IU ha sido capaz de capear el temporal en el Principado sin demasiados costes políticos.
El Gobierno de coalición asturiano llega al final de la legislatura con respiración asistida. De hecho se prolongará los meses que quedan hasta las elecciones por pundonor pero todos parecen incómodos ya en su papel. Las trifulcas, grandes o pequeñas, habidas durante la legislatura han sido poca cosa comparadas con las diferencias internas, esas que no se cuentan en los periódicos, pero que tanto daño hacen a la confianza mutua. Se han producido muchos pequeños episodios difíciles de demostrar, seguramente poco llamativos pero ciertos, como ocultación de informaciones, ausencia en determinados actos, datos equívocos, decisiones no consensuadas, sorpresas en el tratamiento de algunos temas delicados que han ido minando la coalición. Cuando los consejeros de IU --Francisco Javier García Valledor, siempre más locuaz que Laura González-- protestaban o se desmarcaban de alguna medida del Gobierno o de los socialistas estaban, en cierta medida, respirando por esa herida.
Pero la ruptura era improbable aunque a algunos sectores de las dos organizaciones les hubiera venido muy bien. A Izquierda Unida le ha costado muchos años decidirse a entrar en un gobierno y, como ha dicho Ovidio Sánchez, no sale de él ni aunque le echen aceite hirviendo. Puede que algo de eso ocurra. De aquella quisquillosa organización de Julio Anguita, siempre dispuesto a adelantar a los socialistas y a no colaborar bajo ninguna circunstancia con ellos, a esta mucho más pragmática de Gaspar Llamazares media un abismo. Esta Izquierda Unida ha sido un apoyo inestimable para formar gobiernos que se proclaman progresistas en sitios en los que antes había dejado gobernar al PP sin inmutarse: ese fue el caso de Sergio Marqués en Asturias, por ejemplo. Pero eran tiempos en los que José María Aznar y Julio Anguita se veían con frecuencia en presencia de testigos tan peculiares como Pedro J. Ramírez, el periodista que no se corta un pelo en variar su discurso en función de sus intereses personales o comerciales.
A IZQUIERDA Unida le ha venido bien, en todo caso, el paso por el Gobierno. Ahora tienen mucho más conocimiento de lo fácil que resulta defender determinadas posiciones cuando se está en la cómoda oposición y lo difícil que es lograr algunos objetivos cuando se ocupan los sillones del poder. Se han acabado los discursos maximalistas. Ahora ya saben lo que es manejar y ajustar un presupuesto y, sobre todo, captar la influencia de los contrapoderes, que son más de los que parecen a primera vista, y actuar en consecuencia. Ese es un aspecto muy importante cuando se gestiona lo público. Otro, la lidia con los sindicatos, tan poderosos cuando se trata de instituciones o empresas públicas y tan empequeñecidos cuando hay que defender a los miles de desamparados que trabajan en condiciones lamentables en chamizos que se autodenominan empresas. Lección que nunca reconocerán en público pero que es verdad.
Han resistido en el Gobierno también a pesar del profunda fractura interna entre los comunistas de Oviedo que encabeza Francisco de Asís, destituido como director general por ello, y los de Asturias. La coalición ha sido capaz de capear ese temporal sin demasiados costes políticos. Pero esa disputa se recrudecerá en cualquier momento, por mucho que Jesús Iglesias y Noemí Martín intenten poner paños calientes y frenar el desacuerdo. Cuanto más pequeñas y más necesitadas son las organizaciones, más conflictos tienen. En España, la política partidaria y casi la vida en general se basa en la confrontación más que en el acuerdo y la ayuda mutuas. Serán tan graves y tan importantes las diferencias como para que se produzcan esos desencuentros? Detrás de los roces ideológicos no se esconden muchas veces ambiciones personales?
Para Izquierda Unida y para Bloque por Asturias (con un Rafael Palacios viajero, abierto y discreto en su relación con los socialistas), por tanto, han sido cuatro años muy interesantes, pero es posible que para muchos de sus electores no tanto. Por desgracia, viene siendo una constante que cuanto mejores resultados cosechan los socialistas, peor les resultan a los comunistas, que suelen recoger el voto de los descontentos con las políticas centristas de aquellos. Pero si, como en este caso, han formado parte del gobierno, aunque se hayan esforzado en introducir medidas sociales y ajustes más de izquierdas, la verdad es que corren un riesgo evidente de no crecer. Desde aquí hasta mayo todas las tensiones internas del Ejecutivo de Vicente Alvarez Areces vendrán, sin duda, por ahí. Los socialistas marcando diferencias --aunque no parece probable, salvo sorpresa, que logren por sí mismos una mayoría absoluta-- e Izquierda Unida intentando encontrar su hueco. Y Ovidio Sánchez, tan tranquilo porque no tiene nada que perder, escarbando en la herida.
ES DECIR,que, pese a todo, casi seguro que esta coalición tenga que reeditarse en el futuro, salvo irrupción, improbable, de partidos regio-nacionalistas. Sobre ese escenario trabajan todos y por eso probablemente no han roto hasta ahora. Sería difícil de explicar, aunque otras veces ha pasado, una reconciliación dentro de un año cuando tenga que formarse el nuevo gobierno. Por eso mejor aguantar, como sea, hasta el final.
Mario Bango. Periodista.

Escribe un comentario