Cosmética para difuntos, de Gonzalo Fanjul Suárez en La Vanguardia
Si en algo han mejorado los líderes de los países ricos es en su estrategia de relaciones públicas. Hace tan sólo unos años, los presidentes Mitterrand y Reagan se paseaban por el mundo derribando o sosteniendo gobiernos en beneficio de sus intereses económicos. Hoy se hace más o menos lo mismo, pero los métodos se han sofisticado. No hay líder global que se precie que no incluya en sus discursos una referencia al problema de la pobreza o a la amenaza del cambio climático.
Sin duda alguna, la perla de este marketing moderno es la ronda del Desarrollo de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Hace ahora cinco años, estas negociaciones se pusieron en marcha con la promesa de equilibrar las reglas del comercio internacional y poner los intereses de los países pobres en el centro del proceso.
De ser real, la ronda del Desarrollo habría permitido reformar algunas políticas que han obstaculizado la prosperidad de gran parte del planeta, como el insensato modelo de protección de la agricultura que se perpetúa en Europa y EE. UU. También habría sido la oportunidad de abrir nuevos mercados de exportación en sectores en donde los países en desarrollo son muy competitivos, ofreciendo alternativas económicas a quienes hoy se ven obligados a emigrar de sus países.
Desgraciadamente, estamos a punto de contemplar cómo esta oportunidad histórica se nos cuela por el sumidero. Viendo cómo transcurren las negociaciones de la ronda, que podrían resolverse en Ginebra en pocos días, le viene a uno a la cabeza la frase que el escritor inglés Saki le dedicó a uno de sus personajes: "Es una de esas personas que mejorarían enormemente tras su muerte".
Tras cinco años de intensas negociaciones, los países pobres corren un riesgo serio de salir de la ronda del Desarrollo peor de lo que entraron en ella. En materia de agricultura, por ejemplo, los poderosos lobbis agrarios de Europa y Estados Unidos han conseguido boicotear una vez más las reformas que el mundo en desarrollo reclama desde hace décadas. Lo único que los países pobres han logrado arrancar hasta ahora es la promesa de eliminar, dentro de ocho años, la partida de subsidios a la exportación,que supone menos del 3 por ciento del total de las ayudas.
A cambio, los países ricos exigen a los pobres desproteger en pocos años sus mercados industriales y de servicios. Sólo por la reducción de las tasas aduaneras, una de las fuentes principales de ingresos públicos del mundo en desarrollo, las Naciones Unidas calculan que los países pobres perderían unos 63.000 millones de dólares cada año.
En este fuego cruzado de acusaciones y reproches, llama la atención la indolencia que ha demostrado el Gobierno español. Refugiándose cómodamente detrás de Francia, que busca blindar sus privilegios agrícolas, España ha sido incapaz de elevar la voz dentro de la UE para reclamar una posición más solidaria con los países pobres. Esta postura no sólo choca frontalmente con los compromisos del presidente Zapatero, sino que supone echar gasolina al fuego del que huyen los emigrantes que llegan a nuestras costas.
Llegados a este punto, hará falta algo más que marketing para reconducir la situación. Con las declaraciones grandilocuentes ocurre lo mismo que con el maquillaje de funeraria: mejoran el producto, pero éste, a la larga, huele igual. Es hora de que los países ricos dejen de hablar de desarrollo en la ronda de laOMCy empiecen a ponerlo en práctica. La oportunidad es ésta y es ahora. Lo demás es cosmética para difuntos.
