El patrimonio arquitectónico de media historia de Avilés va avanzando por la calle de San Francisco hasta estrellarse, allá en el horizonte, con la vieja chimenea del sínter, ejemplo insustituible de la ciudad-fábrica que un día fue Avilés.
Hubo un tiempo en el que Avilés estaba al pie de una fábrica que llegaba hasta Gijón. Miles de avilesinos vivían de esta fabricona, trabajaban en ella, y toda la ciudad vivía por ella. Se llamó Ensidesa.
Un siglo atrás, otra fábrica singular, la Real Compañía Asturiana de Minas, fue pionera en casi todo, especialmente en traer desde lejanas tierras la revolución industrial. Entre medias, en el espacio y en el tiempo, se edificaron, murieron o sobrevivieron todas las industrias que componen el tejido de Avilés. Una espléndida herencia; desde una mina pionera a una gran siderurgia, pasando por fábricas de distintos sectores productivos y algunas construcciones singulares. Todo ello extendido a lo largo de la ría de Avilés y a lo ancho de un siglo.
Siendo de capital importancia este legado tiene el problema de pertenecer al denominado «patrimonio industrial», el más amenazado de todos. Son muchas las aristas de esa amenaza. Para empezar, cuanto más antigua sea una fábrica, más cerca estará del centro de las poblaciones, por lo que se convierte en una presa fácil para la construcción. Por otra parte, este patrimonio se identifica normalmente con el trabajo y demasiadas veces con las penalidades que pasaron quienes allí trabajaron. Por último, está muy cercano a nosotros, en el tiempo, como para darle valor. Es algo así como pedirle a los habitantes de la Hispania de hace dos mil años que valorasen como patrimonio una acueducto recién construido.
Es decir, se pierde mucho y a gran velocidad. Hoy es más fácil conservar el acueducto que la fábrica. Eso se acusa más en los lugares ricos en este patrimonio. Por ejemplo en Avilés. ¿Creen ustedes que algún escolar avilesino se acuerda ya de que un día hubo aquí cuatro hornos altos?
La mayoría del suelo de la antigua Ensidesa le pertenece ahora a un polígono que debe servir para la revitalización de Avilés, sustituyendo vieja industria por industria nueva y construyendo acaso más ciudad. Pero eso no conlleva, en todos los casos, cambiar unos edificios por otros. Hemos de ser capaces de que eso se haga con respeto a las construcciones anteriores, reutilizándolas o conservándolas. Respetándolas, en suma, para contar cabalmente la historia del siglo XX sin dejar de producir riqueza.
Por todas estas razones, desde el año 2000, el Instituto del Patrimonio Histórico gestiona un Plan de Patrimonio Industrial en toda España. También por eso la ley asturiana de Patrimonio Cultural de marzo del 2001 establece una protección preventiva a «las muestras más destacadas de la arquitectura y la ingeniería moderna y contemporánea».
Por lo mismo, una institución internacional tan prestigiosa como la Fundación DOCOMOMO, encargada de inventariar, divulgar y proteger el patrimonio arquitectónico del Movimiento Moderno del siglo XX, ha incluido en su inventario español muchas construcciones de Avilés. A saber: central térmica, acería Martín Siemens, talleres de laminación, hornos de fosa, talleres de mantenimiento, parque de bomberos, taller eléctrico, depósito de locomotoras, estación depuradora, escuela de niñas de Llaranes (todo esto perteneciente a Ensidesa), nave de fundición de Endasa (ahora Alcoa) y laboratorio de Cristalería Española.
Únase a todo esto el soberbio conjunto de Arnao al que, por fortuna, ya han declarado conjunto histórico después de años de abandono, y obtendremos los ingredientes que no deban faltar en la receta de la conservación de patrimonio industrial de Avilés.
Sobran argumentos y se conocen los elementos más valiosos. Todos los días se pierde patrimonio industrial pero, como se puede ver, hay pocas excusas para que, al menos de estos elementos, se pierda un remache más.
Las chimeneas, muchas de las que un día ensuciaron los aires y llenaron los bolsillos de Avilés, han callado. Ahora toca hablar a las personas.

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