Exiliado por voluntad propia en el milenario Valle de Oma y a la sombra de las cuevas de Santimamiñe, el escultor y pintor vizcaíno prosigue con su obra.
También con su proyecto de vida: rehuir el abrazo fácil de los falsos amigos y, sobre todo, el odio irracional de los enemigos.

Demoledoras crujías de antaño, las vigas de castaño y roble que coronan el cielo interior de Agustín Ibarrola recuerdan a una bóveda celeste, pero a lo bestia, sin estrellas pero con grietas, que son vestigio. Un mundo primitivo el de Agustín y Mariluz, el mundo de vacas, bruma y leña que, incrustado como la chincheta de una postal de leyenda, es el que demasiado a menudo nos gustaría tener. La envidia, en su versión sana, es solidariamente admitida en casa de los Ibarrola.

Kurtziñe es un cruce de caminos en forma de madera y piedra.Los caminos físicos del Valle de Oma, un embudo de hayas y molinos en ruina, con la Prehistoria como testigo, si se tiene en cuenta que las pinturas rupestres de las cuevas de Santimamiñe están a la vuelta de la esquina. Pero también los caminos mentales de Ibarrola, un señor entrañable que recibe desde debajo de su chapela como un eremita de espaldas al mundo, en pantalón de pana y pantuflas de cuadros. Y que, contra tantos hombres y contra tantas cosas, se empeña en destilar aquí los días tranquilos del que está en paz con su conciencia.

Lo intranquilo es el contexto. Pero Ibarrola rehúsa el miedo, aunque no el cabreo, y cada uno de sus gestos y cada una de sus miradas, y cada paso en las huellas, en las huellas en el monte, es una forma de reivindicar su derecho a vivir en paz: «Si estoy en Euskadi, mi tendencia es a encerrarme aquí, entre los montes, las pistas y los senderos, porque rehúyo igual el abrazo del otro que el odio del otro... La verdad es que no soy del todo libre más que cuando salgo de Euskadi».

Lo intranquilo es el contexto, sólo y exclusivamente porque los dos guardaespaldas de Agustín Ibarrola Goikoetxea Iruretagoyena Aguirre exploran tu cara y tus gestos cuando llegas a Kurtziñe, por si las moscas. Lo demás es otro cantar: no de lujo, pero desde luego sí de calma y voluptuosidad. «Responsablemente español y profundamente vasco, un vasco agredido y humillado», el inquilino del Valle de Oma ruega y agradece al visitante que la parcela más áspera e incómoda, pero también más manida y gastada, quede reducida a un fugaz entre líneas.

Así que, en la tarde estival y arcaica de Kurtziñe, los protagonistas no serán los de siempre, sino los constructivistas de Malevich, el equipo 57, las fronteras entre lo bi y lo tridimensional, los montones de leña, los cubos de Llanes y su perrito Bugi.Que se jiben los de siempre.

La noción de cruce de caminos atañe también al carácter bidireccional de un Agustín Ibarrola que de niño ya pintaba peñascos y que, como todos, viene de Santimamiñe y por lo tanto de la memoria, pero que a cada segundo busca la modernidad, por lo tanto las traviesas pintadas, el tótem, el simbolismo, el arte. «No, no, la idea de un artista prehistórico y aislado de todo no me gusta...Si hubiera perseguido eso, me habría ido por el expresionismo, y ya ves que no», zanja en seco.

El único expresionismo posible en Oma es el del runrrún del aire ululando en las hojas del bosque, en medio de los volúmenes colosales de Oma, con el bosque pintado a dos pasos y la certeza del artista en su propia apuesta estética. También una apuesta por la desmitificación de la figura del artista: «Siempre fui un artista pobre. No podía conseguir los materiales que quería, así que un día me puse a pintar la naturaleza, el monte, porque eso era gratis; usaba palos que cogía en la montaña, o montones de basura que me encontraba en la calle. Es que hay como una sacralización de los materiales, pero yo creo que no, que la diversidad del material te enriquece como creador... Porque lo sacas del alma».

¿No será ésa la clave del flechazo entre Ibarrola y Oma, saber que el caballete es el árbol, el lienzo, las piedras y el bloque informe, los montes?

Y de eso se trata, también: de tomarle la medida a la montaña.Ése es uno de los viejos anhelos del escultor y pintor, anhelo cumplido: «Cuando vinimos aquí me dije que había que perderle el miedo a la dimensión de la montaña, y ya está: generalmente, el hombre entiende que es él la dimensión de las cosas, pero eso es verdad sólo en parte. Y esa aceptación de la dimensión de la montaña, por donde paseo, tomo notas y pinto, hace que mi propia dimensión humana haya acabado tendiendo a realizar una obra grande, una obra cómo te diría, de gesto no pequeño».

A las siete de la tarde, de espaldas al mundo pero a una hora de Bilbao, Agustín Ibarrola pasea por el valle mientras juguetea con los perros y enfrente de las vacas, en una frontera vespertina que delimita la cerca nueva y las ancestrales boñigas. «¡Mira esos montes!, están llenos de cuevas, nosotros a veces las recorremos, pero hay que saber, claro... Imagínate, vivir ahí arriba: hubo un tiempo, hace miles de años, en que vivió mucha más gente en el Valle de Oma que ahora mismo».

Ibarrola habla con pasión del lugar que escogió para vivir, un brillo arcano le recorre los ojos debajo de la chapela cuando evoca los bisontes, los caballos que la mano del hombre prehistórico dejó plasmados sobre la piedra aquí, en las estribaciones de Santimamiñe.

Sus traviesas de tren pintadas y erigidas como un bosque en el jardín («mis vaquitas, les llaman los aldeanos de aquí, que no entienden muy bien a qué me dedico», explica). Los tomates que cultivaba en la pequeña huerta, y que «eran la envidia de todos los de por aquí, pero daban mucho trabajo». Los montones de leña apilada, leña ocre, leña marrón, leña negra, mil matices en la paleta rural de Ibarrola, que, ácido como un humorista gráfico que no sigue la línea editorial de su periódico, susurra al oído del visitante: «Mira la leña, mira qué bonita... Éso, si lo pones en el Reina Sofía, la gente diría que qué maravilla, y tal».

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