PARA Galicia, la Constitución ha sido una garantía de progreso económico. Además de aportar su marco de viabilidad, contiene mecanismos esenciales para la solidaridad entre personas y territorios dentro de España. Sin ellos no serían viables las pensiones, la seguridad social o el propio funcionamiento de la Xunta, ayuntamientos y diputaciones. Esta prosperidad material no debe aislarse del enfoque moral, jurídico e institucional; de las señas de identidad de Galicia como pueblo de España, que, como dice la Constitución, «es patria común e indivisible de todos los españoles». Esta pertenencia esencial, refrendada libremente en .978, se nutre de los principios de «libertad, justicia, igualdad y pluralismo político». Como para las personas, la ruptura de su ser identitario, necesariamente provocará grandes alteraciones en las reglas de la convivencia.
Los catalanes lo han roto en un tiempo de mediocridad y carencia de visión, mirando sólo la contabilidad fiscal para pagar menos al fondo común. Sin ver la compleja y rica trama de la interdependencia entre personas y comunidades de España. Su nacionalismo económico, burocrático y burgués se oficia al tiempo que proclama a Cataluña como nación diferenciada. Los andaluces han querido copiarlos, de forma especialmente ridícula para quienes en otro tiempo tanto enriquecieron la españolidad. Y con escasa lucidez, porque además no son tan ricos como los catalanes y perderán parte de los fondos que hoy reciben de la nueva nación catalana, su vieja tierra de emigración.
Los gallegos no tenemos el poder económico de los unos ni la influencia electoral de los otros. Pero, carentes de personalidad, no queremos estar fuera de la movida nacionalitaria, aunque apunte al desastre. Como envidiosos compulsivos, pensamos que con sólo declararnos los más listos, ingeniosos, especiales y propios, convertiremos los deseos en realidad. Y que si lo plasmamos en un papel mágico llamado Estatuto, donde figuremos como nación de primera división, nos lloverán los dineros hasta las orejas. Esta ensoñación es un atentado a la inteligencia, un carnaval de sueños infantiles. Por falta de modestia y elemental realismo en los gobernantes, en Galicia no se ha reconocido que la vía comprobada para la defensa de nuestros intereses -no digamos ya de nuestros principios y valores- era la defensa de la Constitución. Pensar que como tenía un cuarto de siglo era ya vieja ha sido un grave error, una prueba de ignorancia del constitucionalismo comparado. Ahora nos esperan tirones insolidarios y feas disputas interterritoriales. La pesadilla durará hasta que volvamos a la senda de la Constitución.

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