Decía el general Charles de Gaulle en los años del mandato francés que "hacer política en Líbano es como pisar huevos". Más que pisar huevos es atravesar inprevisibles campos plantados de minas. Los libaneses presumen que todos los ejércitos que invadieron, desde hace siglos, su angosto territorio, salieron derrotados, quedaron empantanados en el inextricable laberinto de sus comunidades confesionales. Al norte de Beirut, en las rocas del riachuelo del Nahr el Kalb, están esculpidas lápidas conmemorativas de estas fuerzas extranjeras que fueron obligadas a abandonar este pueblo mediterráneo al fracasar en su voluntad de dominarlo. Es paradójico que este carácter de su historia se haya mantenido en el espíritu de una república mercantil, independiente sólo cinco años antes de que el Estado de Israel fuese constituido en 1948, que conserva su tratado de armisticio con el gobierno hebreo y uno de cuyos más destacados dirigentes del movimiento nacionalista cristiano maronita, Pierre Gemayel, había acuñado aquella repetida frase de que "la fuerza de Líbano es su debilidad".
A las tres semanas de la guerra, alrededor de 2.000 guerrilleros de Hezbollah resisten con coraje mortíferos y devastadores bombardeos aéreos israelíes y sus incursiones terrestres, y sus estrategas siguen lanzando cohetes a objetivos del Estado judío cada vez más alejados. La dirección de Hezbollah, pese a la devastación y el éxodo de la población chií, continúa decidida a proseguir la guerra y presume de haber frenado los planes del Estado Mayor israelí. En el sur, como ocurrió antaño, uno de los más poderosos ejércitos del mundo se enfrenta a una guerrilla que, como pez en el agua, combate en su terruño. Si el jeque Nasrallah cometió un indiscutible error al desafiar a Israel capturando dos de sus soldados, al no prever esta descomunal represalia, los jefes militares judíos han tenido que ir reduciendo sus proyectos de ofensiva ante su sorprendente resistencia armada y ante la hecatombe y la destrucción provocadas en esta inocente población desprotegida. Líbano es un pequeño país de sólo
10.000 kilómetros cuadrados con unos 4 millones de habitantes. Hay que tener en cuenta, además, que esta guerra se libra casi exclusivamente contra Hezbollah, establecida entre la población chií del sur, de la Bekaa y de los suburbios de Beirut. Es, por lo tanto, la comunidad chií la que sufre en su carne las incesantes represalias del Tsahal.
Muchas veces se ha escrito que Israel gana militarmente las guerras con los árabes pero las pierde desde un punto de vista político. Va a ser muy difícil derrotar completamente a Hezbollah, anularla como fuerza popular porque políticamente encarna, para bien y para mal, con el otro grupo del Amal, a la comunidad chií, la más numerosa de Líbano. No se puede marginar a 1,2 millones de personas en un país tan dividido y frágil. Aunque resulte vencido por las armas - y hasta ahora Hezbollah demuestra su increíble capacidad de resistencia- su papel civil, político-religioso, podría salir incluso fortalecido. Las estadísticas son aquí más engañosas que en otros países, pero según un sondeo de opinión, el 96% de los chiíes apoyan a Hezbollah pese a su acción aventurera, percatados de que ha actuado bien a fin de liberar a los 400 prisioneros de las cárceles de Israel, recuperar el enclave de las granjas de Chebba y defender la dignidad árabe y nacional.
Sólo un compromiso político, por ahora muy difícil, podría desbrozar el camino para un verdadero alto el fuego. En 25 años los libaneses han presenciado la evacuación de los fedayines palestinos, la fuerza multinacional, los soldados israelíes y el ejército expedicionario sirio. Líbano ha sido arrojado a una incierta, quizá apocalíptica, etapa histórica tras el año de las efusiones patrióticas después del asesinato de Rafic el Hariri y tras tres lustros de paz y de reconstrucción en los que Siria impuso con mano férrea su tutela, pero impidió también levantamientos confesionales internos y supo mantener a raya a los grupos más belicosos como el propio Hezbollah, su protegido. Este verano, todo sigue siendo posible en Líbano.

Escribe un comentario