LA petición de Javier Fernández al PP para que sus alcaldes acomoden el nombre de las calles a valores democráticos ha sido contestada por René Alvarez Saavedra al afirmar que cada regidor tiene autonomía en su municipio; el secretario general del PP no se conformó con ese argumento, sino que le pasó la pelota al PSOE por la vía del ejemplo, al recordar que Antonio Masip, tras ocho años al frente de la alcaldía de Oviedo, dejó la memoria de Franco dónde la había encontrado: reluciente en el callejero y en los monolitos. Vamos a insistir en la tesis de que todo este asunto de la memoria histórica requiere mucha prudencia. Es evidente que hay corporaciones municipales que dejaron pasar ocasiones pintiparadas para adecuar los nombres de los espacios públicos a los valores de la democracia. Pero no tiene sentido citar tal o cual municipio, sino que todos los dirigentes del PSOE y del PP deberían estar de acuerdo en que mantener monumentos a la memoria del dictador es cuando menos un anacronismo, cuando no una forma de recordar un pasado horrible. No hace falta aprobar ninguna ley para retirar determinadas lápidas, porque hace mucho tiempo que cada partido debería haber dado instrucciones a sus alcaldes para evitar los equívocos.

Creo que la llamada memoria histórica sólo quedó oculta durante el franquismo. Los que tenemos algunos años recordamos cómo ya en la transición se polemizaba con gran interés sobre los hechos más relevantes de la II República, de la guerra civil y de la represión de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Puede hacerse ahora algún gesto externo, pero la memoria del doctor Negrín -por poner un ejemplo de bestia negra para el franquismo- ya está rehabilitada para los demócratas: su valor científico, el sacrificio personal por la causa republicana, la renuncia a la vida fácil de un miembro de la alta burguesía. Y más reciamente, gracias a Moradiellos, su independencia política, que le llevó a ofrecer el distanciamiento del Partido Comunista si recibía ayuda de las potencias democráticas. Reivindicar la memoria histórica desde una trinchera ideológica sólo llevaría a la larga a chocar con el gran valor que guió la recuperación de la democracia: la reconciliación nacional.