Están en las escuelas, en hospitales vacíos, en naves y mezquitas y en las calles. Los refugiados chiíes del sur de Líbano, a quienes los israelíes han hecho abandonar sus casas, están llegando a Sidón, donde son acogidos por libaneses suníes, que luego los envían hacia el norte, a sumarse a los 600.000 libaneses desplazados que se encuentran ya en Beirut. Por aquí han pasado, sólo en los cuatro últimos días, más de 34.000: una marea de miseria e ira. Costará años curar sus heridas, y miles de millones de dólares reparar sus propiedades dañadas.

¿Y a quién pueden culpar de su huida? El domingo, por segunda vez en ocho días, los israelíes cometieron un crimen de guerra. Ordenaron a los habitantes del pueblo de Taire, cercano a la frontera, que abandonaran sus casas, y luego, cuando el convoy de coches y minibuses avanzaba obediente hacia el norte, un avión de combate disparó un misil contra el minibús que cerraba la caravana, matando a tres refugiados e hiriendo a otros trece civiles. Por lo visto, el proyectil que los mató era un misil Hellfire fabricado por Lockheed Martin en Florida.

Hace nueve días, el ejército israelí ordenó a los habitantes de un pueblo cercano, Marwaheen, abandonar sus casas, y luego disparó cohetes contra un camión que realizaba la evacuación, matando a las mujeres y los niños que viajaban en él. Y ésta es la misma fuerza aérea israelí a la que la semana pasada el profesor de Harvard Alan Dershowitz, uno de los mayores defensores de Israel, elogiaba por "tomar medidas excepcionales para minimizar las bajas civiles".

Los israelíes tampoco han respetado Sidón. Un montón de escombros y paredes derrumbadas es todo lo que queda de la mezquita de Fatima Zahra, una institución de Hezbollah situada en el centro de la ciudad, con el minarete desmoronado y la cúpula descansando sobre el asfalto, con una bandera negra todavía ondeando en su cúspide. Ayer a primera hora de la mañana, cuando llegaron los aviones de combate israelíes, el vigilante, un hombre de 75 años, no tuvo tiempo de salir del edificio y murió horas más tarde a causa de sus heridas. Su silla de plástico blanco todavía está patas arriba junto a la puerta. Es improbable que la mezquita fuera utilizada con fines militares, ya que justo a su lado hay una escuela propiedad de los Hariri, la todopoderosa familia suní de Sidón, que jamás habría permitido que se introdujeran armas en el edificio.

No es que Hezbollah - que el mismo domingo mató a dos civiles israelíes en Haifa con sus cohetes- haya respetado Sidón, cuya población es suní en un 95 por ciento. La semana pasada intentaron disparar misiles de fabricación iraní desde la Corniche, la fachada litoral, y desde el matadero municipal. En ambos casos, los residentes les impidieron físicamente abrir fuego.

La multimillonaria Fundación Hariri, creada por el antiguo primer ministro Rafik Hariri, asesinado el año pasado, ha ayudado a 24.000 refugiados chiíes a salir del sur y llegar a Beirut, pero su generosidad no siempre ha sido bien recibida. Un grupo de refugiados alojado en una escuela técnica en Meheniyeh insultó y empujó a los colaboradores de la Fundación Hariri. En otros lugares, las familias de refugiados también han agredido verbalmente al personal de la fundación. "Nos dicen que trabajamos para los americanos y que por eso los sacamos de allí", explica Ghena Hariri, sobrina de Rafik y licenciada en la Universidad de Georgetown. "Esto nos deja sin fuerzas. Trabajamos 24 horas al día y nos lo pagan insultándonos. Pero me dan mucha pena. Ahora los israelíes les están diciendo que salgan de sus pueblos a pie, y tienen que caminar docenas de kilómetros con este calor".

No es difícil entender por qué esta guerra puede dañar el delicado equilibrio entre comunidades que existe en Líbano. Un grupo de familias chiíes, alojadas en una escuela en las montañas drusas del Chuf, intentó colocar en el tejado banderas amarillas de Hezbollah, y miembros del Partido Popular Socialista druso de Walid Jumblat tuvieron que sacarlas de allí. Es muy posible que al hacerlo salvaran las vidas de aquellos refugiados.

Sin embargo, muchos de los chiíes que se encuentran ahora en este hermoso puerto cruzado han aprendido lo amables que pueden ser sus vecinos suníes. "Estamos aquí. ¿A qué otro sitio podemos ir?", se preguntaba Nazek Kadnah, sentada en la esquina de una mezquita que Rafik Hariri construyó y dedicó a su padre, Haj Baha´udin Hariri. "Pero ellos nos cuidan como si fuéramos sus hermanos y hermanas, y ahora estamos seguros". Esas palabras llenas de emoción hacen surgir preguntas difíciles. Por ejemplo, ¿por qué esa pobre gente no provoca en Tony Blair la misma compasión que supuestamente sintió por los musulmanes de Kosovo cuando los serbios los expulsaron de sus casas? Estos miles de personas están tan aterrorizados y desamparados como los albanos kosovares que huyeron de Macedonia en 1998, haciendo exclamar a Blair que aquella era una "guerra moral". Pero para los chiíes que pasan la noche en Sidón, lejos de sus casas, no hay poses morales, ni propuestas de alto el fuego por parte de Blair, que se ha alineado con los israelíes y los norteamericanos.

¿Y cuál es exactamente el objetivo de sacar a más de medio millón de personas de sus hogares? Mucha de esa pobre gente se aferra a las llaves de las puertas de sus casas, igual que lo hacían los palestinos de Galilea cuando llegaron a Líbano hace 58 años, para pasar allí el resto de sus vidas como refugiados. Sí, los chiíes de Líbano probablemente volverán a sus casas. Pero ¿qué encontrarán allí? ¿Una guerra entre Hezbollah y una fuerza de intervención occidental? ¿O más bombardeos israelíes? Los refugiados de Sidón tienen 36 escuelas en las que alojarse, pero no todos tienen tanta suerte. En todo el sur de Líbano han seguido muriendo inocentes.

Uno de ellos fue un niño de ocho años muerto en un ataque aéreo israelí en un pueblo cercano a Tiro. Ocho civiles más resultaron heridos cuando un misil israelí alcanzó un vehículo cerca del hospital Nayem de Tiro. Y la periodista libanesa Layal Neyib, fotógrafa de la revista Al Yaras,cuyas fotos eran distribuidas también por la agencia France Presse, murió en un taxi durante un ataque aéreo israelí cerca de Qana, el mismo pueblo en que 106 civiles fueron masacrados en una base de la ONU por la artillería israelí en 1996. Sólo tenía 23 años.

En su casa de paredes de mármol situada en lo más alto de Sidón, Bahia Hariri, la madre de Ghena, hermana del primer ministro asesinado y diputada por la provincia, habla con gesto amargo, conteniendo a duras penas su furia. "Nos encontramos en una situación terrible, pero no tenemos la más mínima oportunidad de resolverla", dice. "Rafik Hariri ya no está con nosotros - añade-. La comunidad internacional no está con nosotros. ¿Quién está con nosotros? Dios. Y los libaneses de toda la vida. Y el mundo árabe nos ayudará, o eso esperamos. La única resistencia que podemos oponer es un Líbano unido. Pero el margen para soñar es muy pequeño".