El curso político que termina oficialmente en el fin de semana en España ofrece un panorama desolador, con un suspenso generalizado para el conjunto de los actores de la cosa pública, Gobierno, aliados y oposición, porque nuestro país ha vivido en el último año demasiadas y muchas veces gratuitas e incompresibles tensiones que han dañado los pilares de la convivencia nacional, además de devaluar los signos de identidad y la cohesión de la nación española, abriendo nuevas heridas y reabriendo otras que estaban en el pasado, todavía nadie sabe a cuento de qué.
El nuevo Estatuto de Cataluña, aún inconstitucional e insolidario, además de tener todos los malos ingredientes de un intervencionismo de los poderes autonómicos, nació con más pena que gloria y al margen no sólo del consenso nacional que había imperado en todos los acuerdos de Estado desde el inicio de la transición, sino también de espaldas a los ciudadanos, como se vio en el referéndum catalán, donde sólo el 35 por ciento de los habitantes de Cataluña aprobaron la nueva norma, aún sujeta al arbitraje del Tribunal Constitucional. El Gobierno de Zapatero lo hizo mal desde el principio, y prueba de ello está en la jubilación política anticipada del principal autor, Pasqual Maragall.
El segundo punto de desencuentro está en la anunciada negociación del Gobierno con ETA, también al margen del consenso nacional y de las víctimas del terrorismo, y en este caso con el agravante de que los interlocutores del Ejecutivo de Zapatero no son ya Carod, Maragall o Mas, con sus excentricidades y desafíos nacionalistas, sino los jefes de ETA, Ternera y Otegi, que andan envalentonados y convencidos de que su alto el fuego tiene un precio político que van a cobrar y porque el ya han recibido algún tipo de adelanto, como el encuentro entre Batasuna y el PSE. El presidente Zapatero piensa que conseguirá un paréntesis de secreto para que la opinión pública no le presione, pero da la impresión de que eso será imposible: si no lo logró en Cataluña, menos aún lo va a conseguir con ETA y el resto de los nacionalistas.
Las iniciativas y los debates sobre la memoria histórica tampoco interesan a los ciudadanos, pero sí han servido para aumentar las tensiones entre la izquierda y derecha, y sobre todo entre la clase política, del PSOE y del PP, que no estuvo a la altura de las circunstancias ni en esto ni en otras muchas cosas. El Gobierno y el PSOE siguiendo pasos extraños y a veces iluminados y ajenos a la racionalidad y al sentido común de Zapatero —quien a la vez ha liquidado a todos los barones del PSOE, para convertirse en autócrata y líder único de la situación—, que le ha tomado el gusto a su imagen actual de líder populista escorado a la izquierda, dentro y fuera de España. Y el PP, perdiendo los nervios y con un débil liderazgo de Rajoy, camino de una derecha muy conservadora y en casos muy próxima a la extrema derecha por causa de las presiones de su entorno mediático y por el regreso ruidoso y fantasmal de un Aznar que se resiste a permanecer en el ostracismo de la retirada que él mismo se buscó y había prometido.
Estatuto, negociación con ETA y memoria histórica son campos de batalla entre PSOE y PP, que se prolongan por otras latitudes económicas e internacionales, como son las OPAs sobre Endesa, la gran empresa energética española que los errores del Gobierno puede llevar al desguace, mitad para EON, mitad para Gas Natural, si al final de todo el enredo en el que ha participado, insaciable, el nacionalismo catalán y los pactos sobre el Estatuto con CiU, se confirma un reparto secreto de la compañía, un pacto colusorio en el que los catalanes querrían para sí los activos nucleares, de carbón, insulares y también ¡el marcado catalán!, la antigua Fecsa, lo que a fin de cuentas sería una catástrofe para el sector energético y estratégico español, repartido entre nacionalistas y alemanes, si es que los tribunales no lo arreglan, dando la razón a la defensa numantina que Pizarro y su gente están haciendo, con honor, en defensa de los intereses generales y también de la propia compañía.
Y en política exterior, que les vamos a contar. Cada día tiene su afán o su incidente. El Gobierno mete la pata con una frecuencia inusual y se hace fotos con los populistas de América Latina, mientras el PP se vuelve alinear con la foto de las Azores que metió a España en la guerra de Iraq y nos trajo el atentado brutal del 11M, sobre el que los más notorios agitadores mediáticos del PP promueven sin pruebas una extraña conspiración. El PP con la guerra de Iraq y ahora con la infame guerra del Líbano, y Zapatero con el pañuelo palestino al cuello a ver si así espanta al terrorismo islámico, cosa que ha dado frutos inmediatos si atendemos a las últimas amenazas contra el Al Andalus del número dos de Ben Laden.
La economía parece que aguanta el tirón, mientras los ciudadanos se van ilusionados y desesperados por el calor de vacaciones, pero ya veremos si la burbuja constructora no acaba por estallar, como estallaron en las manos del PSOE los escándalos de Marbella y de Seseña, a título de casos ejemplares y de aviso a navegantes. Y es la economía la que ha impedido, por el momento, que los ciudadanos lancen su ira sobre la política, pero ya veremos qué ocurre en el otoño entrante con un petróleo camino de los 100 dólares, y con un escenario de guerra abierta en Oriente Próximo —próximo de Europa— que ya se verá hasta dónde puede llegar, una vez que los “neocon” del entorno de Bush plantean su respuesta al terrorismo islámico como si estuviéramos en los albores de la tercera guerra mundial.
No están los tiempos españoles ni internacionales para que en este país se pongan en revisión o cuarentena los principios de la convivencia ciudadana. Pero entre los desafíos gratuitos de unos y los disparates de otros, y ambos, PSOE y PP, con liderazgos de poca monta y de escaso talento y responsabilidad de Estado, tenemos que decir que éste no es tiempo para el optimismo, y que todos ellos se merecen un suspenso general, a la espera de que el descanso estival, si es posible, les haga reflexionar y reconducir una situación española que políticamente no es buena y que habría que arreglar ante las negras nubes que, en plena canícula del verano, asoman por la escena internacional. Estaremos, sobre todo esto, muy atentos, por lo que pudiera pasar.

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