La Coctelera

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19 Julio 2006

Todo el mundo tiene derecho a defenderse, de Ahmad Jalidi en El Mundo

Por lo que parece, Occidente insiste en que sólo una de las partes en conflicto está capacitada para intervenir militarmente más allá de sus fronteras. Se trata de algo que no se aceptará jamás.

Mucho se ha argumentado en estos días, desde la cumbre del G8 y desde muchas otras instancias, sobre el derecho de Israel a tomar represalias por la captura de sus soldados o por los ataques a sus tropas en su propio territorio soberano. Hay quienes parecen creer, como el Gobierno de Estados Unidos, que Israel tiene bula universal y absoluta para devolver los golpes a sus enemigos sin que importe el coste. Incluso quienes están dispuestos a reconocer que quizá hay en ello un problema tienden a expresarlo en términos de «uso desproporcionado de la fuerza».

Sin embargo, lo que está en juego no es la proporcionalidad, o la cuestión de la defensa propia, sino la simetría y la equivalencia.Israel está reivindicando el empleo exclusivo de la fuerza como instrumento de política y se ha empeñado en negar ese derecho a cualquiera, estado o no estado, que se le oponga. También está consiguiendo en gran medida presentar su «derecho a la defensa propia» como algo por encima de cualquier otra consideración, al mismo tiempo que niega ese mismo derecho a los demás. Y la comunidad internacional está haciendo suya la postura de Israel en ambos extremos.

Desde un punto de vista árabe, todo eso no puede considerarse justo. No hay ninguna razón por la que Israel pueda justificar la posibilidad de invadir un territorio árabe soberano y eliminar a los que considera enemigos suyos mientras la parte árabe no puede hacer eso mismo.

Es importante tener presente que, tanto en el caso del asalto de Hamas, que ha terminado con la invasión de Gaza, como en el caso del ataque de Hizbulá, que ha terminado con el asalto al Líbano, los objetivos fueron las Fuerzas Armadas de Israel, no la población civil. Resulta difícil de explicar cómo se pueden clasificar ambos hechos bajo la rúbrica de «terrorismo» en lugar de reconocerlos, lisa y llanamente como una derrota en la tan celebrada maquinaria militar israelí, algo que Israel parece poco dispuesto a admitir.

Eso tiene que ver en parte con la paradoja del poder: cuanto más poderoso es el Ejército israelí, más susceptible y vulnerable se vuelve ante cualquier contratiempo de escasa entidad. La pérdida de un solo carro de combate, la captura de un solo soldado o cualquier daño menor infligido a un barco de guerra desencadena un efecto negativo multiplicador: el poder de «disuasión» de Israel queda ridiculizado.

Y está en juego una cosa más: el miedo de Israel a reconocer cualquier forma de equivalencia entre los dos bandos. Es esto precisamente lo que parece que proporciona la coartada moral y psicológica del actual ataque de Israel, tanto en Gaza como en el Líbano; la sensación de que quizá haya encontrado su igual en cuanto a audacia, ingenio táctico y limpieza de la operación militar. Es un adversario que a lo mejor ha aprendido una o dos cosas del propio Israel y que a lo mejor es capaz de aprender incluso alguna cosa más en el futuro.

Por supuesto, no ha habido nada limpio en las operaciones militares israelíes a lo largo de muchas décadas de conflicto en Palestina y el Líbano. El desprecio inmoral de Israel por la vida de los no combatientes durante los últimos días ni es nuevo ni es ajeno a su naturaleza.

Para quienes se quejan de las violaciones de la soberanía de Israel cometidas por Hizbulá o Hamas, quizás resulte conveniente recordar las decenas de miles de violaciones israelíes de la soberanía libanesa desde finales de los años 60; las incursiones aéreas de mediados de los años 70 y de principios de los 80; las invasiones de los años 1978 y 1982 y la ocupación de Beirut; los centenares de miles de refugiados; la zona de exclusión y las fuerzas de interposición establecidas durante 28 años en el sur del Líbano; los asesinatos, coches bomba y matanzas y las continuas violaciones del territorio, el espacio aéreo y las aguas de exclusión de soberanía libanesa, además del mantenimiento de libaneses en prisión después de la retirada de Israel en 2000.

No será necesario enumerar aquí la gama completa de violaciones de la soberanía palestina por Israel, entre las que no es la menor su reciente negativa a aceptar la opción preferida soberanamente por el pueblo palestino en las elecciones.

La ejecución extraterritorial y extrajudicial de dirigentes y activistas palestinos a manos de Israel empezó a principios de los años setenta y no ha cesado desde entonces. Sin embargo, para aquellos que necesiten alguna aclaración adicional sobre la última acción de Hamas, deben saber que, desde que empezó la ocupación, en 1967, se han registrado unas 650.000 detenciones y 9.000 palestinos se encuentran en la actualidad presos en las cárceles israelíes, entre ellos, unos 50 ancianos encarcelados antes de los acuerdos de Oslo de 1993 y a pesar de esos mismos acuerdos, junto a muchas otras personas a las que Israel se niega a poner en libertad con el pretexto de que «tienen las manos manchadas de sangre», como si el valor de la sangre humana de unos fuera superior a la de los otros.

A decir verdad, cuando George W. Bush y otros dirigentes occidentales no dejan de farfullar sobre la libertad, la democracia y el derecho de Israel a defenderse, la insistencia de Tony Blair en que lo que ocurre en Oriente Próximo no debería vincularse a los acontecimientos terribles que se dan en otros lugares suena cada vez más a pura necedad.

La guerra que lentamente se va apoderando de todo Afganistán, la devastación de Irak, la muerte y destrucción en Gaza y los bombardeos de Beirut vienen a cargar de razón a aquellos que están convencidos de que Occidente es incapaz de adoptar una posición moralmente equilibrada y de que es cómplice, directo o indirecto, de un plan que tiene por objeto doblegar la voluntad de árabes y musulmanes y de someterlos al yugo sin límites de los israelíes.

Frente a lo que Blair parece creer, es improbable que el empleo de la fuerza engendre liberalismo y moderación. Lo que está en cuestión aquí no es la democracia sino el derecho a hacer frente a la arrogancia de los israelíes y a ser tratados en pie de igualdad con ellos en todos los aspectos, incluso en el empleo de la fuerza. Si Israel tiene derecho a «defenderse», entonces es que todo el mundo tiene ese mismo derecho.

Es más, no hay nada en la historia de Oriente Próximo que indique que el aniquilamiento de movimientos como Hamas o Hizbulá (aún en el supuesto de que eso fuera posible) vaya a empujar a sus sucesores a abrazar la democracia de estilo occidental, y hay razones sobradas para creer lo contrario. Con independencia de cómo termine la última aventura de Israel, no va a generar mayores simpatías y comprensión entre Oriente y Occidente ni un retroceso del extremismo.

Todos, israelíes, árabes y occidentales, sufriremos las consecuencias.

Ahmad Jalidi es miembro asociado de rango superior del St. Antony's College de Oxford y ha sido negociador en representación de Palestina.

© Mundinteractivos, S.A.

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