Astilleros: la guerra de los 30 años, de Jesús Montes Estrada en El Comercio
EN 1618 se produjo en Europa una guerra general que abocó al continente europeo a una vuelta a la barbarie. Esta guerra tuvo, como todas las guerras, un carácter político y evidentemente económico, aunque en su primera fase se vistiese con ropajes ideológico-religiosos: las medidas de la contrarreforma, en realidad, no encubrían otra cosa que los intereses políticos de los príncipes alemanes y algunos aliados contra el Sacro Imperio Germánico y la Casa de Hausburgo. Pues bien, en esta nueva guerra de los treinta años que afecta a Asturias, en general, y a los astilleros de bahía gijonesa, en particular, los intereses también son políticos y económicos.
Poco después de mediados de los años 70, en pleno modelo económico neo-liberal, comienza la lucha contra Asturias, con dos objetivos muy claros: acabar con la empresa pública, motor de la economía asturiana durante años, y desmantelar el tejido industrial para cambiar el modelo económico asturiano y dejar que el motor de la economía pase del sector industrial al sector servicios.
Esta ofensiva generalizada, lanzada contra Asturias por todos los Gobiernos habidos durante todos estos años, aún no ha acabado. La última resistencia son los astilleros gijoneses. Estos días, estamos asistiendo a un recrudecimiento de la ofensiva, en la cual la SEPI, como Tilly y Wallestein al frente de los ejércitos imperiales -en nuestro caso neo-liberales- ponen cerco a IZAR no sólo en Gijón, sino también en Sevilla, Sestao y Manises. Todo lo firmado anteriormente (me refiero, en concreto, al acuerdo del 16 de diciembre de 2004) han saltado por los aires por una decisión unilateral de la SEPI, que, con total descaro, decidió segregar los astilleros cuando se había acordado privatizarlos juntos. Asumía así la propia SEPI el 48% de las acciones, para luego venderlas una a una en un final anunciado y sobre todo sumamente esperado por los 'tiburones' -no del acuario, no confundamos-, sino del ladrillo.
Detrás de estas decisiones de la SEPI se econde la esperanza de poder hacer negocio multimillonario con los terrenos dejados por los astilleros, sobre la base de ladrillos de lujo, ya sea, como opinan algunos, trasladándolos a El Musel, ya sea cerrándolos definitivamente, como opinan otros.
Ante esto, Izquierda Unida, como el Cid en Santa Gadea, se ve en la obligación de jurar todos los días (al fin y a la postre, Rodrigo Díaz de Vivar sólo juró una vez) que ninguna de las dos opciones van a contar con nuestro apoyo ni, por supuesto, con nuestra colaboración y, si alguien lo intenta, nos encontrará de frente. Hecha esta salvedad -no por conocida, «innecesaria»-, la ofensiva neo-liberal contra Asturias se ha definido no sólo por privatizar las empresas públicas, sino, y lo que es peor, por lanzarlas -y con ellas a la economía asturiana- a manos de las multinacionales, que no crean riqueza, puesto que no sólo no forman tejido industrial, sino que las plusvalías generadas por los trabajadores asturianos se escapan a las sedes centrales de estas multinacionales. Como primer ejemplo sirva Tabacalera y su triste final, conocido por todos.
Mientras tanto, aquí, como en Europa durante la Guerra de los 30 años, se ha instaurado la barbarie, la que, como en este caso, afecta a la destrucción sistemática de empleos, a la instauración de un modelo laboral que acaba con los derechos de los trabajadores, que sitúan a la clase obrera asturiana en condiciones de sobre-explotación. En fin, que nos hacen volver a los años del capitalismo salvaje y nos colocan como base de la cuenta de resultados, como único y exclusivo interés de esas 34 multinacionales, dueñas y señoras de la economía asturiana, cuya consecuencia es la amenaza constante de la deslocalización empresarial.
Lo curioso del caso es que los que ahora se quejan de que la economía asturiana no despega y de que nuestros parámetros macroeconómicos están a la cola del Estado español, lo que hace que nuestros jóvenes tengan que emigrar para encontrar trabajo digno, etcétera, son los mismos que en aquellos momentos de ofensiva capitalista contra Asturias saludaban alborozados el fin de la empresa pública y aplaudían, henchidos de gozo, el furor privatizador. En fin, se hacían cómplices, con su nueva fe de liberalismo económico, de la agresión que estaba sufriendo Asturias y los trabajadores asturianos. Y aquí habría que usar aquella famosa frase de Lenin: «Privatizar, ¿para qué?». Pues bien, para esto, para lo que estamos sufriendo.
Vender la joyas de la corona de la economía asturiana, eliminando espacios históricos industriales, sin planes reindustrializadores de diversificación que reviertan en Asturias sus plusvalías, fue un suicidio. Así lo dijimos en aquellos momentos una y otra vez, y éstas son las consecuencias que todos estamos pagando, incluidos los 'hoolligans' neoliberales.
Ante esta situación, se incide en una nueva vuelta de tuerca, con el intento de destruir los restos de la construcción naval que quedan en Gijón. No nos olvidemos de que hasta mediados de los años 80 en esta ciudad había cinco astilleros y que este proceso no se cierra, como en la otra guerra con la paz de Wesfalia del 24 de octubre de 1648. No, aquí los trabajadores continúan en lucha, a pesar de los designios perversos de los Richelieu o Mazarino de turno, y lo hacen defendiendo los astilleros en su sitio natural, es decir, donde actualmente están situados. Defienden un modelo de economía basado en la industria y no en el ladrillo. En definitiva, defienden el futuro de Asturias, aunque desde el Gobierno del Principado salgan ideas tan mezquinas como el de avalar parte de las prejubilaciones de IZAR Gijón si Vulcano quebrase en tres años.
Señor presidente: ¿a quién quieren vender IZAR? ¿Puede quebrar Vulcano en tres años? ¿O en cuántos más? No se ponga la tirita antes de hacerse la herida. Exija a la SEPI condiciones y garantías del mantenimiento de IZAR Gijón y, sobre todo, no intente dar confianza a los trabajadores con una propuesta que, sólo de oírla, produce ya escalofríos. Cumpla con su función, defienda Asturias y déjese de brindis al sol.
Para seguir con las comparaciones de la historia, se duda de la participación de Johan Tilly en el despiadado saqueo de Magdemburgo. Sin embargo, aquí, en España, no tenemos ninguna duda de la despiadada actuación de las fuerzas del orden público contra los trabajadores de IZAR, ya sea en Gijón o, aún más reciente, en Sevilla.
Conocemos a los responsables directos de estas agresiones absurdas y sin sentido, celosos defensores del orden público propiciado por la actitud desproporcionada de sus subordinados, contra unos trabajadores -en bastantes casos, abuelos- que si algo hay que achacarles es que, gracias a ellos, a unos y a otros, a los de IZAR y a Naval Gijón, preservaron y preservan una industria transformadora y cientos de empleos básicos para Gijón y para Asturias. Esperemos que el Gobierno central tome buena nota y ponga en su sitio a estos autoritarios que confunden el orden con la violencia represiva.
Señor Zapatero, de una vez por todas anule la 'Ley Corcuera', anunciada al principio de su gestación como esencial frente a narcotraficantes y terroristas, y cuyo su resultado práctico sólo se aplica, por lo general, a los trabajadores/as, sindicalistas, etcétera, mediante la imposición de continuo, y a través de los distintos delegados de Gobierno, de fuertes multas como elemento de disuasión, con vistas a la justa lucha de las personas por sus reivindicaciones.
JESÚS MONTES ESTRADA. TERCER TENIENTE DE ALCALDE. PORTAVOZ MUNICIPAL DEL GRUPO IU/BA. COORDINADOR DE IU-GIJÓN.
