algunas certezas (...) Cuarta certeza: si ETA no renuncia a todos, o a gran parte de sus objetivos políticos, la paz es imposible. Y si acaso se consiguiera la paz sin que ETA renuncie a sus objetivos políticos, no habremos acabado con ETA, habremos acabado con la democracia y la libertad en España". Ibarra confunde los objetivos (en una democracia, libres) con su logro (solo a través del sufragio universal). Po- líticos socialistas --Alfonso Guerra, Ibarra, Múgica... por no hablar de Rosa Díaz-- utilizan argumentos "transversales".
Pero ha habido más transversales de julio. Según Arzalluz (Deia, domingo, 2 de julio): "Zapatero aceptó el pacto del Tinell (...) Cuando llegó al Gobierno dijo que respetaría lo que saliera del Parlament. Luego negoció con Artur Mas a espaldas de ERC (...) Se cepilló (...) el texto. Lo llevó a referendo, donde no votó ni la mitad del censo. A la vista de esto, yo me pregunto: ¿quién negocia con este hombre? Dicen que es una forma inteligente de hacer política. Inteligente, no. Para hacer charranadas todos tenemos inteligencia". Y añade: "A la chapuza catalana, temo mucho que le siga una chapuza en Euskadi". Y se destapa al contestar: "Sería una situación estupenda que los populares volvieran al Gobierno, porque, como veo que con estos tampoco hay manera de hacer lo que hay que hacer (...), para la labor de resistencia será mucho mejor que esté el PP".
ZAPATERO ha generado un frente del rechazo. El primer componente, el PP, era previsible, pero su desmesura escapa a toda racionalidad. Más extraño es que la reticencia del PSOE recurra al tremendismo. A estos transversales, la España plural, asimétrica, no les gusta. Les enoja porque es poca España. Pero el colmo del despropósito es que Arzalluz se revuelva contra Zapatero e Imaz. Y es que algunos radicales del nacionalismo periférico (nota optimista: no de Catalunya), se suman al nuevo partido transversal --en la práctica, al coro de Aznar-- porque tampoco quieren la España plural. Prefieren la España eterna. Para resistir.
JUAN Tapia. Periodista.

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