La violencia alcanza una vez más cotas insospechadas e inimaginables en el Próximo Oriente. La ciudadanía del mundo y la de Cataluña se manifiesta reclamando la paz, exigiendo el cese de las masacres, que se detenga la invasión del Líbano, que se ponga fin a la impunidad de que goza el Estado de Israel y acabe de una vez por todas la pasividad de nuestros gobiernos frente al horror que se perpetúa desde hace medio siglo.

Los medios de comunicación vuelven a espeluznarnos con el relato y las imágenes de los hechos. Nadie habla de paz. En el lenguaje de los implicados sólo palabras horribles jalonan el vocabulario: venganza, represalia, exterminio, destrucción. No son ellos los que propiciarán la paz en la zona.

En cambio, entre la población civil, la que sufre directamente los efectos de las decisiones que se toman en los despachos sí hay gente de paz, sí hay gente que apuesta por una paz justa, por la convivencia pacífica de ambos pueblos, de dos estados legítimos y legitimados, no por la fuerza, sino por el derecho.Y en ambos lados, en Palestina y en Israel hay hombres y mujeres de buena voluntad, respetuosos de los derechos humanos y de los derechos de los pueblos, que desde hace decenas de años trabajan en silencio, denostados e insultados por su propia gente, pero con el claro convencimiento de que la violencia no conduce más que a la muerte y a una mayor violencia.

Hombres y mujeres israelíes y palestinas que saben que el camino hacia la paz sólo puede labrarse y recorrerse con la paz, el diálogo y el respeto mutuo. Sin embargo, sus voces no llegan muy lejos, sus voces no disponen de micrófonos y cámaras que den a conocer al mundo ese gran deseo de una paz justa por parte de diversos sectores de la población civil.

A pesar de ser silenciadas la mayoría de las veces, esas voces existen, como existe la Fundación Barenboim-Said, con sede en Andalucía, que aboga por la convivencia a través de la música y como existen incansables luchadoras por la paz a ambos lados del muro, como las Mujeres de Negro o como Sumaya Farhat-Naser, titular de la cátedra de Ecología de Birseit, su ciudad natal, situada en los territorios ocupados de Cisjordania, de la que acaba de publicarse en nuestro país uno de sus libros, titulado En la tierra de los olivos, donde cuenta su larga experiencia de años en busca del diálogo, junto con otras mujeres palestinas como ella, e israelíes y cuya tarea se ha visto reconocida por numerosos premios, entre ellos, aquí en Cataluña, el Premio Internacional Alfonso Comín.

Mujeres israelíes y palestinas inteligentes, dispuestas a encontrar soluciones justas, dispuestas al diálogo, dispuestas a afrontar los temas cruciales que sus representantes y dirigentes -e incluso los mediadores- masculinos todos más interesados en cuestiones de poder, más que en la paz, nunca han tenido el valor de afrontar.Ha sido siempre en su cobardía donde ha radicado el fracaso de tantos simulacros de conversaciones de paz y la escalada de la guerra feroz que se libra, que se viene librando en la zona desde la creación del Estado de Israel y el predominio del sionismo más radical.

De las Naciones Unidas mejor ni hablar, ni de los gobiernos extranjeros implicados por uno u otro interés en que el conflicto no se soluciona nunca. Queda la esperanza de que poco a poco -la Historia nunca va lo suficiente deprisa como para salvar las vidas inocentes de los civiles- entremos en una nueva era donde la ciudadanía ocupe su lugar, un lugar decisivo sobre todo cuando se trata de decidir sobre sus vidas.

© Mundinteractivos, S.A.