Jim Dator, uno de los principales prospectivistas americanos, siempre que empieza un curso de grado en la universidad hace una encuesta a sus alumnos para determinar cómo ven su futuro y el de su país.

La respuesta de los estudiantes, durante más de treinta años, ha combinado un pronóstico muy prometedor para ellos con otro más pesimista para su país. Esta pauta demuestra uno de los axiomas de la prospectiva: las imágenes o expectativas de futuro se fundamentan, principalmente, en el desconocimiento y la incoherencia.

Los estudiantes de Dator, en realidad, no tienen ninguna información para saber si tendrán éxito, simplemente lo creen así; del mismo modo, no tienen ningún dato para superar la contradicción aparente que supone triunfar en una sociedad que está en decadencia (pero tampoco pueden argumentar por qué su país estará en crisis). Simplemente se han construido una imagen de futuro incoherente ad hoc que no se basa en ninguna información contrastada.

Efectivamente, a menudo la gente elige creer de una manera contradictoria e infundada que el futuro será de una determinada manera. De este modo, el mañana deviene la gran reserva de esperanza, el reducto de lo improbable pero, a pesar de todo, posible.

Un segundo caso se podría construir a partir de la noticia aparecida en La Vanguardia el pasado 24 de junio: "España: más antimusulmana y antijudía". En ese reportaje se nos señala el crecimiento del sentimiento xenófobo hacia judíos y musulmanes principalmente en España, tal y como se refleja en una encuesta mundial; y eso, a pesar de ser el país que muestra más satisfacción sobre cómo van las cosas.

A partir de estos datos, sería posible definir una imagen de futuro en que se conjuga el mantenimiento de la progresión económica y social con la reducción de la presencia de colectivos musulmanes. Pues bien, una imagen así también denota los rasgos de desconocimiento e incoherencia a los que estamos aludiendo.

El desconocimiento se presenta en su forma más perversa: el prejuicio. Así, los rasgos que se atribuyen a la idiosincrasia musulmana (si es posible meter a todo el islam en un solo grupo) se basan en el más puro tópico: fanáticos, violentos, arrogantes, egoístas, inmorales y avariciosos. Aquí no existe el mínimo esfuerzo de comprensión, no hay ninguna intención de discernir la gran diversidad que existe dentro del islam, ni se encuentra ningún reconocimiento de nuestra historia en común. Sencillamente se impone un arquetipo que evita cualquier reflexión posterior y sobre el que es posible argumentar una postura xenófoba.

Pero también hay incoherencia. La inmigración ha sido un elemento decisivo en la progresión española (tanto para sostener su estructura poblacional como su mercado laboral). Dicho de otra manera, para poder seguir yendo bien, como mínimo a corto plazo, España precisa mantener un aporte continuado de contingentes inmigratorios. Y, dado que nuestro mercado migratorio más cercano es musulmán, es muy difícil eliminar la variable islámica de esta ecuación.

Por tanto, y aunque es perfectamente legítimo que alguien prefiera un futuro próspero en el que no tenga que convivir con musulmanes, tal postura no puede basarse en una reflexión sesgada e incompleta. Deberíamos ser capaces de construir nuestras imágenes de futuro basándonos en información rigurosa y contrastada para, así, entender sus implicaciones y, finalmente, asumir las contrapartidas que puedan conllevar.

En última instancia puede que sí sea todo posible efectivamente en el futuro, pero ciertamente no al mismo tiempo ni al mismo costo.