La muerte de Manuel de Muga, a los 90 años, viene a recordarnos su figura, una de las decisivas para el conocimiento y el prestigio del arte catalán aquí y en el mundo, así como del arte en general y sobre todo el moderno en Catalunya y España. Heredero de una empresa de artes gráficas, La Polígrafa, la convirtió en los años 60 en magnífica editora de la obra de Miró, Picasso, Tàpies, Bacon, Matta y otros, mientras también publicaba libros sobre ellos. Y esto en un tiempo donde el hecho no resultaba fácil, al menos para quienes abrían el fuego, como él, y todo ello con proyección internacional, lo que culminó con la apertura de la galería Joan Prats, dedicada a artistas innovadores por excelencia, un conjunto al frente del cual ha continuado su hijo Joan.
Y conste que para imponer su comprometida opción y la calidad de sus realizaciones, Manuel de Muga no transitó un camino de rosas, sino que sufrió serias dificultades, insisto, que afrontó como pudo y desde luego sin apearse del exigente y luminoso cometido que se había fijado, en un mundo donde a menudo priva el mercantilismo, por lo demás necesario en la proporción que sea, pero que convertido en absoluto acaba bastardeándolo todo, en especial a quienes creen beneficiarse con ello. Ayer hablaba de la gran suerte que cara a la eficacia y a la independencia cultural hemos tenido con la empresa privada. Un ejemplo inmejorable sería el de Manuel de Muga y de La Polígrafa, Una pequeña entidad de hondos y nobles efectos. Más exactamente, en su campo no conozco en Catalunya ni en España otra que se le pueda comparar.
A veces coincidía con Manuel de Muga en París, hablábamos bastante, era un hombre educado y culto, libre, de segura efectividad, sensible, con una gran devoción hacia los creadores, puedo testimoniar el respeto con que era recibido en galerías, instituciones, editoriales.
Por entonces yo intentaba que el Premi Internacional Catalunya recayera en Francis Bacon, y contaba con el entusiasmo de Muga hacia la proyecto para relacionarme con él. Pero el propósito fracasó porque un miembro del jurado, e importantísimo, Karl Popper, se opuso apelando a la indudable crueldad que reflejaba la obra de Bacon. Popper era muy amigo del prestigioso historiador del arte Ernst Gombrich, ambos se decantaban por una forma más idealizada, tenían ideas éticas muy firmes sobre el ser humano y la sociedad, así se enfrentó Popper al comunismo y al nazismo, fue una de las mentes lúcidas e influyentes del siglo XX. Pero era también muy enérgico y no pude convencerle, ni aceptaba la paradójica ejemplaridad que puede haber en Bacon.

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