La actual guerra entre Israel y Líbano es la última incorporación a la lista de guerras sin resolver de Oriente Medio. Después del 11-S, los conflictos bélicos en esta región se inician pero nunca se acaban. Siguen supurando como una herida infectada, sin que se vea la luz al final del túnel. Al contrario, lo que hacen es recalentar la situación política de la región preparándola para nuevos conflictos prolongados. La lista crece sin cesar. Al principio fue una guerra general contra el terrorismo, sin límites ni fronteras. Luego vino la gran ofensiva americana - y posteriormente europea- en Afganistán, seguida por otra aún más letal en Iraq. Guerras antiguas como las de Somalia y Sudán se han reformulado de acuerdo con los nuevos parámetros del conflicto. La larga guerra de Palestina ha cambiado de talante después de la elección de Hamas, con su proyecto fundamentalista, a la cabeza del movimiento nacional palestino.
Ahora le toca el turno a Líbano, un país acostumbrado a las tragedias. La más obvia es la tragedia humanitaria. Por primera vez en la historia bélica moderna, las partes en conflicto han anunciado desde el primer momento que su objetivo son la vida, las infraestructuras y los civiles del otro bando. En el norte de Israel, la vida cotidiana se ha visto gravemente alterada, mientras que el Líbano recientemente reconstruido afronta una nueva oleada de destrucción. Al mismo tiempo que cientos de personas morían, miles eran heridas y medio millón de libaneses se veía desplazado, las infraestructuras del país eran destruidas sistemáticamente. Y la tragedia no es solamente lo que les ha ocurrido a las personas y a los puentes, sino el hecho de que Hezbollah e Israel han decidido hacer al pueblo libanés rehén de sus objetivos bélicos. Además, y por primera vez en los conflictos de Oriente Medio, la comunidad internacional y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no han exigido un alto el fuego inmediato.
De algún modo, casi como si fuera lo normal, se ha decidido internacionalmente dejar que las cosas sigan su curso. Un caso clásico de momento trágico en el que los desastres humanitarios están preñados de consecuencias a largo plazo.
La segunda tragedia obedece a un inmenso error de cálculo. Por la razón que sea, interna o debida a la instigación de otros poderes regionales - Irán y Siria-, Hezbollah ha calculado erróneamente la respuesta israelí al ataque y el secuestro de dos soldados israelíes en el norte de Israel. La dirección del partido de Dios parece no haber tomado nota de la reacción israelí a otra operación similar a cargo de fuerzas palestinas, que desencadenó una miniguerra. Además, se equivocaron también al prever la respuesta internacional y regional - y especialmente la respuesta árabe- al secuestro. De algún modo, Hezbollah ha sobrevalorado sus fuerzas y su capacidad de arrastrar tras de sí no sólo al Líbano sino a todo el mundo árabe. Igual que Saddam Hussein antes que él, Hassan Nasrallah, el líder de Hezbollah, ha sobrestimado la capacidad de la calle árabe de movilizarse para una guerra regional. De hecho, nadie en la región sabe con certeza cuáles eran los fines estratégicos del secuestro. Unas veces, Hezbollah afirma que el objetivo era liberar a los libaneses presos en Israel desde hace años; otras, que pretende crear una alternativa al proceso de paz fracasado o liberar las granjas de Cheba o incluso la propia Palestina.
Pero el error de cálculo no ha sido sólo árabe. Israel ha cometido una enorme equivocación, por más que tuviera objetivos bélicos bien definidos. Por un lado, no ha sido consciente de que la ausencia de un proceso de paz serio lleva necesariamente a algún tipo de enfrentamiento bélico. La famosa ley Kissinger de Oriente Medio postula que la política de la región es como ir en bicicleta cuesta arriba: o se pedalea hacia arriba, en dirección a la paz, o se vuelve abajo, a la guerra. Los sucesos de Gaza y Líbano son los síntomas de un conflicto prolongado que con el tiempo se ha enquistado y va adoptando nuevas manifestaciones. Por otro lado, Israel ya ha estado antes en Líbano, y la lección extraída es que la victoria no es un concepto bien definido que refleje las realidades del poder. Líbano es el país árabe más débil y frágil del que Israel se ha visto obligado a salir, pero, pese a la destrucción del país, ha tenido que marcharse sin un tratado de paz, sin siquiera un acuerdo de seguridad. El tercer error israelí es la incapacidad de aprender no sólo de su propia experiencia en Líbano, sino también de la de Estados Unidos (y otros) en Afganistán e Iraq. Finalmente, Israel ha calculado mal la respuesta del pueblo libanés. Pensaban que la destrucción masiva de recursos humanos y materiales haría volverse a los libaneses contra Hezbollah. Pero estaban equivocados. El pueblo libanés está furioso con Israel porque no entiende que su destrucción sea el precio a pagar por recuperar a dos soldados.
Además, el pueblo libanés prefiere estar en guerra con Israel antes que volver a verse envuelto en una guerra civil.
La tercera tragedia atañe a los medios de comunicación árabes e internacionales y su manera de reaccionar ante la guerra en Líbano. Desgraciadamente, la manera en que la guerra ha sido captada y representada contribuye a aumentar la brecha entre el mundo árabe - y posiblemente también el islámico- y el resto de la comunidad mundial. De algún modo, la guerra ha sido representada como un capítulo más del choque de civilizaciones. Los medios árabes, especialmente las televisiones por satélite al estilo de Al Yazira, se han dedicado a minar el monopolio de los estados árabes en las decisiones acerca de la guerra y la paz. Glorifican el heroísmo de la resistencia,y su desafío a un mundo que consideran injusto está creando un entorno que sólo puede favorecer la prolongación de la crisis. Y los medios occidentales también son proclives a reflejar el mundo árabe de una manera que resulta difícil de entender y se reduce básicamente a la imagen que quieren proyectar Irán y las fuerzas fundamentalistas.
La combinación de estas tres tragedias en Oriente Medio no es nueva. Son los ingredientes ya conocidos de unos conflictos inacabables, perpetuados por el odio, los errores de cálculo y la gestión equivocada.

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