La sorpresa de la política catalana en el último mes ha sido la irrupción de Montilla como candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat. No se trata de que su candidatura fuera inesperada. Descartado Maragall, lo inesperado hubiera sido que el PSC designara a alguien que no fuera su primer secretario. Pero ha sido una sorpresa que un hombre tan cauto como Montilla haya impreso un giro tan rápido respecto al discurso maragallista y haya formulado críticas tan claras al gobierno tripartito.
En efecto, cuando Montilla, en la entrevista que concedió a La Vanguardia el domingo pasado, se refiere a las "desafortunadas decisiones de ERC", a que "se ha hablado mucho de nación y poco de los catalanes" y a que "ahora toca la construcción social y no se trata de hacer debates nominalistas y abstractos sino de cómo ayudar a la construcción de la sociedad", está criticando y distanciándose de ERC. Pero también Montilla se ha distanciado de ICV al apuntar que no gobernará "con partidos que estrangulen el crecimiento económico de Catalunya", añadiendo, por si no quedaba lo bastante claro, que era partidario de la construcción del cuarto cinturón y de la interconexión eléctrica con Francia. Estas posiciones y estas críticas llevan a sospechar que los deseos de Montilla se dirigen a formar gobierno con CiU, aquella anhelada sociovergencia que hace años, a mitad de los noventa, propugnaba Maragall y que desde el acuerdo con Artur Mas sobre el nuevo Estatut parece desear Zapatero.
Pero también Montilla la ha emprendido con Mas y con CiU. Con especial dureza ha tratado al candidato convergente. Éstas son sus palabras: "Mas dijo que yo podía ser catalán - menos mal, no iba a decir que soy macedonio-, pero no catalanista. ¿Pero quién es Mas para decir si soy o no soy catalanista? Pero si él descubrió el catalanismo hace dos días, cuando era un empleado de la Generalitat. En estas elecciones se presentan varios candidatos, pero hay uno (aludiendo a Mas) que no defendió el catalanismo en la transición. Pudiendo estar no estuvo. Se dedicaba a otras cosas". Y a CiU, a la tradición política pujolista, también le ha lanzado Montilla sus pullas y sarcasmos al mofarse del victimismo ( "no siempre la culpa ha sido de Madrid"), del intervencionismo ( "soy más liberal que los nacionalistas"), de la supuesta homogeneidad cultural ( "es normal que las expresiones culturales del país sean en las dos lenguas y todas son cultura catalana: no es cultura catalana sólo la que se hace en catalán") y de la política lingüística ( "siempre he sido más partidario de las políticas activas en el fomento de la lengua que de las sanciones").
En definitiva, Montilla ha irrumpido fuerte en la campaña con una posición propia y nueva. El PSC de Montilla, por lo que parece, no es el de Maragall. Ahora bien, ¿qué ha estado haciendo Montilla durante estos años, mientras ya era primer secretario de su partido? ¿Estaba quizás agazapado y mudo, esperando su turno? ¿O bien, como buen pragmático, ha sacado las lógicas consecuencias del resultado del referéndum y del evidente descontento de buena parte del electorado socialista con el tripartito? Esto nos lleva a concluir: ¿es creíble Montilla? Dar credibilidad a sus posiciones con propuestas más concretas es la tarea que le queda por delante hasta el 1 de noviembre. Por el momento, ha anunciado un giro notable en las posiciones de su partido.

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