La 'Media Luna creciente' chií, de Nicholas Blanford en El Mundo
El actual conflicto entre Hizbulá e Israel no es, tan sólo, una refriega más, de carácter local, entre estos dos enemigos encarnizados que llevan ya más de un cuarto de siglo luchando en el sur del Líbano. En esta ocasión, se trata es de un intento de redefinición del balance de poder en Oriente Próximo. Y, como tal, tiene implicaciones para los países árabes amigos de Occidente, todos ellos controlados por mayorías suníes, como es el caso de Arabia Saudí, Egipto y Jordania.
Esta apuesta es de enormes dimensiones. Al atacar Haifa, Hizbulá ha trasladado el conflicto a territorio israelí, echando a pique, así, la tradicional doctrina militar de este último país de derrotar al enemigo en suelo extranjero. «Si la población de Israel comienza a clamar por un alto el fuego, entonces el Ejército israelí habrá quedado neutralizado», ha declarado Amal Saad Ghorayeb, experto libanés en asuntos relacionados con Hizbulá. «Y, a la vez, esa misma circunstancia haría saltar por los aires la idea, hasta ahora existente, acerca de la invencibilidad de Israel». El jeque Hasan Nasrala, líder de Hizbulá, aparecía en la televisión para advertir a Israel que la capacidad militar de sus guerrilleros sigue siendo muy importante y que «nos encontramos aún en los inicios» del conflicto. «Nuestros combatientes están ahí todavía y todos ellos aman la idea de una confrontación», agregó el jeque.«Además, pretenden demostrar ante el mundo entero un nueva visión de lo que es la victoria».
Un desafío de semejante naturaleza bien podría animar a los israelíes a desistir de sus propósitos. Pero, además, ha logrado generar una inquietud adicional entre las naciones árabes suníes, las cuales interpretan que esta conflagración es un intento claro y evidente de Irán, país controlado por los chiíes, de proyectar su influencia hacia el corazón del mundo árabe. Arabia Saudí ha hecho una clara alusión a la irritación que siente hacia Hizbulá y su jefe por medio de un comunicado, inusualmente franco, que se emitía la semana pasada tras el secuestro de dos soldados israelíes, en el que calificaba la operación de «irresponsable» y se culpaba a determinados elementos del Líbano «y a quienes se encuentran detrás de ellos».
Durante estos últimos meses, se aprecia la cristalización de una alianza antioccidental, con la que estarían vinculados Irán, bajo la línea dura impuesta por su presidente, Ahmadineyad; algunas facciones chiíes de Irak; Siria -gobernada por los alauitas, un grupo chií fragmentado de la corriente principal-; Hizbulá, y una rama de Hamas con base en Damasco. Ya en 2004, el rey Abdalá de Jordania describía esta alianza como una «Media Luna creciente» chií, comparación que molestó sobremanera en Teherán por cuanto se venía a poner de manifiesto el temor que las naciones árabes suníes sentían ante las ambiciones de Irán de convertirse en una superpotencia regional, con capacidad suficiente como para enfrentarse a Israel. Aunque la inclusión del movimiento suní de Hamas en la mencionada alianza ha venido a debilitar seriamente esa noción de Media Luna creciente chií, la idea de una alianza de semejantes características no resulta enteramente descabellada.
Y, sin embargo, tanto Teherán como Damasco y sus respectivos aliados de Hamas y Hizbulá calculan que EEUU, empantanado en Irak, no tiene capacidad para sostener sus exigencias por medio de la fuerza. Lo que más preocupa a los gobernantes de naciones árabes suníes es que, al tiempo que sus ciudadanos ven por televisión vía satélite imágenes de la destrucción del Líbano por las fuerzas armadas de Israel, la simpatía por Hizbulá crece cada día más entre sus poblaciones, que ven -tanto suníes como chiíes- a esa organización como la única fuerza política y militar con credibilidad, dado que está decidida a cumplir su palabra, emprendiendo las acciones que fueran precisas para enfrentarse a las poderosas fuerzas militares israelíes. Quizá por eso Hosni Mubarak, a quien no le gusta Hizbulá, dijo que «Israel debe dejar de matar a civiles libaneses indefensos».
Nicholas Blanford es analista de The Times.
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