Desde un punto de vista no estrictamente lógico (I), de Salvador López Arnal en La Insignia
«Si la pobreza tal vez degrada a algunos, la riqueza vuelve estúpidos a todos.
Degrada la pobreza... Aún tengo vergüenza ante aquel gesto de agradecimiento tan noble, tan humano, de un hombre que con su niño pedía limosna en Córdoba una mañana que pasé por allí. Vergüenza digo: porque no lo merecía yo; me daba más, infinitamente más, no de lo que yo le di, sino de lo que hubiera podido darle.»
-Luis Cernuda, Páginas de un diario (1934-35)
Tres mujeres del sector de la manipulación de la fruta fresca y hortalizas denunciaron públicamente las condiciones en las que se desarrollaba cotidianamente su trabajo. Una de ellas, con el rostro cubierto para evitar represalias, explicó que, en los almacenes de manipulado, los calmantes corrían como las golosinas en los recreos de algunos colegios. Las trabajadoras llevan en sus bolsillos analgésicos para poder resistir jornadas de hasta cien horas semanales. Por "prescripción empresarial", para que los calmantes tengan un efecto más rápido, los mezclan con Coca-Cola. No hay problema alguno de suministros. Si a alguna de ellas se le acaban, en el botiquín del almacén de la empresa los tienen a su disposición. El dopaje es la única forma de resistir lo irrestisible.
Las jornadas de diecisiete horas diarias no se dan sólo en la imaginación de algún empresario despiadado. Una de las denunciantes informó que, durante un verano, trabajó 107 horas en una semana (¡más de tres veces la vindicada semana laboral de 35 horas!). Todas estas horas son consideradas normales, no extraordinarias, pagadas como tales y, además, 100 pesetas menos que a sus compañeros masculinos. Si durante el período de mayor trabajo en la campaña de la fruta alguna de ellas solicita descansar algún domingo (¡algún domingo!), la rescinsión del contrato es inmediata. La plusvalía absoluta detenta en exclusiva el puesto de mando. La ley del máximo beneficio muestra, una vez más, un rostro poco afable.
Las denuncias que las trabajadoras han efectuado no han tenido resultado alguno hasta el momento. Los empresarios, como era previsible, logran saber cuándo van a venir los inspectores de trabajo. Cuando así ocurre, los encargados avisan a algunas de ellas para que aquel día no acudan al almacén o, en otros casos, les indican que, si se les pregunta, deben contestar que están contratadas desde el día anterior. Los tahúres han lanzado sus cartas marcadas: si no queréis jugar, la puerta está abierta. Si alguien protesta, la respuesta empresarial es unánime: "si no te interesa, te puedes ir; eres libre. Aquí no se obliga a nadie".
Las empresas incumplen la legislación en muchos otros aspectos. Una de las denunciantes informó que llevaba más de 24 años trabajando en el sector, pero que, a efectos legales, tan sólo tiene cotizados 300 días, un año apenas, en la Seguridad Social. Normalmente, para ir al servicio, las trabajadoras tienen que pedir permiso al encargado y la respuesta de éste no siempre es afirmativa. El ritmo frenético de la cadena de montaje, sin posibilidad de descanso, ocasiona que algunas sufran desmayos. Cuando así sucede, son trasladadas a un centro sanitario cercano donde se las atiende de urgencias. En repetidas ocasiones, apenas una hora más tarde, se reincorporan, se les hace reincorporar, a la ininterrumpida y voraz cadena de producción.
La denuncia no ha llegado a Magistratura del Trabajo ni a los juzgados. Su razón, su fundada razón : tienen miedo a las represalias.
No es Manchester, no estamos a finales del siglo XVIII. Acontece aquí, en España, en Cieza (Murcia) y en 1996, en el mismo año en que la Bolsa española ha experimentado una revalorización del 38,96% de su índice general, superada tan sólo por las Bolsas de Rusia y Brasil con subidas del 162% y del 62%, respectivamente; en el mismo año en el que la economía española, según fuentes oficiales, no ha tenido un crecimiento espectacular, el paro no ha variado sustancialmente, los contratos eventuales siguen siendo la norma (alcanzan, seguramente, el 35% de la población trabajadora), y la indemnización, por despido improcedente, que ha disminuido, desde 1977, a casi una tercera parte, recibe cargas de profundidad de sectores de la patronal catalano-española: el Sr. Rosell y sus amigos del Foment del Treball (y voces amigas de otros fomentos, como la del Sr. Ramón Tamames) exigen "más madera, mucha más madera". Hay que reducir la indemnización a la mitad. Es la única forma, dicen, de conseguir más empleo y estabilidad laboral. Los sindicatos, aseguran, tienen que modernizarse, no están a la altura de los tiempos. De éste, su tiempo, el tiempo del fundamentalismo neoliberal, del pensamiento único, del postmodernismo thatcheriano, del uniformismo informativo, de la nueva Santísima Trinidad: mercado, competitividad (ilimitada), dominación.
En carta remitida a Félix Novales (2), preso político por aquel entonces en la prisión de Soria, fechada el 24 de agosto de 1985, tres días antes de su muerte al salir de una sesión de diálisis del Hospital Clínico de Barcelona, Manuel Sacristán Luzón (1925-85) aceptaba la tristeza de "la falta de realismo de los unos", que había llevado a planteamientos políticos alucinantes ("memeces del sesentayochismo", viajes a los cerros de Úbeda. ¡Sed realistas, pedid lo imposible!) y "del enlodado de los otros", que los había instalado en una agradable reconciliación con lo existente. Y añadía inmediatamente que, en caso de escoger, lo segundo, sin duda, era mucho peor. Tenía, además, peor arreglo. Uno puede conseguir una comprensión más ajustada de las realidades sociales sin necesidad de grandes rupturas, de grandes cambios mentales, pero al que ha disfrutado revolcándose en el lodo el renacer le es mucho más costoso. Porque, en definitiva, escribía Sacristán en esa misma carta:
"Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente" (p.159)
La situación de las trabajadoras de las frutas y hortalizas de Cieza es parte de esa realidad con la que uno no debería reconciliarse. A escala muy distinta, pero con raíces parecidas, el largo silencio (el resto, esta vez, sí que ha sido casi silencio) sobre la obra y la vida de Sacristán a lo largo de esta larga década es también parte de ese mundo con el que uno no debería construir lazos demasiado afectivos.
No creo estar exagerando, aunque la pasión puede cegar. Muchos pueden ser los ejemplos. Una pequeña muestra como prueba del desaguisado. El diario El País dedicó un Babelia a los veinte años de su fundación, una página del suplemento para cada uno de los años transcurridos. La página de 1985, gran parte de la de 1982 estaba dedicada a los ¡"inolvidables" e"históricos" conciertos de los Stones!, nos recuerda que el príncipe Felipe de Borbón inauguró en Bruselas... ¡el festival de Europalia 85! y que el maestro Rostropóvich (¡Dios, qué versión de los conciertos para celo de Haydn!) celebró, con una grandiosa interpretación, los diez años de la coronación del jefe de estado Juan Carlos I de Borbón. Ambas, sin duda, noticias de calado, de profundo calado. Al mismo tiempo, en esa misma página de 1985 del suplemento, ni una frase, ni una línea, ni una palabra, para recordar, a los diez años de su muerte, al filósofo fallecido ¿Para qué perder tiempo y espacio con tamaña nimiedad?
Para paliar un tanto la situación y evitar lo que probablemente hubiera sido otro clamoroso silencio en torno a su figura , miembros de la Fundación Giulia Adinolfi-Manuel Sacristán fueron preparando, en los primeros meses de 1995, algunos actos conmemorativos: presentaciones de nuevas publicaciones (Lógica elemental (3)) o de reediciones de alguno de los antiguos escritos de Sacristán (su tesis doctoral:Las ideas gnoseológicas de Heidegger (4)), y conferencias y mesas redondas en torno a diversos aspectos de su pensamiento filosófico, político y literario, y de su trayectoria como intelectual, maestro y dirigente político.
El simple azar, algunos dioses, benévolos desde luego, o quizá alguna ley social, hasta ahora desconocida, sin excluir alianzas ocultas entre miembros de la disyunción, hicieron que el primero de los actos programados que se celebró fuera el homenaje que le dispensó el sindicato de las Comisiones Obreras, en noviembre de 1995, en su sede central de Barcelona ¿Simple azar, como decíamos? Con toda probabilidad, pero no por ello, forzosamente, menos carente de significado. Especulemos.
Sigamos para ello el arquetipo de la escuela de pintura ideal propuesto por Degas. En la planta baja, aconsejaba Degas, montarían sus caballetes los alumnos de primer curso, cerca del lugar donde posaría el modelo. En la primera planta, se situarían los alumnos de segundo curso, algo aventajados, que bajarían y subirían, intermitentemente, pintando lo que su memoria retuviera de la observación del modelo de la planta baja. En la segunda, los estudiantes de tercer curso, que descenderían a la planta baja para contemplar el modelo en contadas ocasiones. En la última, la decimoquinta, pongamos, los estudiantes más destacados pintarían, después de haber observando el modelo el tiempo que estimaran necesario, sólo lo que su memoria lograse retener como esencial. Cuanto más avanzado fuera el curso del alumno, más tiempo debería retener éste su última mirada, su último atisbo del modelo.
Sea en este caso nuestro modelo la obra de Sacristán. Leámosla una, dos veces. Releamos lo leído ¿Qué es lo podríamos retener esencialmente, digámoslo así, qué podriamos fijar en nuestra memoria de sus papeles -sus "Panfletos y materiales", sus trabajos académicos, sus escritos aún inéditos-, de su hacer, de sus intervenciones orales, que nos pareciese más significativo? ¿Acaso la aparente paradoja de ser uno de los principales filósofos de nuestro país, según opinión ampliamente compartida, partidario de la disolución de algunas de las anquilosadas instituciones filosóficas, aunque no, obviamente, de la reflexión filosófica ni de nuevos Institutos de Filosofía (5)? ¿Tal vez la posible aporía de ser un excelente científico social que, siguiendo a Einstein y sin dejar de considerar nunca el saber positivo, sostenía, a un tiempo, que aquel saber, el conocimiento científico, no era sino sentido común críticamente afinado? ¿O acaso la aparente inconsistencia de un marxista que, preguntado sobre la crisis del marxismo, no tenía problema alguno en sostener que todo pensamiento decente, fuera o no marxista, que quisiera mantenerse como tal, debía estar en crisis (¿en revolución?) permanente? ¿O tal vez la extrañeza de que uno de nuestros lógicos más importantes fuera, al tiempo, un excelente crítico literario, de tal modo que mientras preparaba uno de los primeros manuales de introducción a la lógica formal escritos en nuestro país (su Introducción a la lógica y al análisis formal, 1964) demostraba su permanente interés por la cultura alemana escribiendo, en aquellos años, sus excelentes ensayos de crítica literaria sobre La veracidad de Goethe o sobre Heine,la consciencia vencida (6)? ¿La paradoja, que roza la indignación, de que uno de los pocos maestros(7) que nuestro país ha tenido fuera expulsado de la Universidad durante una década aproximadamente, además de habérsele impedido el acceso a la cátedra de lógica de la Universidad de Valencia por motivos estrictamente políticos y dificultado, hasta límites impensables, la concesión de la cátedra extraordinaria en tiempos ya de democracia competitiva y de Constitución consensuada? ¿O acaso la importancia decisiva de su trabajo como traductor, que a pesar de ser realizado, en bastantes ocasiones, pane lucrando, como él mismo solía decir, y en condiciones de autoexplotación, no dejó por ello de difundir entre nosotros, tan necesitados de ellos, autores y escritos de enorme y variopinto interés, entre los que cabe citar aquí a W. V. Quine, Mario Bunge (8), K. Marx, G. Lukács (9), A. Gramsci, René Taton, Robert Havemann, Ludovico Geymonat, Agnes Heller o Adorno? ¿Tal vez el estilo de sus intervenciones socio-políticas con la retórica reducida a la nada? ¿Una capacidad privilegiada para la intervención oral que ha hecho decir a Javier Pradera, por ejemplo, que al oírle uno era capaz de imaginarse incluso las mayúsculas o los puntos y aparte del texto transcrito? ¿Acaso el rigor, la tenacidad, la seriedad, el trabajo con el que preparaba charlas, intervenciones políticas, seminarios, clases universitarias o cursos de alfabetización?
De las diversas formas de mirar la obra de Manuel Sacristán (y mejor no olvidar en este punto lo dicho en repetidas ocasiones de que, en este caso, el hombre ha sido mucho más que su obra escrita), la que aquí se propone no pretende en modo alguno ser "esencial" (en el supuesto de que este término tenga sentido alguno), ni mucho menos única. Creo, empero, que es coherente con aspectos muy destacados de su decir y de su hacer: su tenaz voluntad de lucha contra todo tipo de mal social, su permanente negación a aceptar la presente situación como inexorable destino humano, la creencia de que la especie no está condenada a vivir eternamente instalada en la irracionalidad y en la injusticia (casi) ilimitada, la convicción de que nuestro futuro no tiene por qué ser, inevitablemente, el de un enorme supermecado de bienes, útiles y menos útiles, para una parte no mayoritaria de la Humanidad, y un estercolero químico y de desechos para la otra gran parte, basado todo ello en un trabajo que, en la mayoría de las ocasiones, resulta, estúpido, cosificador, enfermizo, "altamente competitivo", aniquilador de todo espíritu creativo ("En cualquier urbe oscura donde amortaja el humo/...Y el trabajo no da libertad ni esperanza", Luis Cernuda, Mozart).
Defendiendo, al mismo tiempo, que este nada fácil combate había que librarlo con voluntad, con tenaz voluntad (optimismo de la voluntad frente al inevitable pesimismo de la inteligencia), pero no sin criterios, ni reflexión, ni información. Era necesario partir del conocimiento más razonable posible de la situación existente, aun sabiendo, como gustaba recordar a Einstein (siempe admirado por Sacristán y reconocido, junto con Keynes, como uno de los pensadores-filósofos más importantes de la primera mitad de este siglo XX), que todo nuestro saber empírico positivo, contrastado con la realidad, es primitivo y pueril, pero que, siendo así, es, al mismo tiempo y sin inconsistencia alguna, nuestro mayor tesoro cognoscitivo (10).
Así pues, saber positivo, provisional, conjetural, como base de la necesaria acción transformada, que, desde luego, no implica reconciliación con la realidad analizada, como el mismo Sacristán ha repetido en diversidad de ocasiones. Una cosa es intentar conocer el mundo y otra muy distinta es quedarse satisfecho y en paz con la información que podamos obtener.
Pretendo en esta presentación, dar cuenta de este aspecto de la obra de Manuel Sacristán, destacando el reconocido rigor lógico y el espíritu crítico de su reflexión y la singularidad de su vinculación con el movimiento obrero organizado y otros movimientos sociales, con los "desposeídos de la Tierra", desposeídos, en numerosas ocasiones, de bienes y medios de subsistencia básicos, e incluso de su propia voz, como recordaba recientemente Ken Loach en su entrevista con Iciar Bollaín (11):
"Sí, tratar de dar voz a los desposeídos, a los que no tienen voz. Y es que no la tienen. No tienen voz..."
Un leibniziano que no creía que éste fuera
el mejor de los mundos posibles
«La verdad digan lo que digan las autoridades, las teológicas y las otras, es que no llegaron a comerlo, sólo tuvieron tiempo de probarlo, por eso estamos como estamos, sabiendo tanto del mal y del bien tan poco.(...) Los 19 muertos de El Dorado dos Carajás son apenas la última gota de sangre de una persecución sistemática, continua y prolongada contra los trabajadores del campo que entre 1964 y 1995 causó 1635 víctimas mortales, del estado de Pará la cuarta parte de ellas. El Cristo de Corvocado desapareció, se lo llevó Dios porque no había servido para nada ponerlo allí. Ahora en su lugar cuentan que van a colocar cuatro enormes paneles mirando hacia las cuatro direcciones de Brasil y del mundo, y todos, en grandes letras, diciendo lo mismo: "UN DERECHO QUE RESPETE; UNA JUSTICIA QUE CUMPLA"»
-José Saramago, El País dominical, 20-10-1996.
Finalizada la etapa de las revistas Qvadrante, Los Universitarios hablan y Laye, acabados sus estudios de Derecho y de Filosofía, Manuel Sacristán, según testimonio de Esteban Pinilla de las Heras (12), pensó dedicarse al campo de la Filosofía del Derecho, que por aquel entonces gozaba de gran prestigio académico. Su estancia en la Universidad de Münster le llevó definitivamente al campo de la lógica y de la filosofía del conocimiento ¿Por qué esa orientación intelectual? Conjetura Pinilla de las Heras que tenía motivaciones casi espontáneas para ello: saltaba al vuelo cuando oía por la radio o leía en un periódico algún paralogismo, alguna argumentación irracional o alguna falacia encubierta, tan abundantes en los medios de comunicación españoles de la época.
El Instituto de Lógica Matemática e Investigación de Fundamentos de la Universidad de Münster, donde Sacristán cursó estudios de lógica durante los años 1954-1956, fue fundado por el lógico, teólogo y filósofo Heinrich Scholz, a quien Sacristán siempre consideró maestro suyo, uno de los pocos maestros que había tenido. En este Instituto se encuentra la Leibniz-Forschungsstelle, donde se conservan los manuscritos inéditos de Leibniz y donde se prepara su edición (13). El mismo Scholz nunca dejó de reconocer su deuda y admiración por Leibniz. Sacristán, cuando años después, en 1962, se presentó, con resultado negativo, a las oposiciones para la cátedra de Lógica de la Universidad de Valencia, escogió como tema de su lección magistral un estudio "Sobre el Calculus Universalis de Leibniz en los manuscritos nº 1-3 de abril de 1679".
No hay duda, pues, de su admiración por el filósofo de los principios. En su estudio de la noción de ciencia en Marx (14), Sacristán establecía un notable parentesco entre Marx y Leibniz: ambos habían sido científicos en los que se había dado la infrecuente circunstancia de ser autores de su propia metafísica, de su propia visión general y explícita de la realidad.
Sin embargo, este reconocimiento filosófico no hizo que Sacristán siguiera a Leibniz en lo de que éste fuera el mejor de los mundos posibles, ni tampoco que tuviera en gran consideración el giro popperiano de que éste, sin ser el mejor concebible, fuera "el mejor de los mundos históricamente existentes".
Su disconformidad con esta optimista, y algo oportunista, afirmación teológica leibniziana viene de antiguo. Atisbos, y mucho más que atisbos, pueden encontrarse ya en la época de la revista Laye (Josep Mª Castellet: la inolvidable). En el número 4 de esta revista, en 1950, publicó Sacristán su "Comentario a un gesto intrascendente"(15). Reflexionaba aquí sobre una anécdota, aparentemente insignificante. En una Universidad alemana de la época, los estudiantes decidieron establecer un intercambio con obreros de determinadas industrias de la ciudad. Los trabajadores acudirían a las aulas en el período de vacaciones de los universitarios, y éstos los sustituirían en las fábricas. La medida conllevaba un trabajo permanente del profesorado que, sin vacilación, se adhirió a ella.
Conjetura Sacristán, en una primera aproximación, que el generoso gesto parece obedecer a la suposición de que es más agradable la vida del estudiante que la del obrero, pero que si todo lo que se intentara con el intercambio fuera una "mera compensación placentera pasajera", este gesto se desharía en el vacío de la inconsistencia. Pasado el período de vacaciones, corto por lo demás, el trabajador volvería a su puesto en la fábrica y el estudiante a su lugar de estudio. Cada oveja a su corral y siguiendo como estábamos.
No es tampoco una explicación convincente pensar que se buscara un beneficio económico con la medida. Si fuera así, ¿cuál sería la mejoría obtenida por los trabajadores?. Más aún: en la Alemania de los primeros años cincuenta no era un privilegio económico ser un profesional de la enseñanza universitaria en comparación con los trabajadores especializados de la industria. La razón apuntada por Sacristán iba por un sendero muy distinto:
"... el universitario, por la posibilidad que el estudio desinteresado le ofrece de abrir su mente, de ampliar su conciencia, puede -ceteris paribus- vivir una existencia más rica y elevada que la del hombre sujeto durante la mayor parte de su vela al poco instructivo mecanismo de la cadena industrial" (p.14)
Lo que los estudiantes alemanes, sujetos a este intercambio, estaban propagando es, en definitiva, la necesidad de libertad para el crecimiento personal y la igualdad de condiciones sociales para ese desarrollo individual. Es necesario que "al cabo de los siglos, el status social de un hombre no determine el límite de actuación de sus posibilidades ónticas". La sociedad, sostiene Sacristan, debe poner al alcance de todos los hombres, en cuanto tales, los medios adecuados para profundizar en su existencia. La utopía que aquí se vindica y que no tiene una mera intencionalidad quimérica diría así:
"... cuando un metalúrgico vea abrirse ante él con toda naturalidad las vías del espíritu objetivo -no quiero recordar a Hegel, sino evitar aquí la plausible objeción de que no todo lo espiritual es materia de enseñanza- no podrá percibir entre él y un profesor universitario otra diferencia social que la que le separa de un carpintero, a saber, la necesaria especialización profesional" (págs.15-16)
Así, pues, Sacristán parece constatar y denunciar en este artículo una de las amputaciones del sistema de la sacrosanta e ilimitada propiedad privada sobre los medios de producción, de distribución y financiación: el muro social levantado entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, la muy distinta consideración social de uno y otro tipo de labor humanas, la radical diferencia de posibilidades de desarrollo personal que permiten una y otra actividad laboral.
Dos años más tarde, en la misma revista (Laye 17, enero-febrero 1952)(16), en una crónica escrita con ocasión de la primera visita de la Escuadra Norteamericana a España, Sacristán, en una hipotética y algo borgiana carta de Horacio dirigida a Virgilio que él mismo, supuestamente, había traducido, expresaba su deseo de un nuevo mundo, no sólo distinto sino otro, de una nueva sociedad alejada de los principios y motivos que movían y estructuraban la poderosa y "democrática" Casa Imperial, tan democrática ella que no titubeó excesivamente, ni perdió el pulso, apoyando a un Estado tan refinado y legitimado como fue el régimen del general Franco, en tiempos en los que, "según las últimas estadísticas", Madrid seguía siendo una ciudad de más de un millón de cadáveres (Dámaso Alonso, Insomnio)
"Y hay otros... a quienes dejamos completamente fríos: no les importamos. Conocen nuestro poder y aprecian nuestra honrada voluntad; pero nos miran conmiserativamente. Uno de ellos -viejo hurtador del cielo, astrólogo sin blanca ni bolsa en que meterla- me decía no hace mucho, considerando con pasión a Venus. "Vosotros, romanos, tenéis el poder: el poder de este mundo. Pero mirad: la conjunción de los astros señala el amanecer de un munco nuevo: de otro mundo. No creáis romanos, que el mundo nuevo sea el de los bárbaros: los bárbaros son una parodia del nuevo mundo: su mundo no es nuevo, sólo es distinto. Sustituirán una creencia por otra. Pero, en todo caso, vosotros, romanos, tampoco tenéis nuevo mundo. Y la conjunción se acerca"(págs. 24-25)
No es tampoco casual que en un escrito, hasta ahora inédito, sobre Simone Weil, de principios de los cincuenta (mientras tanto núm. 63, 1995, págs.55-58), Sacristán recogiera estas reflexiones de la autora de L´Enracinement (Echar raíces) sobre los trabajadores industriales:
"El proletariado, en efecto, es un ser forzosamente desarraigado: las demasiadas horas de trabajo junto con el cansancio, le quitan la posibilidad de arraigar en entidades de tipo cultural, intelectual o no-el estudio o el folklore, por ejemplo- mientras que el carácter mecánico y casi incomprendido del trabajo de las grandes fábricas le impide arraigar en lo que acaso sea para S.W. el primer terreno de enraizamiento del hombre: su propio trabajo. De aquí que el proletario tenga casi cerrado el camino hacia su constitución en persona auténtica, porque es ilusorio esperar que en un desarraigado forzoso puedan llegar a madurar las posibilidades de libertad íntima que configuran la idea del hombre-persona, no mero individuo zoológico" (p.57. )
Unos diez años más tarde, Sacristán impartió una conferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona con el título "Studium generale para todos los días de la semana"(17), dedicada a la memoria del estudiante de la Facultad José Ramón Figuerol. Sacristán (que siempre tuvo muy en cuenta la afirmación socrática, que él mismo recogió en la presentación de la Colección Zetein, "busco junto con vosotros"), tomó como motivo la inquietud de unos estudiantes universitarios sobre la forma de hacer compatibles sus estudios de Derecho, con "la desagradable aparición del Código Civil" en el segundo curso, y sus sentidas aficiones por la pintura, la poesía o el alpinismo. El eje central de su intervención está constituido por una reflexión en torno al especialismo y al desarrollo integral de la persona en nuestras modernas sociedades mercantiles.
A pesar de no tener en demasiada consideración las "vaguedades escritas por aficionados", Sacristán llamaba la atención sobre una errónea, y frecuente, concepción del especialismo consistente en la ciega desconsideración de los temas referentes a la fundamentación filosófica de la disiciplina cultivada. En el caso del jurista, en el caso del estrecho especialista en Derecho, la situación podía provocar desolación profunda porque:
"si bien es triste que la consciencia de una persona no contenga más que estadísticas genéticas sobre la mosca drosófila, todavía es más siniestro que esa conciencia esté llena, por ejemplo, por la posición del contiguante en lo contencioso-administrativo" (p. 37)
Evitar el peligro de "la barbarie del especialismo" exigía profundizar en los fundamentos de la especialidad, a partir de la positividad científica de la disciplina, evitando de este modo "la superficialidad grandilocuente" del humanista-filósofo que habla del Ser y su devenir, sin conocer ningún ente en particular ni ninguna de sus transformaciones concretas.
Sin embargo, aun en el supuesto de que en la Universidad se hiciera todo lo posible para "humanizar" la formación del científico positivo, al abandonar las aulas, éste caería, inevitablemente, en la limitación impuesta al especialista: en nuestras sociedades, el principio rector del mercado no acepta del experto sino productos técnicos, prestaciones de especialista. La ley fundamental de la sociedad capitalista, que no es la del rendimiento comunitario sino el principio del beneficio privado, "condena a la catástrofe" a todo el que sin ser propietario del aparato mercantil, quiera tener en cuenta decisivamente su "tiempo libre". El mercado impone, pues, otra limitación a la misma limitación del intelectual puro: la creación de productos o prestaciones que puedan ser vendibles.
Estas son las limitaciones del intelectual. El cuadro que describe la escena se complica si se le añade la situación de aquellos muchos otros que no son intelectuales ni compran sus servicios. Los trabajadores manuales viven desgarrados por el carácter colectivo de la producción industrial moderna y el principio de apropiación de los medios de producción que es privatista, anticolectivo. Nada más opuesto, añadía Sacristán para describir la situación del trabajador en nuestras sociedades, que aquel verso de Schiller:
"Nos hemos labrado esta tierra con el celo de nuestras manos".
El pronombre reflexivo debía ser eliminado: habían labrado, seguían labrando las tierras, pero no para ellos.
Para los trabajadores industriales, el problema planteado por los estudiantes de Derecho se presentaba de forma mucho más radical: les son ajenos ya no sólo la poesía, el arte o el alpinismo, sino el mismo producto de su actividad. Mostraba Sacristán la negrura de la situación con la siguiente analogía: sería como si los estudiantes universitarios, además de tener que renunciar a las aficiones que realmente les interesaban, se vieran arrebatar día tras día, permanentemente, todo aquello que hubieran asimilado durante su jornada de estudio. Y así siempre. Vuelta a empezar, como en el mito de Sísifo. De tal manera que:
"su vida no fuera más que desgaste en el vacío, constante anticipación de la muerte" (p. 41)
La división actual del trabajo, sustancialmente irracional, fruto de una organización social que ha fijado de forma permanente a distintas clases de hombres en distintas situaciones sociales, y, al mismo tiempo, técnicamente adelantada, no permite plantearse la superación de la división tradicional del trabajo de un modo directo. En la tarea por realizar, las técnicas de mecanización y automatización pueden ayudar a superar la irracionalidad presente, permiten acabar con la necesidad de grandes grupos de seres humanos sujetos a meros trabajos mecánicos, pero no es sostenible que la técnica sea el motor decisivo del proceso social. Siguiendo el modelo hipotético de Georg Klaus, Sacristán sostenía que era imaginable que esta sociedad irracional tuviera una salida en absoluto racional a la situación actual: mantener a parte de los antiguos trabajadores de la industria como proletariado parasitario. Circo y pan. Cuando los hubiera.
La técnica por sí sola no puede, pues, cumplir la auténtica racionalización social, que no es otra que la de la socialización del trabajo. La situación exige superar la base de la irracionalidad presente, "las instancias meramente mecánicas, inconscientes no-humanas, que mueven hoy la división del trabajo entre nosotros". Una de estas instancias es relativamente reciente: la mercantilización de la actividad humana. La otra es más antigua y ha operado a través de los siglos: el encasillamiento de los seres humanos en la división del trabajo, no por consideraciones racionales, sino por su pertenencia a determinados grupos sociales.
De ahí su propuesta de estudio y vivir general "para todos los días de la semana": no tener en cuenta la existente situación analizada, y ponerse a soñar, en el marco de lo meramente deseable, en un desarrollo personal armonioso es mala utopía, utopía en el peor de los sentidos del término. Y lo es igualmente, sostiene Sacristán, intentar realizar tal armonía a título individual. De forma que conseguir un desarrollo integral, sin amputaciones sociales, consistiría en luchar, día tras día, prácticamente, no sólo idealmente, contra la actual irracionalidad de la división del trabajo, siempre "contra el nuevo punto débil que presente esa vieja mutilación de los hombres".
Había, pues, en el pensamiento de Sacristán una valoración nada positiva de las tendencias actuales (y antiguas) del desarrollo económico-social. La mercantilización de más y más aspectos de la vida social que reduce paulatinamente los diversos sentidos del hombre al "sentido del Tener" (Marx, en su Karl Marx) (18); el individualismo extremo que dificulta hasta la imposibilidad el equilibrio del desarrollo de cada individuo con el desarrollo de los demás, provocando la desintegración de los necesarios vínculos comunitarios; la banalización de la violencia y la violentación creciente de las relaciones interhumanas; el abismo existente, la permanente elevación del muro, real y simbólico, entre la pobreza y riqueza extremas de los países industrializados y entre éstos y los desposeídos del Tercer Mundo; la insalubridad psíquica de la vida en las grandes aglomeraciones modernas; los problemas de todo tipo planteados en la relación entre la especie y el medio natural bajo el sistema de producción capitalista, etc. exigen cambios sustanciales en los modos de producción y organización de nuestras sociedades .
Desde mediados de los años cincuenta, desde su estancia en Alemania, en Münster, en el Instituto de Lógica Matemática, donde coincidió con el lógico italiano Ettore Casari y Ulrike Meinhoff, Sacristán, de forma netamente singular, intentó realizar su mismo programa existencial, intelectual y político ("Seamos como arqueros que tienden a un blanco"(19)), dentro de organizaciones vinculadas a la tradición marxista (y afines), abiertamente considerada (PSUC-PCE, hasta mediados de los setenta; CC.OO.; CUPS, CANC, comités anti-OTAN).
A propósito, ¿fue acaso la Universidad de Münster, el "círculo de Münster", un centro de subversión en aquellos años?¿Qué tipo de lógica enseñaban a aquellos jóvenes en el Instituto de Lógica Matemática que hacía que muchos de ellos se vinculasen a organizaciones nada amigas del sistema imperante?
Notas
(1) La información apareció, en primer lugar, en alguna publicación de la prensa regional murciana. Algunas emisoras radiofónicas dieron noticia de lo sucedido. Días más tarde, 17 de noviembre, EL PAIS (José Rocamora) publicaba esta información en sus páginas interiores de Economía, Trabajo y Sociedad. No había indicación alguna sobre la conferencia de prensa de las trabajadoras de Cieza en la primera página del diario.
John Berger se ha referido a este tiempo muerto, sin fin, de los días de trabajo, en su poema La fábrica (Paginas de la herida, Alfaguara.Colección Visor de Poesía, Madrid, 1996, p. 131):
Aquí
es siempre amanecer
hora de despertar
hora de la profecía revolucionaria
hora de las brasas
tiempo muerto de días de trabajo
sin fin.
No debería deducirse de todo lo anterior que estas duras situaciones son exclusivas de las cadenas de producción. Por ejemplo, en una muy conocida empresa de "panes en compañía" las condiciones laborales son perfectamente equiparables. Una trabajadora puede tener horarios de más de 50 horas semanales (algunos días más de 10 horas) con retribuciones mensuales que no alcanzan las 60.000 ptas. En el "Manual del empleado" que la citada empresa regala a los trabajadores, señalándoles la conveniencia de su lectura atenta y reiterada, se encuentran perlas del siguiente tenor: se reconoce que el trabajo es duro y que los primeros días resulta difícil resistir su ritmo, pero hay que aguantar. No hay autorización para hacer llamadas personales; en caso de urgencia hay que consultar al encargado. Las patillas de los trabajadores no pueden rebasar el lóbulo de la oreja; el bigote está permitido siempre y cuando no sobrepase la comisura de los labios. Se exigen baños y duchas diarios y, si fuera necesario, desodorante. No pueden usarse relojes o anillos en el área de cocina. Los trabajadores no pueden llevar pendientes "durante el trabajo". Si se trabaja más de cinco horas, se tiene derecho a 20 minutos (¡20 minutos!) de interrupción para tomar un bocadillo y una ensalada (no otra cosa) que el trabajador deberá prepararse en ese tiempo libre. Las reuniones no autorizadas... no están autorizadas. Los trabajadores no pueden masticar chiclé mientras trabajan ni usar narcóticos (no se indica el alcance de la prohibición). ¿Es necesario seguir?
El mismísimo William Pfaff ("Las tendencias totalitarias del capitalismo salvaje", EL PAIS, 1-2-1997) mostraba un argumento crítico a la creencia de que la globalización económica va a aumentar, con seguridad y a la larga, el nivel de vida de la población a escala planetaria. La creencia se basa en un falso supuesto. Se presupone que el mercado laboral internacional es finito. Por tanto, con el transcurso del tiempo los trabajadores recuperarán su capacidad de negociación desde una posición de fuerza. La suposición es falsa. A efectos empíricos, el mercado de trabajo es ilimitado y, como es sabido, el poder de negociación de las clases trabajadoras es, seguramente, el más bajo de este siglo. No hay indicios de que la situación cambie para mejor. Todo lo contrario.
Pfaff señalaba, igualmente, que algunos pensadores conservadores reconocen ahora que la idea de que el comportamiento egoísta del mercado implique necesariamente un desarrollo de los bienes comunes se ve ahora como un autoengaño interesado o como una ingenuidad. El mercado, señala Pfaff, "tiene una tendencia natural a la desigualdad de los ingresos y a la destrucción de los valores qe no producen beneficios comerciales".
(2) "Documentos entre Manuel Sacristán y Félix Novales (agosto 1985)", mientras tanto, 38 (1989), p. 159. La carta iba dirigida a Félix Novales Gorbea, Preso político, Prisión de Soria, 42071 Soria.
(3) Lógica elemental, Vicens Vices, Barcelona, 1996. Edición al cuidado de Vera Sacristán Adinolfi. Prólogo de Jesús Mosterín.
(4) Las ideas gnoseológicas de Heidegger, Crítica, Barcelona, 1996. Edición al cuidado de Francisco Fernández Buey.
(5) Félix Ovejero Lucas ha señalado algunas de estas aparentes paradojas en sus intervenciones en actos de homenaje celebrados a lo largo de 1996. Le debo algunos ejemplos, no mis posibles errores de planteamiento.
Jordi Gracia ha incluido uno de los escritos donde Sacristán expone sus posiciones en torno a la filosofía y al filosofar ("Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores", 1968) en el volumen 5 (Los contemporáneos) de la obra conjunta El ensayo español, Crítica, Barcelona, 1996, pp.235-250.
(6) "La veracidad de Goethe", 1963 y "Heine, la consciencia vencida", 1964, están reimpresos ambos en Lecturas. Panfletos y materiales IV. Icaria, Barcelona, 1985, págs. 87-131 y 133-215, respectivamente. Lo citaré a partir de ahora por PM IV.
Resulta imposible olvidar el paso inicial del ensayo de Sacristán sobre Heine:
"El día primero de mayo de 1831 cruza el Rin, camino de París, en voluntario pero prudente destierro, el poeta que a los treinta y cuatro años de edad tiene ya casi la celebridad del anciano Goethe: Heinrich Heine. Es un hombre de baja estatura -1,58-, pero de alta consciencia de sí mismo: al pasar bajo la puerta de Saint-Martin se agachará para no derrumbarla con la cabeza..." (p.134.)
Entre sus trabajos de crítica literaria, recogidos en este cuarto volumen de sus Panfletos y Materiales, destaca igualmente "Una lectura del Alfanhui de Rafael Sánchez Ferlosio", de 1954. Ha sido incorporado como epílogo en la edición del Alfanhuí, en Ediciones Destino, 1996, presentada y preparada por Danilo Manera, en Clásicos Contemporáneos Comentados.
En su Bibliografía seleccionada, págs. LXXIX-LXXXVI, Danilo Manera se refiere al trabajo de Sacristán en los siguientes términos:
".... Es el primer estudio importante sobre IAA (SLA: Industrias y andanzas de Alfanhuí) y hasta hoy uno de los más interesantes..."
(7) Andreu Mas-Colell, virrector de la Universidad Pompeu Fabra y catedrático en Harvard, se refirió a esta faceta de Sacristán en el "Discurso pronunciado en el acto de recepción del premio Juan Carlos I de Economía", 24 de enero de 1989, ediciones del Banco de España, en los siguientes términos:
"Quisiera dedicar dos palabras a mis profesores. En la Universidad de Barcelona tuve algunos de gran categoría. Podría hablar del Dr. Jordi Nadal... o de Fabián Estapé, recientemente retirado en olor de multitud. Pero lo haré del que ya no está entre nosostros, de Manuel Sacristán, una de las tres o cuatro personas que en diferentes etapas de mi vida han tenido mayor influencia intelectual sobre mí. Manual Sacristán era hombre de extraordinaria inteligencia y cultura, sus convicciones eran profundas y su moralidad inquebrantable. Fue, entre otras muchas cosas, autor del primer libro de texto español sobre lógica formal. Su mente era aceradamente analítica y de él aprendí, precisamente, la confianza en el poder del análisis racional y la admiración por el método científico. En mis años por esos mundos he visto en acción a muchos maestros del pensamiento contemporáneo. Más de una vez he pensado que Sacristán no les era inferior, que su vida y su obra, con toda su brillantez pero también con toda su incompletud y accidentalidad, son un ejemplo de la enorme distorsión que aquellos años grises indujeron en la vida intelectual de nuestro país. Quede aquí constancia, por parte de uno que se fue a completar su educación a otras tierras, que fueron maestros como Sacristán los que nos dieron la motivación y la preparación indispensable para seguir adelante"
Tuve conocimiento de este texto de Andreu Mas, por la entrevista de Norbert Bilbeny a Antoni Domènech, en Puntes al coixí. Converses amb pensadors catalans. Edicions Destino, Barcelona,1989, págs. 53-54.
(8) En la edición castellana de La investigación científica, traducida por Sacristán para la editorial Ariel, se incluye una página de Agradecimientos escrita por el autor, Mario Bunge, que finaliza del modo siguiente:
"... Ha sido un alto privilegio el que los ilustrados directores de Ariel, S.A,. encomendaran la traducción de este libro al Profesor Manuel Sacristán. No escapará al lector que el traductor ha debido superar la dificultad que presenta la pobreza de nuestro vocabulario filosófico, dificultad que no hubiera podido encarar siquiera de no poseer una sólida versación y rica experiencia"
(9) En un anexo de la tesis doctoral de Miguel Manzanera se encuentra gran parte de la correspondencia entre G. Lukács y Manuel Sacristán. Algunas de las cartas son prueba de que Sacristán no sólo fue un traductor incansable y reconocido, sino sumamente cuidadoso.
En carta fechada el 15 de marzo de 1963, dirigida al filósofo húngaro, Sacristán se manifestaba del modo siugiente:
"Muy distinguido profesor:
Hace unos días recibí su prólogo a la edición española de El joven Hegel. Como mero traductor, que desde luego no está llamado a criticar frases del autor en cuanto al contenido, pero que vive y lucha filosóficamente en otro mundo distinto a aquél en el que Vd. vive y lucha, oso llamarle la atención sobre la extrañeza que producirá, entre gentes muy valiosas aquí en este mundo, la equiparación sin reservas de la enajenación o sublimación stalinista de la realidad con la neopositivista por parte de Lukács.
Le pido diculpas por esta pretensión que no es más que un humilde intento de no empeorar todavía más la amarga situación. Por supuesto traduciré en todo caso el prólogo con puntual exactitud. Pero leería agradecido algunas líneas de ratificación o de cambio por parte de Vd"
La razonable demanda de Sacristán no tuvo éxito alguno.
(10) El texto de Einstein dice literalmente así:
"Algo he aprendido en mi larga vida: que toda nuestra ciencia, contrastada con la realidad, es primitiva y pueril; y, sin embargo, es lo más valioso que tenemos"
Puede verse en Alan Lightman, Grandes ideas de la física. McGraw-Hill, Madrid, 1995, p.123.
(11) Iciar Bollaín, Ken Loach. Un observador solidario. EL País-Aguilar, Madrid, 1996, p.159.
Manuel Vázquez Montalbán daba recientemente (EL PAIS, 27 de enero de 1997) una ilustración de la denuncia de Loach. En Liverpool se había producido una huelga de los obreros portuarios que "se negaron a ser cómplices del esquirolismo a pesar del pánico social a la fragilidad del mercado de trabajo". Los empresarios utilizaron el lock out. Los medios de comunicación liberales de esta liberal sociedad no se quedaron atrás. ¿Para qué informar de tamaña nimiedad? ¿A quién puede interesar el apoyo solidario de los sindicatos escandinavos, canadienses, franceses y de los obreros portuarios de Bilbao? Ken Loach ha filmado un documental sobre lo acontecido.
(12) Esteban Pinillas de las Heras, En menos de la libertad. Dimensiones políticas del grupo Laye en Barcelon y en España, Editorial Anthropos, Barcelona, 1989, p.132.
(13) Sobre este punto puede verse la entrevista con Jesús Mosterín, incluida en Salvador López Arnal y Pere de la Fuente, Acerca de Manuel Sacristán, Ediciones Destino, Barcelona, 1996, pp. 631-668. Citaré esta obra por AMSL.
(14) "El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia", en mientras tanto núm. 2, enero-febrero 1980. Reimpreso en Sobre Marx y Marxismo. Panfletos y materiales I, Editorial Icaria, Barcelona, 1983, pp. 317-367. Citaré este volumen como PM I.
(15) Reimpreso en Intervenciones políticas. Panfletos y materiales III, Editorial Icaria, Barcelona, 1985, pp. 11-16. Citaré este volumen como PM III.
(16) "Entre Sol y Sol, II", reimpreso en PM III, pp. 22-25.
(17) Se trata de una conferencia dictada en el Aula Magna de la Facultad de Derecho, el 8 de marzo de 1963. Está recogida en PM III, pp. 30-49. Juan Ramón Capella ha señalado, en diversas ocasiones, la importancia de esta intervención política de Sacristán. Puede consultarse lo manifestado por él en este punto en la entrevista incluida en AMSL, pp. 422-437.
(18) "Karl Marx", 1973, artículo de la Enciclopedia Universitas. Reimpreso en PM I, pp. 277-308.
(19) En su "Homenaje a Ortega", Laye,núm.23 (abril-junio 1953), reimpreso en Papeles de filosofia. Panfletos y materiales II, Editorial Icaria, Barcelona, 1984, pp. 13-14 (citaré este volumen, a partir de ahora, por PM II), Sacristán recogía el aforismo de Aristóteles en la distinción que establecía entre los modos de señalar finalidades a los hombres.
