Niebla que sube a bocanadas lentas. Un arco iris apenas avistado bajo la nube a la que el sol pretende agujerear. El viento amplifica y expande el rumor del río. El verde de los prados se resiste a agostar. Es fácil avistar los muros de una cabaña por los que se enredan la hiedra y la maleza. En algún prado, las vacas que pacen son la imagen pluscuamperfecta de la quietud. Los castañedos y robledales se muestran esplendorosos. En ocasiones, algún eucalipto sobresale por encima de ellos como un intruso, si bien combate una posible monotonía paisajística.
Imaginemos un cuadro así, que tanto y tanto se repite por la geografía astur. Añádase a ello la casa con la piedra vista y el cemento marcando cada nervio de la cantería y mampostería. Muy cerca, el hórreo. Sus maderas, por lo común centenarias, ennegrecidas y arrasadas. Con frecuencia, el tejado recién reparado. Los caminos, aunque asfaltados casi siempre, con vegetación en las cunetas.
Entonces, llega el visitante, tan singular huésped al que se le supone ávido de tranquilidad y quizá también de tipismo. Vida cotidiana que recuerda viejas costumbres ya en desuso. Ritmo lento que envuelve y acaricia.
¿Qué le ofrece Asturias al turista que viene en busca de turismo rural? En cuanto al paisaje y a la mayoría de las casas a tal fin dedicadas, algo muy atractivo, se diría que irresistible. ¿Qué reflexión nos sugiere a los asturianos esta práctica empresarial, esta faceta del turismo que no hemos inventado y que, sin embargo, nos viene pintiparada?
Cuando Ortega visitó Asturias en 1914, escribió entre otras cosas que se observaba en cada asturiano «un fondo rural que perdura». Yo no sé hasta qué extremo podemos ser conscientes de ello. Pero el turismo rural es todo un lujo si se enfoca de forma debida. Lo que se está ofreciendo -que no «ofertando», «palabro» espantoso a decir verdad- es un turismo que no sólo tiene el innegable atractivo del paisaje, sino que cuenta con un valor añadido nada baladí. En el lote va incluida, a poca curiosidad e imaginación que tenga el hospedado, la posibilidad de viajar en el tiempo, de saborear la atmósfera de una Asturias de ayer que aún se puede captar.
Turismo rural. Gallos que cantan muchas veces a deshora. Casas que abren sus puertas a un interior donde habita una forma de vida que está aún muy lejos de olvidarse, que obligaba a sacrificios muy alejados ciertamente de bucolismos idealizados. Población que envejece y que decrece. Acaso también proximidad de un ritual de canto de cisne no muy difícil de percibir. El sesgo melancólico que advirtió con ingenio difícilmente superable Pérez de Ayala.
Nieblas que guarecen aún las mieles y las hieles de gozos y de sombras. Y, en todo caso, escenario poético que no renuncia a su pasado, que lo sigue respirando y traspirando.
Por último, lo que es tal vez lo más importante de cuanto venimos diciendo. La necesidad que tiene Asturias de definirse y de ubicar aquel fondo rural del que hablaba Ortega en lo que seguimos siendo, en aquello de lo que muchos han querido y quieren renegar. Y es que, entre las muchas tareas pendientes que tiene esta tierra, está la de construir un discurso en el que el pasado común ocupa un importante lugar y demanda ser acomodado ya.
Mientras tan importante asunto está pendiente de resolución, ofrecemos al viajero algo que forma parte de lo mejor de nosotros mismos: el entorno rural del que venimos.

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