Si aún no ha decidido a dónde ir este verano, o busca una salida de fin de semana largo, voy a proponerle una excursión que le permitirá disfrutar de una orgía artística sin igual. Este verano hay que ir a Provenza y pegarse un tute de arte único en el mundo.
Ya llegamos tarde a un acontecimiento, pues en Aviñón ha terminado el festival de teatro, cuyo momento culminante fue la aparición de Miquel Barceló y Josef Nadj, en un Paso Doble de danza y cerámica.Pero llegamos a tiempo de vivir en la vecina Aix-en-Provence los momentos culminantes del aniversario Cezanne.
Vayamos por partes. En Avignon, el ritual de Barceló y el bailarín ha sido el gran titular del festival. El bruto de Miquel Barceló ha trabajado con esas enormes masas de barro que también ha utilizado para su capilla de la catedral de Mallorca. Y lo ha hecho en público. Y él, que pinta como un pugilista, se pelea con el barro que es un contento. La combinación de la fuerza bruta del mallorquín y la pelea con la gravedad que es lo propio de la danza, ha dado un resultado extraordinario. «Eso ya terminó y jamás se repetirá», ha dicho Miquel.
Pero para los rezagados ha dejado un par de salas de museo que merecen, ellas solas, la excursión. La Colección Lambert muestra en Avignon una pequeña exposición dedicada a un encuentro necesario, el de Picasso y Barceló. En la primera de las salas pueden verse sendas máscaras de barro que son como un milagro, obras extraordinarias que llevan el neoprimitivismo de Barceló a una de sus culminaciones máximas. En Avignon se ven en contraste con obra sobre papel de Pablo Picasso, dibujos para el teatro. La segunda sala reúne pinturas de Barceló de gran formato, inmensas en todos los sentidos, sobre todo el artístico.
Pero la región provenzal ofrece, además, una serie de exposiciones, visitas y excursiones en torno al centenario de la muerte del pintor que inauguró la modernidad, Cezanne. El pintor de los pintores, el pintor sin concesiones, el que mejor construyó con el color y dio paso a todo el siglo XX, era tozudo como un aragonés, y manejaba el pincel como ese otro baturro que se llamaba Goya.Cezanne encontró un modelo que no le falló nunca, que jamás le puso cuernos. Se llama Sainte-Victoire, y es un monte cuya fuerza geométrica elevándose como una muela en medio de los llanos de Provenza le permitió pelear en un combate desigual durante muchos años de su vida. Hay en Aix-en-Provence este verano un montón de muestras de esos combates, 44 óleos y otras tantas acuarelas, todos con el monte Sainte-Victoire como motivo. Y esa y otra gran pintura se ve en el Musée Granet.
Bien organizado, a la francesa, el centenario es ocasión para visitar también los lugares cezanianos de Aix y sus alrededores.El monte, por supuesto, que sigue ahí, ajeno a las proezas de Cezanne. Pero también el taller de Lauves, el lugar donde pintaba cuando el frío del invierno le impedía salir con el caballete.Y las canteras de Bibémus, situadas entre Aix y Vauvenargues, en donde Cezanne, obsesionado por el ocre de su piedra y la geometría de la cantera, alquiló una cabaña para pintar del natural. Y, finalmente, la Maison du Jas, que es la masía que el padre de Cezanne compró en 1859 y donde él vivió toda su infancia y juventud.¡Buen viaje!
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