En España los grandes hombres están hechos de ladrillos. Como La Cosa, la entrañable amalgama de piedras de Los 4 Fantásticos, Francisco Hernando, alias el Pocero, es un mutante que en otros tiempos fue humano pero que ahora posee superpoderes. En realidad, más que a La Cosa, el Pocero se parece más a La Casa, el aliado de Superlópez que hasta llevaba un cuadro sujeto a la espalda por una alcayata. Al Pocero la espalda enladrillada le da para llevar una pinacoteca.
Se merece el nombre más que nadie porque ha levantado nada menos que 13.500 casas en un chaparral, sin agua ni otros servicios básicos. Poco importa que sean de cartón piedra, como los decorados de las películas del Oeste, con lavabos de ficción y retretes conjeturales. Lo que importa es la visión profética del Pocero, que un día vio un espejismo (un páramo erizado de grúas y rascacielos) y decidió sacar a Seseña de la nada. Antes se decía: «Seseña, la que no lo da, lo enseña». Creíamos que era una invitación sexual, pero qué va: sólo era el piso.

Dicen que el Pocero lloró la primera vez que se duchó. Tenía 29 años, que es más o menos el tiempo que va a tardar el agua hasta llegar a esa especie de Benidorm saharaui. Hoy tiene un yate de 46 metros de eslora y un periódico propio. Empezó en la indigencia, limpiando alcantarillas, y ahora ya sólo le falta presidir un equipo de fútbol.

Aunque parece un personaje sacado de Gólgota, la novela de Román Piña donde Mallorca es pasto de las grúas, el modelo real del Pocero es Bugsy Siegel, que fundó Las Vegas en mitad del desierto y que, según El Padrino, acabó con un tiro en la gafa. Pero ni Seseña tiene luces de neón ni el Pocero usa gafas. Apenas sabe leer y escribir, como buen paradigma del self made man a la española, es decir, un madelman con casco y hormigonera. Su biografía ejemplar -de la mierda a la cumbre- debería ser asignatura principal en los futuros planes de estudio de la LOGSE, la LOE, la OÉ o lo que sea. Para qué querrán nuestros hijos el latín, la literatura o las matemáticas si un analfabeto sin escrúpulos puede encaramarse a lo más alto de la pirámide social a pura fuerza de grava y de estrechar las manos adecuadas.

Porque la lección esencial del Pocero es ésta: estrechar manos a dos bandas, a izquierda y a derecha. Así pudo opá hacer su corrá, con las bendiciones de Bono y la medalla al trabajo de Zaplana. Loor y gloria a la política patria que recompensa siempre el analfabetismo, la especulación y el duro aprendizaje en la universidad de las alcantarillas. Jesús Gil, que estás en los cielos.

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