SI es que no lo pueden remediar. Vienen de una izquierda antigua, setentañista, de póster del Guernica en el dormitorio, de gorra del Che y canción de Víctor Jara, y abrigan en el alma el imaginario reduccionista de la Guerra Fría, el antiamericanismo simplón, el tercermundismo de conferencia de No Alineados, el pacifismo beatífico y hippy de aquel icono de la flor en el casco, los discos de Quilapayún, el cancionero de la Guerra Civil, la Nueva Trova cubana. Un perfume de tardoprogresía que regresa por el túnel del tiempo junto a la chompa de Evo Morales, el uniforme oliva de Chávez, la estrella del Polisario y el turbante de Gadafi. O el pañuelito palestino, en el peor momento, en la circunstancia más inoportuna.
Ese folclore de gauchismo a la violeta -tan parecido a lo que Lenin llamaba la enfermedad infantil del izquierdismo- viajaba ya en el equipaje felipista cuando la sacudida del «cambio» llevó en volandas al poder a aquellos que «The New York Times» llamó «jóvenes nacionalistas españoles», pero González y su gente disponían de un agudo, casi maquiavélico sentido del pragmatismo político, y reconvirtieron toda aquella parafernalia de utopías de manual en una maquinaria de socialdemocracia posibilista. Luego se pasaron de vueltas, cegados por la luz del dinero y la ambición, pero ésa es otra película. El felipismo tuvo el mérito histórico de intuir el viento de centralidad que dominaba a la nueva sociedad española, y a su compás supo situarse en la escena internacional donde demandaban las circunstancias y no los prejuicios, dejando las veleidades de la retroprogresía encerradas en el anaquel de la memoria sentimental.
Por eso se oyen ahora, en el panteón gonzalista, quejumbrosos lamentos sobre una epidemia de adanismo. El adanismo consiste en creerse que uno ha inventado la política, despreciando todo lo ocurrido con anterioridad, como si la Historia reciente fuese una fosilizada arqueología institucional incrustada en los sustratos del Estado. Significativamente, algunos zapateristas llaman a sus antecesores «la gente antigua», y los miran con esa mezcla de osadía y compasión con que Felipe y Guerra contemplaban a Llopis y sus momias del exilio. Pero Llopis no había gobernado. Y no había, por ejemplo, reconocido e intercambiado embajadores con el Estado de Israel.
En su fiebre adanista, el zapaterismo quiere ganar la guerra perdida por sus antepasados, agitar las banderas polvorientas de un internacionalismo populista, apuntarse a causas abandonadas por la izquierda de la «tercera vía» blairiana y resucitar el imaginario confederal y republicano arrumbado en una Transición de la que esta «gente moderna» no se siente heredera. Ese pañuelo palestino ceñido al cuello presidencial en plena crisis del Líbano no es sólo una bisoña metedura de pata diplomática. Es un síntoma de irritante inmadurez política y de torticero fundamentalismo ideológico. Y es, también, el retrato de una generación descolocada, que ignora que no hay nada más antiguo que un moderno trasnochado.

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