La Guerra Civil Española dividió a mi familia. Mis tíos eran católicos liberales que lucharon por la República, a pesar de su aversión hacia algunos de sus compañeros de lucha extremistas, porque deseaban la autonomía para su región natal. A uno de ellos lo tirotearon, otro se tuvo que exiliar y otro cayó prisionero y pasó muchos años represaliado.
Por casualidad, en la línea del frente de Barcelona, hacia el final de la Guerra, mi padre, que trabajaba en el lado nacional, aunque no como combatiente, se encontró con su cuñado quien, en su calidad de oficial médico, se ocupaba de evacuar a los heridos republicanos. Su reconciliación final siempre pareció imperfecta. La viuda de otro tío se casó con un falangista. La mayor parte de la familia la condenó al ostracismo para el resto de sus días. Durante toda mi vida he deseado vivamente ver que se restablecía el respeto y que el odio se transmutaba en historia. Ahora, sin embargo, el Parlamento español está removiendo viejas heridas. La izquierda exige que sean derribados los últimos monumentos que quedan a los vencedores de la guerra.
En parte, se trata de un gesto comprensible, desde un punto de vista emocional, en favor de la paridad: un acto de homenaje a los vencidos, que cuentan con escasos monumentos conmemorativos. En parte, sin embargo, es un disparate revanchista, un intento de deformar la realidad histórica y de eliminar parte de las pruebas.
Las estatuas son para los pájaros. En algunas ocasiones desempeñan una función útil para una gaviota de paso. Algunas veces constituyen una pieza respetable de mobiliario callejero. Sin embargo, los personajes ilustres que representan tienden a perderse en la oscuridad. Algunos conservan su fama o siguen inspirando rechazo, a pesar de sus representaciones simbólicas. La mayoría de las personas es incapaz siquiera de identificar o de recordar a los personajes de las estatuas cuando pasan a diario ante ellas de camino hacia su trabajo. Los monumentos a los tiranos, que aspiran patéticamente a la grandeur, no sirven más que como monumentos a la vanidad. Mueven al ridículo o al desdén, a la sospecha o a una saludable aprensión. En una era postheroica, la sola idea de las estatuas parece anacrónica. La locura de quienes siguen empeñados en erigirlas sólo se ve superada por la estupidez de quienes quieren destruirlas.
En España, la erección y la profanación de estatuas es un vicio nacional. Uno de los dibujos siniestramente humorísticos que realizó el caricaturista español Mingote, popular en los años 60, mostraba a una turba de desdentados de ojos saltones que echaban frenéticamente espuma por la boca mientras apedreaban y hacían pedazos un monumento burdamente pretencioso. La traducción de la inscripción del pedestal al inglés sería The Glorious Jones (Al glorioso García), un nombre tan corriente como para representar algo así como el anonimato.
Allí donde cualquier rememoración del pasado suscita recuerdos sangrientos, ningún monumento conmemorativo está a salvo. En una tierra de pasiones divididas, todo el mundo es enemigo de alguien. Así pues, en lugar de dejar que los monumentos de partidistas o golpistas acumulen desprecio o guano o caigan en una oscuridad decorosa, les envían brigadillas de demolición.
Cada vez que cae una estatua, yo me echo a llorar, no por la persona a la que conmemora, cuya reputación se mantendrá o caerá con independencia de cualquier estatua, sino por mis queridos compatriotas, demasiado inmaduros para contener su cólera. Para mí, las estatuas, las plazas y los arcos de triunfo, todos y cada uno de ellos, son igual de preciosos en cuanto que fragmentos de la diversidad de la que se componen todas las comunidades políticas sin excepción. Son parte de la realidad histórica: eliminarlos es una forma de censura, tan perniciosa e ineficaz como la quema de libros o la tergiversación de un curriculum. Las palabras altisonantes fundidas en bronce o esculpidas en piedra no contribuyen en nada a la fama individual, sino que sirven para preservar la memoria de los conflictos que forjan las naciones y, si se interpretan correctamente, para ponernos en guardia contra los errores del pasado.
Abrigué durante un tiempo la esperanza de que los españoles comprendieran la verdad acerca de su Guerra Civil y estuvieran preparados para aceptarla. La maldad se alió con el idealismo en ambos bandos. Ambos bandos tuvieron sus muertos honorablemente ilusos. Ambos bandos fueron una mezcolanza de coaliciones entre aliados incómodos. Ninguno de los dos bandos fue coherente desde el punto de vista ideológico. Ambos bandos tuvieron su carne de cañón obligada a engrosar sus filas en contra de su voluntad o reclutada con falsas promesas. El conflicto en el seno de la izquierda, que enfrentó a anarquistas contra comunistas y a trotskistas contra estalinistas, fue tan terrible y tan excesivo como todos los demás conflictos subsumidos en la guerra. «¿Es que no somos todos socialistas?», preguntaba George Orwell en medio de los tiroteos en Barcelona. Era como preguntar «¿Es que no somos todos cristianos?» en el Día de la Matanza de San Bartolomé. El régimen de Franco combinó la locura y la brutalidad a una escala increíble incluso para el nivel habitual de la política, pero había quienes querían eso, y el amor y el odio son parte, el uno y el otro, de la Historia de España. Para afrontar el futuro sobre la base de una comprensión realista del pasado, hay que admitir estos hechos. La aceptación del pasado de un país en su totalidad, con todas sus imperfecciones, es un signo de madurez democrática.
Cuando Franco murió, hubo quienes hicieron frente a aquel legado de conflictos y dictadura mediante una amnesia artificial; otros, mediante la evasión. Eso no significaba, como algunos franquistas esperaban, que la propaganda de los vencedores fuera a salir indemne. Poco a poco, los nombres de las calles que formaron parte del decorado temporal del triunfo de uno de los bandos fueron desapareciendo, sin ninguna polémica, en favor de las denominaciones históricas. Se trasladaron de lugar algunas estatuas de Franco a ubicaciones menos visibles; otras se dejaron donde estaban, de acuerdo con las preferencias de los lugareños. A las excursiones de escolares se les enseñó a respetar, sin entusiasmo, su tumba, de un buen gusto sorprendente. Todo ello formó parte de la transición a la democracia.
Ahora, cuando están desapareciendo los últimos representantes de la generación que combatió en la Guerra Civil, se extiende la inquietud por unas víctimas durante mucho tiempo olvidadas y por la recuperación de unos recuerdos tan dolorosos o tan disgregadores que ya estaban reprimidos. Un primo mío ha emprendido un peregrinaje en busca de la tumba de su abuelo. Muchas búsquedas similares han llenado estanterías de libros y las ondas de la radio y la televisión. Una de las consecuencias de estas experiencias es que generaciones demasiado jóvenes para haber combatido en la Guerra se sienten culpables de haberla olvidado. Ésa no es razón para que la vuelvan a representar de manera simbólica. Sólo cuando las personas aceptan el pasado que aborrecen pueden hacer frente, de manera franca y equitativa, a la herencia que se ha dejado atrás.
Felipe Fernández-Armesto es profesor de Historia de España en la Universidad Tufts (Estado de Massachusets, EEUU).
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