El guerrear en verano viene de lejos. Pero no vamos a recordar las campañas que en la misma península Ibérica realizaron en su tiempo las legiones romanas, maestros de la guerra. No podían guerrear ni navegar en invierno, pero sí en primavera y verano.

Entrados en la edad moderna, la primera guerra propiamente dicha se inició en verano con la toma de la Bastilla un 14 de julio. Ese día se tiene por el comienzo de la Revolución Francesa, que fue también, en parte, una guerra civil. El 14 de julio francés no va unido al acaloramiento canicular. Fue un día no muy encarnizado, puesto que la toma de la Bastilla se realizó como un acto, de momento, intrascendente. Luis XVI, quien rodeado de versallescos no vivía la realidad del país, dedicó ese día a la caza y por la noche en su muy escueto diario escribió: "Hoy, nada que señalar".

Sin embargo, la Revolución Francesa debía exhibir todo el muestrario guerrero y hasta inauguró la etapa del terror robespierriano, que luego tantas veces se ha repetido.

Siguiendo con las guerras paneuropeas, debemos recordar que la primera gran guerra se inició también en verano (28 de junio de 1914). Empezó con el asesinato en Sarajevo del príncipe heredero del imperio austro-húngaro. La revolución rusa no comenzó propiamente en verano. Se llama la revolución de octubre, aunque siguiendo el calendario ortodoxo, cuyos días corresponden a los principios de noviembre de nuestro calendario. Pero recién terminado el verano, en Rusia, todavía el otoño es suave... para guerrear. La Segunda Guerra Mundial empezó también cuando el verano declinaba. El 3 de septiembre se declaró oficialmente, aunque soviéticos y nazis habían atacado previamente Polonia. En la playa de Ondarrera, de San Sebastián, todavía muy concurrida, vi bajo algún toldo a mujeres pertenecientes a familias del cuerpo diplomático llorando a lágrima viva. Otra guerra iniciada en verano duró tan poco tiempo que apenas se recuerda. Había yo llegado junto a mi familia a una playa de la Costa Brava, cuando tuve que rehacer maletas y volver precipitadamente a mi corresponsalía de París. Francia e Inglaterra, secundadas por Israel, habían atacado el Egipto de Nasser, que acababa de nacionalizar el canal de Suez. Los aliados europeos pronto llegaron a Port Said y les hubiera faltado poco para plantarse en El Cairo. No sólo detuvieron el avance, sino que volvieron grupas cuando Norteamérica y la URSS, siempre tan opuestas, concordaron condenar aquella guerra. Una guerra a la que podríamos llamar relámpago, no porque avanzara como la Blitz Krieg alemana, sino porque permaneció en el firmamento el tiempo de un rayo fugaz.

Debemos hablar de Las largas vacaciones del 36,como titulaba su película Jaime Camino. Relata, el filme, el acontecer de unas familias que estaban de veraneo el 18 de julio, algunos tan cerca de la frontera francesa que tras cruzarla no volvieron a sus lares hasta años después. La guerra civil española empezó en pleno verano, y en sus momentos más calientes después del golpe militar, tan condenable, aparecieron las fuerzas revolucionarias y anarquistas que se adueñaron de Catalunya. En otros lugares de España fue distinto, aunque en todas partes cundió la muerte de uno u otro color.

Es bueno no olvidar las circunstancias de aquella guerra que empezó hace setenta años. Pero el no olvido para evitar cualquier reincidencia no se corresponde con la evocación unilateral o de una fracción. Toda la modélica transición se propuso correr un velo sobre una guerra y la posguerra que conllevó.

Bien están los estudios históricos, pero no las reproducciones ideológicas con la teatralidad. Hemos visto uniformados y bajo la bandera republicana a unos imitadores de soldados cruzar el Ebro. Murieron demasiados, y de ambos lados, en la batalla del Ebro. Bien está seguir itinerarios para hacerse cargo de la parte técnica o militar de la batalla. En cambio, no parece tan loable representar teatral y unilateralmente lo que por desgracia fue una tan cruda realidad.

Finalmente, la guerra de este verano no parece que vaya a alargarse mucho más. Ni tampoco, de momento, ha dado pie a la intervención abierta de quienes apoyan a Hezbollah, como pueden ser Siria e Irán. La diplomacia norteamericana y la ONU pueden promover un espacio o una fuerza de interposición que de momento suspenda las hostilidades. Mientras tanto, no se está a cubierto en una Europa que poco ha podido hacer en favor de la paz. En el último tercio del siglo XIX todavía se podían contemplar las guerras lejanas como un paisaje. A veces nutritivas, como la de Crimea, que dio lugar a suministros, que de ahí vino lo de año de sol y guerra en Sebastopol.Ahora todo nos toca de cerca y si no nos viene de fuera nos lo guisamos desde dentro. Error gestual el del presidente Zapatero al dejarse poner al cuello una kefia o pañuelo de Arafat, en una reunión de muchachos palestinos. Y peor la declaración televisada del portavoz socialista señor Blanco. Dijo, como quien no quiere la cosa, que los muertos civiles de Líbano no son colaterales, sino deliberadas víctimas de los proyectiles aéreos de Israel. Una cosa son las opiniones privadas y otra las manifestadas por personas con representación gubernamental. Han dado lugar a vivas protestas israelíes con acusación de antisemitismo. La opinión de la Europa diplomática ha sido la correcta: "Los primeros responsables son los palestinos, que secuestraron a militares israelíes, cosa que ningún país puede aceptar, pero, en cambio, ha sido desmesurada la reacción israelí".

Es una pena que, así como hay una moneda única, no exista para Europa una posición también unánime para asuntos de orden mundial. La Unión Europea existe a medias y la diplomacia internacional se juega por enteros.