Soy hija única. Hace unos años esta confesión no me la sacaban ustedes ni con la peor de las torturas. Cuando las familias españolas tenían cuatro o cinco críos, los hijos únicos hacíamos barbaridades para ocultarnos. Soñábamos con tener literas en la habitación, escribíamos en los libros de texto nombres de hermanos imaginarios y, sin miedo a ser detenidos, paseábamos por el parque a recién nacidos que no nos pertenecían. Cualquier cosa por parecer niños normales. Ya no hace falta. Hoy, todos, incluso los que tienen hermanos, son hijos únicos.
No ha sido la tasa de natalidad, que desvela una media de 1,3 nacimientos por mujer, la que ha convertido a los jóvenes españoles en unos mimados. Hemos sido nosotros, los nuevos padres. La familia actual, sea del género o mezcla de géneros que sea, ofrece su amor en forma de playstations, ropa sin heredar, habitaciones individuales, cursos variopintos y campamentos veraniegos para que los niños no se aburran ni un segundo.
Según un estudio de la Fundación la Caixa, casi el 90% de los adolescentes salen por la noche cada fin de semana y tienen paga fija. A cambio, menos del 40% hace la cama cada día y más de la mitad no ayuda "nunca" en la limpieza del hogar. Cualquier decisión la discutimos con nuestros retoños y, en general, nos consideramos "poco estrictos". El padre autoritario, el que esperaba en la escalera y daba sustos de muerte, no llega al 3%.
¿Quién se va de una casa como la nuestra? Son tan, tan felices que no se independizan hasta los 30 años. Y, mientras se lo piensan, los tratamos a cuerpo de rey y culpamos de todo al precio de la vivienda. ¡Qué país de hijos únicos!

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