A muchos de los que hablan sobre la memoria (histórica más o menos) les convendría leer a Kazuo Ishiguro. En sus desdibujados personajes la fiabilidad del recuerdo es casi nula, trasladando así al lector un desasosiego generado en la constante sensación de pérdida, de falta de asimiento del yo, que refleja cuán vulnerable es la memoria, la construcción del individuo sin atributos, en palabras de Musil. Los clones humanos son un perfecto vehículo para explicar ese estado inconsútil de la conciencia, y ése es el argumento de Nunca me abandones.
Similar tema trata La isla, dirigida por Michael Bay el mismo 2005 en que Ishiguro publica su novela, pero es un ejemplo de cómo un mediocre director puede, con una irregular pero efectista película, llevar al público de masas un mensaje que la literatura suele trasladar a grupos reducidos de personas. A diferencia de la novela, sin embargo, la película toma expreso partido contra la clonación humana y describe, en la línea que inaugura Un mundo feliz, de Huxley, aberraciones derivadas del ansia de poder.
Si en Frankenstein, de Mary Shelley, veíamos cómo se apoderaba de un hombre la soberbia de pretender ser Dios, aquí el tema es la avaricia de serlo en beneficio personal. Querer ser Dios para ganar dinero es quizá la forma más rastrera de la blasfemia, y quizá la más peligrosa: ¿cuándo acaba la licitud de negociar con los deseos humanos? Operaciones estéticas externas o internas, hibernación de cuerpos y cerebros, búnkeres antiradiactivos aquí o en la Luna , todo antes que aceptar que somos mortales. La manipulación genética es el presente, y no por casualidad la cinta se plantea en un horizonte temporal cercano (2015). Ricos que cada vez necesitarán serlo menos, con un clon a disposición para eventuales transplantes, deberán en todo caso seguir ciegos a la realidad de que un clon de humano es un humano. Como dice uno de éstos al atónito protagonista cuando descubre su origen, «que uno quiera comerse una hamburguesa no significa que le parezca bien conocer a la vaca...».
Dicen que Dios dijo: «Creced y multiplicaos». En algún momento decidimos que teníamos fórmulas alternativas al método tradicional, y que podían resultar incluso rentables a nivel particular. Que nadie se engañe: entre la clonación terapéutica de embriones y concebir los clones como fábrica de órganos para consumo indiscriminado la diferencia no es cualitativa, porque la cualidad no es más que un cambio brusco en el punto de observación de una línea continua. Una línea en pendiente.
La historia: entre miles de clones generados en un lugar al amparo de miradas que pudieran generar preguntas incómodas, de pronto uno es capaz de rebelarse contra el destino falsamente inapelable de la isla con la que les hacen soñar. Para un unamuniano, esa isla podía ser también la metáfora de un cielo que no existe.Sea como fuere, el sistema llama «error» al que es capaz de pensar por sí mismo, pero el director apuesta por denominarlo de otro modo. Bay, cuyas cintas anteriores se inscriben en lo que podríamos llamar cine patriótico, emula a sus maestros (el productor de la cinta es Spielberg) aplicando a esa misteriosa voluntad de ser, que aparta al ser humano del determinismo, la palabra que el pensamiento anglosajón cultiva hasta el delirio: libertad.
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