La recuperación de la memoria puede constituir una demanda de justicia y de dignidad. Pero la desmemoria refleja también una necesidad de las sociedades que han pasado por experiencias traumáticas.
La idea de que la recuperación de la memoria es un acto consciente de compromiso y la desmemoria fruto de la opresión, la alienación o el desistimiento puede resultar equivocada si se esgrime de forma absoluta y maniquea. Conviene preguntarse, sin tabúes, hasta qué punto una cautelosa administración de la memoria entraña injusticia y hasta qué punto resulta ineludible o conveniente. Setenta años después de 1936 se intenta restituir la memoria de los represaliados en y tras la guerra civil española cuando, simultáneamente, se pretende desarmar a quienes, en parte usurpando esa misma memoria, se niegan a reconocer que su lucha ha provocado víctimas directas, víctimas señaladas, víctimas contra las que se ensañaron. La coincidencia es temporal y no permite fáciles analogías. Pero revela valores, principios, situaciones que pueden presentar rasgos comunes.
La cualidad de represaliado, como la cualidad de víctima, no debe adueñarse de la personalidad de los vivos. Cuando eso ocurre se producen dificultades de convivencia y de aceptación de uno mismo. La primera necesidad de alguien que ha padecido una injusticia extrema es recabar su compensación moral y material. Pero los daños nunca son reversibles del todo. Es más, en ocasiones son del todo irreversibles. La recuperación de la memoria ha de referirse a lo reversible. Porque lo irreversible es el lastre que a la víctima o a los deudos les corresponde aligerar, sobrellevar o soportar como un recuerdo que acabe ocupando una parte - sólo una parte- de sus pensamientos y sensaciones. Sin embargo, no todo lo irreversible debería convertirse en pasto de la desmemoria. Existen señales sociales no instituidas que refieren piedad, reconocimiento, duelo compartido o afecto. Señales a las que nadie está obligado, pero que dibujan efectivamente los contornos de la memoria y de la desmemoria en una determinada sociedad.
En las localidades pequeñas, donde la guerra civil a menudo asomó como una pugna entre vecinos, como una vendetta atávica, los descendientes de los represaliados conviven con los descendientes de sus delatores e incluso de sus verdugos en un silencio compartido. Ese silencio ha sido fruto del miedo de unos y de la vergüenza de otros. Pero también de la inteligencia, de la necesidad, del instinto por conservar lo fundamental. Al fin y al cabo la dignidad adquiere siempre una medida subjetiva. No existe un canon que fije sus magnitudes; las condiciones mínimas que debe reunir. Cada persona decide, intuye, en cada momento, la dosis de dignidad que precisa para sentirse bien o, cuando menos, para no sentirse peor. En cada momento, porque la dignidad se alimenta del conocimiento, de la relación con los demás, del testimonio de otras personas en situaciones similares. La dignidad también se aprende. Se aprende a huir de la indignidad. Pero nadie ajeno a uno mismo puede trazar la línea que separa una de otra.
Pueden imaginarse horizontes ideales. Pero las soluciones nunca serán perfectas. La restitución moral que se les adeuda a las víctimas de ETA se verá afectada también por la desmemoria. Entre otras razones porque no todas las víctimas ni sus deudos demandan una misma memoria, una misma dignidad. Además, aun sabiendo que lo adeudado no puede restituirse mediante la mera aplicación de éste u otro Código Penal, ha de tenerse en cuenta que no todas las demandas de restitución cabrán en la memoria institucionalizada, ni recibirán lo que sus demandantes consideran en justicia que se merecen.
AVALLONE Pensemos por un instante en que los verdugos de ETA condenados por serlo cumplen sus sentencias y regresan a sus lugares de origen sin expresar remordimiento alguno, reconocer el daño causado o pedir perdón directamente a sus víctimas o a sus allegados. Serán numerosas las víctimas que consideren insuficiente el cumplimiento de la pena impuesta a quienes las hirieron o asesinaron a un ser querido para sentirse moralmente compensadas. Es probable que en ese su enésimo quebranto reciban la comprensión gestual y anímica de ciudadanos que compartan su insatisfacción. Tan probable como que sean muchos más quienes se aferren a un argumento muy socorrido, que hace poco empleó el presidente Rodríguez Zapatero: "Lo importante es que no haya más víctimas". Un argumento que en ningún caso debería convertirse en una invitación a la desmemoria. Porque lo justo sería que las víctimas llegaran a sentir que han dejado de serlo: que han encontrado un lugar llevadero donde consignar su condición de tales, entre sus sentimientos y su pensar.

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