Los 11.659 atletas participantes en los Juegos Gays celebran por todo lo alto -concierto-resurrección de Cindy Lauper incluido- su éxito, un desafío deportivo y lúdico contra la intolerancia.
Según Norman Mailer, Chicago es la última gran ciudad americana; el resto son corredores con moquetas sintéticas para esquizoides.Una ciudad de verdad, capaz de ponerse purpurina para clausurar, ayer, la VI edición de los Juegos Gays.
Algunos de sus vecinos históricos (Frank Lloyd Wright, Louis Sullivan, Muddy Waters, John Dillinger, Nat King Cole y Elliot Ness) se hubieran sentido desconcertados. La matanza del día de San Valentín, los grandes mercados donde la carne se apila en titánicas mastabas, las nubes de material industrial y el frío empaquetado para liquidar incautos han dejado su sitio a un carnaval cósmico, ruidoso, provocador pero sin ánimo de revancha, fastuoso en cifras y que expresa bien la natural facilidad estadounidense para el espectáculo.
Ha sido una juerga hiperprofesional. Ha sido un golpe seco en las mandíbulas de los homófobos. Ha expuesto credenciales para combatir el odio. Quizá, subdivida al personal en categorías estancas, pero ¿quién puede desmentir su éxito? A trasmano de la imperial dotación de cifras estaba la emoción genuina de aquellos que han empujado para levantarlos. Como aclaraba un anciano con la acreditación colgando sobre el pecho: «Hemos trabajado duro, pero es el último esfuerzo y esta noche tocará relajarse y pensar que mereció la pena». Las boquitas pintadas de las drag queens, los zapatos relucientes de los maduros caballeros que se pusieron un piercing en los 90, las rastas del sector adolescente, soprendidas al contemplar la avalancha humana de plumas enhiestas, certifican que sí mereció la pena.
UNOS Y OTROS
A las 15.00 horas del sábado, el estadio Wrigley, sede de los Bears (osos) de Chicago, recibió a un mito, después de albergar las actuaciones de los DC Cowboys, Sharon McNight, Ari Gold, Kristine V y a la Banda de la Asociación de Gays y Lesbianas de Chicago, que ejecutó el clásico blues Sweet home Chicago. Simples teloneros para que la emoción se disparara con Cindy Lauper -sí, vive- mientras entonaba sus himnos, puro desmadre.True Colors y Shine agitaron la moviola sentimental de unos y otros.
Otros, sí, ya que en estos juegos cualquiera puede competir, sin importar sus tendencias sexuales. Muchos de los atletas acuden desde países donde la homosexualidad aún recibe el título de pecado nefando; otros vienen de lugares donde la legalidad tolerante no implica la comprensión ciudadana.
No es el caso de Chicago. Ajeno al caldo de cerebro, el público disfrutó. Festejó los lugares comunes. Agitó banderas. Invocó a los dioses para que George W. Bush abandone la senda presbiteriana.A lo mejor algún día celebra en ligueros la causa rosa a fuerza de repetir consignas.
Venían a decir «Si quieres participar, libérate».Liberarse copa los pensamientos de medio país. El otro medio reza mirando al Capitolio mientras recita versículos proféticos.«Estamos aquí para quedarnos. Nunca más volveremos a las catacumbas», gritaba eufórica Lee Thompson, agitando, de paso, su generosa cirujía pectoral.
Así las cosas, la enseña del arcoiris ondeaba en su salsa, integradora como lo fueron las barras y las estrellas en sus buenos tiempos.Casi cada tribu urbana había comprado billete. Encontrabas chicas de pelo rapado, punkies en horas altas y rockeros anfetamínicos.Todos unidos por la común devoción hacia la comida prefabricada.Su fiebre por los alimentos especiados hubiera sido motivo suficiente para que las naos salieron al mar hace varios siglos. Devoradas como antidepresivo, las pizzas de Chicago (regalo de la inmigración italiana) fueron algo así como el doblón de oro que buscaban en grupos atropellados. «Qué más podemos pedir. Los juegos han sido preciosos y la clausura tiene ritmo», comentó Sandra, activista mexicana, moviendo sus carrillos llenos de peperoni al ritmo (quirúrgico en su complejo mecano, ensayado hasta la náusea para dar sensación de improvisado jolgorio) de la febril gala.
FARDONES
«Me alegro de haber venido. Jamás me hubiera perdido la fiesta. ¿Sabes? Son mis terceros juegos gays». Catherine fardaba de tatutaje. No era la única. Dragones, caracteres orientalizantes, estilizados felinos, corazones, signos zodiacales, grifos, sirenas, nombres de mujer, lunas, dagas y estrellas compartían espacio.Como antídoto cool había turistas, muchos turistas, atentos al discurrir del gregoriano pop, panteísmo glorioso donde los cuerpos bruñidos en el solárium desfilaban por el pasto y las gradas.«¿Te gusta mi tatoo? Me lo hice en Manhattan, el año pasado», señaló Catherine, al tiempo que recorría con el índice los contornos de un jeroglífico estampado en su brazo.
Había que estar allí y frotarse los ojos. Desde que la policía crujiera huesos en garitos de ambiente como el Stonewall Inn hasta este festival huracanado parecen haber pasado milenios.Y eso que aún queda: los juegos no son Olímpicos porque la primera edición, celebrada en San Francisco, sufrió las iras purificadores de los guardianes de la ortodoxia: enviaron a sus abogados para evitar el uso moralmente inquietante del sacrosanto palabro.
Allá ellos, vino a decir un feliz veterano. James Copeland pasa de las cuestiones nominales. Sabe que estos juegos son olímpicos en extensión y ambiciones. Tienen mucho en común con su hermano mayor, patrocinado por el COI. Acumulan expectación y aplausos.Al menos en Chicago (la próxima cita es Colonia 2010) terminaron con la audiencia rendida, mientras en la ciudad proliferaban encuentros de artistas deseosos de transformar la apuesta en multitudinario poema donde los fuegos de la fraternidad abran tajos sobre la cretona que viste a los fanáticos. Como hubiera escrito Manuel Vázquez Montalbán, qué fanáticos no importa, al cabo todos son iguales.
Grandes atletas, sí, pero con ganas de juerga
Apunten: 100.000 espectadores, 11.659 atletas, 65 países representados, 80 millones de dólares en beneficios, 350 patrocinadores, 3.000 voluntarios. Son algunos números de los Juegos Gays. Aparte del deporte hubo más. El fotógrafo Robert Rainey expuso su visión de las nuevas familias americanas. El también fotógrafo Victor Skrebneski mostró retratos de atletas en la Torre Water. La orquesta de Grant Park ofreció conciertos gratuitos. Hubo debates entre líderes de distintas comunidades religosas y expertos en sexualidad.'Soy quien soy', un modernísimo cabaré, presentó su hiperventilado espectáculo. El Coro Gay de San Francisco representó la obra 'Nakedman', musical armado por textos del poeta Phillip Littel y partitura de Robert Seeley. Brian Asawa, acompañado por la pianista Victoria Kirsh, ofreció obras de Handel, Dowland, Shubert, Fauré y Villa-Lobos. La cantante de jazz Doria Roberts desplegó su catálogo de estampas bohemias. Hubo un festival de cine gay y varias decenas más de actuaciones concentradas en siete días bailados a ritmo de ranchera, percusión africana y rock desbocado.El 'bluegrass' de Tanglewwed compartió escenario con las bachatas entonadas por Samuel del Real y su Orquesta, los tributos a Louis Jordan, la parranda vallenata de Very Be Careful, el cajún-creole de los Pine Leaf Boys o el flamenco mestizo de El Payo. Una multitud agitó la coctelera del insomnio en las discotecas. Capital mundial del blues urbano, pocas veces lució Chicago tan excitante.
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