El domingo 9 de julio salimos apurados de casa mi esposa y yo, junto a nuestros tres hijos, para llegar temprano a la iglesia del Cerro, a la que vamos desde siempre, sin importarnos cuando ha habido persecuciones, miradas agresivas, burlas, vigilancia o indiferencia. Mis dos hijos varones siempre se adelantan en bicicleta, para llegar antes y ponerse las albas deprisa y alcanzar al sacerdote, que se dirige hacia la misa sonriendo, pero mirando de reojo a los monaguillos impuntuales. Mis tres hijos son la cuarta generación de mi familia en esta comunidad cristiana. Pero por mucho que me guste hablar de nuestro pequeño y predilecto mundito, ése no es el tema central de este artículo.
Al regresar de la iglesia vimos cómo frente a mi casa y la de mis padres y la de mis tíos -todas en los alrededores del parque Manila, en el humilde barrio habanero del Cerro-, las autoridades habían colocado altavoces y situado a decenas de ciudadanos. Allí había policías uniformados, notorios colaboradores-delatores de la zona y agentes de Seguridad. Después, supimos que muchos militantes del Partido Comunista eran los espontáneos congregados. La mayoría tenía brochas en las manos, otros tenían pinceles y pintaban aceleradamente carteles. Cuando yo pasaba frente a ellos (y lo hice varias veces) me señalaban y decían «ése es Payá», por cierto, no con mucho cariño, y algunos incluso me hacían fotos de forma provocadora. Parece que el Gobierno decidió trasladar la guerra de carteles desde los alrededores de la Embajada de Estados Unidos en La Habana a mi humilde casa, tratando de intimidar a mi familia y a todo el barrio. Colocaron frente a mi casa un cuadro con caricaturas del presidente Bush y un gusano, y muy cerca pintaron dos letreros de grandes dimensiones que dicen respectivamente: «En una plaza sitiada la disidencia es traición» y «Socialismo o muerte». Veredicto y sentencia. Mentira y muerte.
Éstos son los recursos del terror, en el mismo estilo, de fascistas y comunistas. En eso son iguales los pogroms nazis contra los judíos y los actos de repudio o las ferias del terror contra los disidentes. No pediré disculpas por hablar así, aunque sé que en ciertos ambientes artísticos, políticos e intelectuales es de mal gusto hablar del terror y los crímenes del comunismo. Quizás por eso el monumento de Praga a las víctimas del comunismo es tan modesto y pequeño. Yo creo que la sencillez de ese monumento es una protesta a la hipocresía y a la moral hemipléjica de un mundo que no quiere reconocer que las injusticias no se deben considerar en función de los colores del verdugo o de la víctima, sino por el dolor humano que causan. Los pueblos necesitan del perdón, como camino de reconciliación y ésta no se logrará sepultando una parte de la verdad. Pero, se me olvidaba, que ése tampoco es el tema de este artículo.
La fecha de esta feria de carteles y cuadros instalados en los alrededores de mi casa coincide con el 15 aniversario de otro pogrom. El 11 de julio de 1991, mi esposa y yo teníamos sólo dos hijos nacidos aún -el tercero estaba en camino-. Habíamos convocado a los ciudadanos para que fueran a mi pequeña casa para apoyar con sus firmas un proyecto de Diálogo Nacional que íbamos a presentar a la Asamblea Nacional del Poder Popular, apoyándonos en el artículo 88 de la Constitución cubana. Proponíamos una vía pacifica, reconciliadora y nacional para los cambios que el país necesitaba de igual forma que los sigue necesitando ahora. Una turba organizada y trasportada por la Seguridad del Estado realizó un pogrom o acto de repudio. Asaltaron mi casita, destruyeron muebles, robaron las firmas ciudadanas, voltearon camas, rompieron armarios y, finalmente, pintaron letreros con pintura negra en la fachada: «Payá Gusano» «Payá agente de la CIA» y «Viva Fidel». Así se mantuvo mi fachada durante unos siete años.
Es posible que la feria del 10 de julio del 2006 celebrara la valiente gesta realizada contra mi hogar el 11 de julio del 1991. Aquella vez fue contra el proyecto del Diálogo Nacional. Después, en el año 2002, cuando entregamos el proyecto Varela apoyados en 11.020 firmas de ciudadanos, el Gobierno convocó a una ridícula y forzada recogida de firmas para cambiar la Constitución, pegándole frases que establecen como «irrevocable» el sistema político, social y económico que rige en Cuba. Sentenciando así a los cubanos a vivir eternamente sin derechos. Sólo unos meses después, en marzo del 2003, la Seguridad del Estado detuvo y sentenció a altas condenas, en juicios sumarios, a decenas de líderes del proyecto Varela y a otros disidentes y periodistas. Aún están cumpliendo prisión injusta y son sometidos a un trato cruel, sólo por defender los Derechos Humanos. El 10 de mayo de este 2006, proclamamos el programa Todos Cubanos, después de realizar un diálogo en el que participaron miles de cubanos.
El Gobierno ahora reprime y amenaza a nuestros activistas y despliega sus carteles, aprovechando el argumento que le ofrece un informe de una Comisión de la Presidencia de Estados Unidos sobre una posible Transición en Cuba. Es paradójico que a pesar de que nuestro Movimiento no ha estado de acuerdo con esta Comisión -ni con la realización de este informe- es reprimido por el Gobierno Cubano, hablando públicamente del informe norteamericano, pero sin decir una sola palabra sobre nuestro Programa Todos Cubanos. ¿Por qué? Porque este Programa -elaborado en Cuba y por cubanos-, para lograr los cambios pacíficos propone un referéndum, para que en un ambiente de reconciliación se institucionalicen los Derechos Humanos, se conserven la Sanidad y Educación gratuitas, se respeten los derechos económicos y sociales, y no se les excluya en su propio país y se transformen las leyes para establecer un Estado de Derecho. Sin intervenciones extranjeras y sin corrimientos hacia ningún extremo de capitalismo salvaje, y sin piñatas como las ocurridas en Rusia y en Nicaragua.
Es decir, el Programa Todos Cubanos propone el proceso que quisieran todos los cubanos, una verdadera alternativa pacífica en medio de tantas sentencias sobre el pueblo de Cuba y de tantos presagios de sucesiones, continuismos, caos, intervenciones y confrontaciones. No se puede ocultar, porque es público y muy notorio, que un reducido sector de cubanos, que no representa a la mayoría del exilio, usa su poder desde Miami para silenciar este programa y restar apoyo y solidaridad en el mundo a todos nuestros esfuerzos, tal como hizo contra el proyecto Varela. Este fuego cruzado contra nosotros, es contra las posibilidades de un cambio pacífico en Cuba, especialmente ahora que el Gobierno parece querer cerrar las puertas del futuro, aumenta el peligro para el futuro de Cuba.
Sabemos que la mayoría de los cubanos, cuando vayan conociendo esta propuesta, la apoyarán. El Gobierno que nos persigue -y los otros que nos boicotean también- lo saben. Mientras unos tratan de ahogarnos con terror y carteles, y otros con su silenciamiento, nosotros seguiremos sembrando la esperanza y construyendo la posibilidad de un cambio pacífico. Y éste es le tema del artículo, el de la esperanza para Cuba. Por sembrar esa esperanza permanecen injustamente encarcelados centenares de cubanos.
En cuanto a la situación que se vive actualmente, tras conocer que existe una transmisión de poder temporal, consideramos que es un asunto serio, pero no debe llevarnos a la especulación. Y mucho menos debe ser usado para provocar que el orden y la serenidad dentro de la isla sean alterados. Hacemos un llamamiento a la calma y de apoyo para evitar un escenario de violencia. Sobre la eventualidad de un cambio democrático en Cuba, decimos que este proceso debe ser conducido por los propios cubano.
En estas fechas veraniegas, muchos visitantes extranjeros -inclusive políticos y otras personalidades-, llegarán a la isla. Ojalá que esta vez no sea como en tantas otras en las que esos ilustres visitantes se mueven, dentro del programa oficial, entre palacios, casas de protocolo, balnearios y actos preparados para que aplauda mucho y hasta lloren de emoción. Es como si quisieran sentir el placer morboso de poderse parar frente a una multitud que puede aplaudir y gritar consignas, pero no votar ni decidir libremente. Algún día esas multitudes darán gritos de liberación. Los sentimientos verdaderos de la mayoría que forma esas multitudes y de la mayoría de los cubanos, no se manifestará, hasta un día todavía incierto, en esas plazas y esos actos, sino en los barrios marginales y poblaciones rurales, hambrientas y llenas de pobreza, en las iglesias, en los camiones atestados de personas que son transportadas como ganado, en los bordes de las carreteras, exhaustos de esperar, en las calles de las ciudades mirando hacia los lados por si los están vigilando, en las cárceles donde la crueldad se aplica sobre presos políticos y comunes.
Ojalá, por el bien de ellos, que estos visitantes tengan el valor de acercarse a la Cuba real. En nada ayu+dan al pueblo cubano los que justifican la opresión o los que niegan el camino del diálogo y la reconciliación para lograr los cambios hacia la democracia que Cuba quiere y necesita.
Mirando el panorama mundial, de guerras y tensiones, pregunto: si antes de estallar los conflictos sangrientos y los que llenan de calamidad a las comunidades humanas, en vez de optar por una u otra parte, todos optáramos por ser puentes de diálogo sincero y de entendimiento para buscar soluciones justas, ¿el resultado sería la guerra o la paz? Todos tenemos la responsabilidad de optar por ser puentes de diálogo hacia la paz.
Y yo pregunto: ¿se levantarán voces entre los ciudadanos del mundo para pedir la libertad de los prisioneros políticos cubanos y para apoyar el camino de la reconciliación y la paz hacia la libertad, que quiere recorrer el pueblo de Cuba?
Oswaldo José Payá Sardiñas es líder del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) y autor de varios proyectos sobre la apertura democrática de Cuba, entre ellos el Proyecto Varela para la convocatoria de un referéndum sobre libertades civiles. Ha sido galardonado con el Premio Sajarov del Parlamento Europeo y, en varias ocasiones, nominado al Premio Nobel de la Paz.
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