El próximo 26 de julio se cumplirán 30 años del recital de Raimon en Asturias. Alguna vez escribí que, si se hubiera celebrado en el centro de Asturias, sus aniversarios tendrían más repercusión, pero al haber sido en Ribadesella pasarían sin pena ni gloria. Debo reconocer que en parte me equivoqué (aleluya), pues en la pasada «Semana negra» de Gijón hubo un acto muy hermoso llamado «Raimon, Ribadesella 76. Historia de un concierto». Lo organizaron entre Lliberación -un colectivo que actúa al margen de los pesebres del poder, aleluya- y una emisora independiente llamada Radio Kras, que emite desde 1985 en la comarca gijonesa. El alma del acto fue Nacho Elola, que ya en 1976 fue parte de la organización, y el cuerpo lo pusimos (unos más que otros, ay, los kilos) unos cuantos de los que estábamos en la Sociedad Cultural y Deportiva, entidad organizadora del evento. Fue sencillo y emocionante; hubo una proyección de imágenes del concierto, unas palabras informales y tres músicos jóvenes que cantaron versiones de canciones de Raimon como «Diguem no» y «Al vent». Como en La Grúa. A Toño Bárcena, uno de los nuestros, se le puso la carne de gallina, yo lo vi.
Para casi todos nosotros aquella experiencia fue importante, incluso iniciática en el mundo adulto, pues de golpe y porrazo, con veinte años -algunos incluso con menos- tuvimos que hacer frente a una responsabilidad ante Asturias entera. En aquella España franquista cada recital de Raimon era un acto de enorme intensidad contra el régimen, un golpe de la juventud española contra los pilares de la dictadura. Nosotros lo sabíamos y los franquistas también, así que no nos lo pusieron fácil ni el Gobierno civil ni la extrema derecha, que pretendía controlar el país para evitar que llegara la democracia. El Gobierno civil acabó cediendo (ya se olían lo que venía) y autorizó un recital de sólo diez canciones -en realidad, cantó todo su repertorio-, pero la extrema derecha asturiana cayó sobre Ribadesella y se dedicó a llenar el pueblo de pintadas fascistas, a tirar panfletos amenazantes (bastante mal redactados) y a destrozar el sencillo escenario que ya estaba instalado al final del paseo de La Grúa, que tuvo que ser reparado de urgencia el día del concierto, como aún se puede ver en alguna de las fotos. Los ultraderechistas contaron con la connivencia del entonces comandante de puesto de la Guardia Civil, que desoyó nuestras denuncias y les permitió actuar impunemente. Querían atemorizar al pueblo, que no saliera nadie de casa esa tarde y que el recital fuera un fracaso, pero lo que ellos no sabían era que en las semanas previas nos habíamos movido y habíamos conseguido buenos apoyos en Oviedo, Gijón y las cuencas mineras, donde habíamos colocado talonarios enteros de entradas. En toda Asturias se estaban organizando autobuses para ir ese día a Ribadesella, así que nosotros ya sabíamos que el lleno iba a ser total. Lo único que temíamos era que le diera por llover, pues la cosa iba a ser al aire libre, pero San Democracio nos echó un capote y hubo un día fenomenal. Fue un gran día de fiesta democrática, un gran día en el que aquella extrema derecha salió derrotada y no volvió a levantar la cabeza.
Con lo que sacamos en limpio tras pagar al artista, compramos el proyector de 16 milímetros que hoy sigue teniendo la SCD y fundamos un cine club, que acabó decayendo, como decayeron tantas cosas que nos habían ilusionado al final de la dictadura. Llegó la democracia, llegó la amnistía general, llegaron las elecciones libres y llegó la Constitución, pero también llegaron los políticos profesionales, los sueldazos, la sumisión a los aparatos de partido, las listas cerradas, «el que se mueve no sale en la foto», los pactos interesados, la información privilegiada, la especulación, el tráfico de influencias, la corrupción, el amiguismo y otros vicios del poder que tanto habíamos odiado en el antiguo régimen. ¿Tanto remar para llegar a esto? A veces pienso que deberíamos volver a La Grúa, volver a cantar el «Diguem no» y empezar de nuevo a construir la democracia. O lo que sea.

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