Acabo de volver de Berlín. Pisar la actual capital alemana es rememorar los tiempos de la Guerra Fría. De un Este y un Oeste separado por un infame muro, troceado y convertido, en los últimos años, en fuente de ingresos para las tiendas de souvenirs, mientras el resto del muro que todavía sigue en pie, bautizado como el East Side Gallery, se ha convertido en el diario de una época en la que las frases de horror y reivindicación se mezclan con autógrafos, declaraciones de amor e ironías, no exentas de humor.
Entre paseo y paseo, sigo las noticias del creciente enfrentamiento entre Israel y Hizbulá, que han convertido de nuevo al Líbano en un campo de batalla y muerte en el que Israel persigue a los terroristas y, colateralmente, mata a civiles libaneses.
Pisar Berlín es también rememorar el holocausto. Gente que conoce a los alemanes me cuenta que, todavía hoy, siguen pidiendo perdón por el genocidio judío.
Una de las formas de reconocimiento del horror es el impresionante monumento construido al lado de la turística Puerta de Branderburgo, en el corazón de Berlín. Edificado entre el 2003 y el 2005 resultado de un largo debate en el Parlamento Federal Alemán. Un espectacular campo de 19.073 metros cuadrados formado por 2.711 lápidas de hormigón configura un laberinto donde los turistas nos perdemos, cámara en ristre, para intentar captar en una fotografía esos símbolos del holocausto judío.
Sigo leyendo la prensa. «12 días de guerra. 400 muertos, un israelí por cada 10 libaneses. Más de un millar de heridos. Medio millón de civiles libaneses se ven forzados a dejar sus casas».
En los sótanos de la plaza del Monumento al Holocausto hay un museo donde se documenta la persecución y asesinato de los judíos por los nacionalsocialistas a partir de 1933. Ahí me entero que la lectura de tan sólo los nombres de las víctimas llevaría seis años, siete meses y 27 días.
Leo en la prensa que «desproporcionado» parece ser el epíteto más generalizado (además de chocante por su suavidad que no corresponde con las fotos de la terrible destrucción del Líbano) para calificar la respuesta que Israel ha lanzado en represalia por el secuestro de un soldado israelí, contra un país en el que los terroristas de Hizbulá se sienten más o menos protegidos. Por suave que parezca el calificativo, tan sólo la ONU, España y algunos países europeos se han atrevido a usarlo. Estados Unidos, el único que podría forzar un alto el fuego, reconoce el derecho de Israel a protegerse. Siria e Irán alimentan un Hizbulá que les permite atacar a Israel sin hacerlo cara a cara.
El monumento de Berlín tiene más sentido que nunca. El holocausto sigue. También las complejas causas que mantienen viva la violencia en Oriente Medio. Israel sigue sin cumplir las resoluciones de la ONU mientras mantiene miles de palestinos en sus cárceles. La ocupación de los territorios palestinos es la gran razón de ser de los grupos terroristas, a los que la fuerza de los votos les ha situado al frente de la Autoridad Nacional Palestina.¿A qué espera la Unión Europea para dar una respuesta conjunta?
© Mundinteractivos, S.A.

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