Resulta un chiste malo que se diga que las próximas elecciones catalanas pondrán el asunto de la gestión en primer término cuando el aeropuerto de El Prat se ha convertido en la apoteosis de la irresponsabilidad y la dejadez políticas. Nos llenamos la boca con la gestión todopoderosa y con la necesidad de llegar a un pacto de infraestructuras mientras todos los poderes del Estado son incapaces de resolver con rapidez un colapso mayúsculo generado por una protesta laboral salvaje. Surge, de nuevo, ese intenso malestar hacia la política que apareció, por ejemplo, cuando ocurrió el hundimiento del túnel del Carmel. Es un malestar donde confluyen la indignación, el desamparo y la desconfianza. Allí donde la política pierde su nombre y las palabras quedan pulverizadas por los acontecimientos reales (porque los pasajeros atrapados no eran figurantes de ningún concurso televisivo).

Resulta otro chiste muy malo que el Govern de Catalunya, que aspiraba a tener control sobre los aeropuertos, haya desaparecido de esta película so pretexto de que el desaguisado depende de Madrid, extremo que es cierto pero no es excusa. Una cosa es no tener competencias y otra no tener sentido de la realidad. Queda para el inventario de la Catalunya surreal la brillante aparición en televisión del conseller Joan Saura (junto a la señora Mayol) para glosar su circunstancia personal de turista atropellado y maldecir las huelgas salvajes con un celo impropio de quien es padrino de okupas, papeles para todos, contrarios al cuarto cinturón y antinucleares. Saura, metido en su panoplia de veraneante, no tuvo el detalle de pronunciarse como miembro del Consell Executiu de la Generalitat. El más serio - dicen- del tripartito tenía prisa por largarse.

El tercer chiste malo es que el candidato Montilla, a la sazón ministro del Gobierno responsable del embrollo, no parece que tenga mucha influencia a la hora de arreglar las cosas. Ni siquiera pudo o quiso reclamar a su protegido Joan Rangel, delegado del Gobierno, que sacara pronto las fuerzas de seguridad para despejar las pistas ocupadas por el personal de tierra de Iberia. ¿Para qué sirve un ministro catalán cuando el aeropuerto de El Prat es una gran escena de los hermanos Marx? A Mas todavía le recuerdan hoy una nevada que colapsó varias carreteras cuando él ocupaba el cargo de conseller en cap. ¿Se le podrá recordar a Montilla que su Gobierno toleró en El Prat algo muy feo que en Barajas nunca se habría consentido? Demasiados chistes malos para Barcelona y para Catalunya. La ministra Magdalena Álvarez, campeona centralista a la hora de impedir con uñas y dientes el traspaso del aeropuerto de El Prat a la Generalitat, no ha demostrado el mismo ardor guerrero evitando conflictos anunciados. A su visita del sábado al punto cero del caos le sobraba soberbia de jefa colonial. ¿Dónde estaba el Gobierno de España cuando más se le necesitaba para salvar a los ciudadanos de la arbitrariedad de unos empleados y de la estulticia de la dirección de Iberia? Esta vez la cosa no se aplacará con una visita simpática y paternalista de Zapatero diciendo que repartirá unos milloncejos entre la gente, como hizo en el barrio del Carmel.

Lo mejor de todo este suceso es que Iberia, después del show, ya no puede engañar más a los ciudadanos de Catalunya. Digamos, de pasada, que hay malos (incluso pésimos) gestores en las empresas públicas, en las privadas y en las mixtas. Los mediocres no sólo aterrizan (nunca mejor dicho) en la política, lo hacen donde les dejan. Y eso, al final, lo pagamos todos.