Zapatero ha dado el primer golpe de azadón con su ley de la Memoria Histórica que aprobó ayer el Consejo de Ministros. No se considera comecuras, pero en honor a su abuelo, amante de la Geografía, que perdonó antes de ser fusilado, da argumentos a los traficantes de esqueletos; desafía a los sotanosaurios. Los obispos dicen que esta ley incendia el pasado. Los obispos, que llevaron el odio bajo palio, no han pedido perdón. Aquí el único que lo ha perdido ha sido el Partido Comunista, con su reconciliación.A Zapatero le gusta bailar con chacales; le dijo Rajoy que no pusiera a los muertos en la mesa del Consejo: «Era usted muy joven y no le explicaron que la Transición fue un derroche de generosidad por ambas partes».
Lo que pasa es que la guerra es para nosotros una película de sesión continúa. Nos la contaron los vencedores, como suele suceder; nos la narraron los que apoyaron la República, demócratas, brigadistas, hispanistas del mundo. Nunca hubo una guerra con tantos narradores, ni la II Mundial, ni la del Peloponeso. La recontaron los padres, que según Juaristi nos mintieron. Hicieron películas sobre la fiel infantería los vencedores; una vez que ganaron las elecciones, los vencidos se gastaron millones para convertir la derrota en epopeya. Los historiadores y hasta los políticos quieren vengarse, en sentido inversamente proporcional, de sus abuelitos fascistas o de sus abuelitos rojos. Ya sabemos que los republicanos tenían la razón y el apoyo de los demócratas de todo el mundo, pero nadie ignora que unos daban paseos y otros matarile, unos mataban curas y otros, poetas. Con la guerra no ha operado el borrador de Freud; el gusano de la conciencia nos sigue torturando.

Nuestros muertos y sus muertos, en los que nos cagábamos cuando reñíamos en el recreo, nos oprimieron como una pesadilla poco después de que cesaran los disparos. Aún escuchamos el eco de la ley de fugas cuando los maquis. Fuimos títeres, adoctrinados por los hilos invisibles de los muertos y nos siguen aburriendo con aquella feria de fusilamientos.

Si quiere el Gobierno que, como borrachos anónimos, nos contemos atrocidades, sigamos en el sofá, pero la Historia aspira a ser una obra de la razón, no de las pasiones. Claro que eso nunca ha sido verdad. A los historiadores romanos se les acusa de haber manipulado los hechos, por miedo, por cálculo.Tito Livio,cuya palabra suena a mármol, menospreció a César para ensalzar a Octavio, diciendo que el primero dejó a Roma hecha unos zorros y vino el segundo para convertirle en la luz del universo La posteridad acusó a Suetonio de haber denigrado a los 12 césares para agrandar la figura de su señor, Adriano. Aquellos, al lado de éstos, eran oráculos de la objetividad.

Tal vez tampoco era verdad que la Historia fuera la maestra de la vida; tal vez no era sino una sucesión de asesinatos fijados en la memoria; como ahora.

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