Qué duda cabe de que la acelerada caída de Bagdad a manos del Ejército de los Estados Unidos y la imagen del humillado Sadam Husein en su captura han sido un gran ejemplo para los líderes de los países de Oriente Próximo, los que apoyaron la guerra y los que trabajaron en contra de ella, porque presumen que es la muestra de lo que les sucederá si Estados Unidos consigue poner fin al conflicto en Irak de manera exitosa y rápida. Esta visión de futuro provoca el intento, por parte de los gobiernos de la zona, de que los nuevos conservadores de la Casablanca fracasen en la construcción del Nuevo Gran Oriente Próximo porque esta empresa finiquitará el poder de los líderes árabes.
Y muestra de estas zancadillas tenemos cuando la permisividad de determinados gobiernos ha provocado la entrada en Irak de radicales islamistas y nacionalistas árabes que, por un lado, deja respirar aire puro en sus naciones y, por otro, incrementa el número de soldados caídos que, amontonados en la puerta del Despacho Oval, provoca el deseo de la Casablanca de salir del fango de Irak sin ganas de entrar en otro, por ahora. Tampoco podemos olvidar que este doble juego fortalece la imposición ejercida hacia el pueblo que, con la excusa de capturar a los radicales religiosos y protegiéndose bajo el paraguas de Estados Unidos, aprisiona a toda clase de ciudadanos.
A la cabeza de los regímenes que nos ocupan está el de Damasco, baazista como el de Sadam, liderado por un joven que, hace seis años, heredó el poder de esta República de manera antidemocrática tras la muerte de su padre, Hafez al Asad, uno de los fundadores del partido baazista.
¿Y cuál es la realidad política en Siria? Que el presidente padre continúa gobernando desde su descanso eterno perpetuando su alma y su sombra en las manos de su hijo, que emprende la tarea de acercarse, cada vez más, a la religión musulmana aún siendo secretario general de un partido laico dando el primer paso al casarse con una mujer suní, rama del Islam a la que pertenecen la mayoría de los musulmanes sirios. Ejemplos de esto encontramos varios: su presencia en continuos actos religiosos fotografiado en la tierra santa de la Meca; la ausencia de alcohol en actos oficiales; la presencia pública de las esposas de altos cargos políticos ataviadas con pañuelo cuya imagen, desde hace décadas, no ha sido vista por los sirios; las conferencias de líderes musulmanes a miembros del Ejército sirio, acto novedoso desde hace más de cuarenta años; una Universidad de Sharia (Ley Islámica) y varios bancos islámicos. Estos ejemplos no demuestran que sea un verdadero musulmán, al menos para la mayoría de los creyentes en Siria, sino todo lo contrario, ya que no derogó la ley de pena de muerte a cualquier persona que pertenezca a los Hermanos Musulmanes, grupo que se enfrentó a su padre en los años ochenta.
Esta política de acercamiento y confianza a los islamistas se remonta a la Guerra Fría cuando Occidente y los regímenes árabes, en su afán por evitar la expansión del comunismo en Asia, apoyaron a determinados grupos religiosos dotándoles de armas y potencial económico dando como resultado la formación de milicias y grupos musulmanes, fruto de esto son los talibanes. Esta estrategia provocó un resultado negativo cuando, finalizada la guerra, estos grupos apuntaron con sus armas hacia Occidente, por no ser musulmán, y contra los regímenes árabes en los que nunca confiaron.
Parece que el actual presidente sirio debería pararse a leer nuevamente la Historia si pretende llevar a cabo el mismo juego apoyando a grupos radicales, tanto los autóctonos como algunos grupos palestinos en Siria o su apoyo al régimen de Teherán. Hace unas semanas hubo enfrentamientos en Damasco donde murieron varias personas que, según fuentes de la policía siria, eran miembros de un grupo terrorista entrenados por un imán que desde una mezquita en la ciudad siria de Alepo, invitaba a jóvenes a llevar a cabo la yihad en Irak frente a los ojos de los servicios secretos sirios, hasta el momento en que las autoridades empezaron a pararles y no permitir su salida hacia Irak que, como consecuencia, provocó su activación dentro de Siria. Paralelamente, la policía emprendía la labor de detener a escritores, periodistas, activistas pro Derechos Humanos, líderes comunistas, intelectuales de minorías sirias, cuya única arma es la palabra, condenados a penas que les pueden llevar de por vida a prisión por cometer el delito de abogar por un país libre y democrático, con igualdad de oportunidades para todos.
Y esta maniobra que acomete el joven dirigente no le salvará de las acciones de Estados Unidos, que no le asegura estabilidad ni a él ni a su pueblo. Una nación no se hará fuerte con el apoyo simulado a radicales religiosos sino con la fortaleza de los ciudadanos si se les permite vivir libre y democráticamente, garantizando todos sus derechos.
Mazen Yaghi es periodista sirio y disidente del régimen baazista de Siria.
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