Trascendencia de los epitafios, de Alfredo Conde en El Periódico
Chateaubriand, ese autor que se afirmó tan carca y que, ahora, al leer sus Memorias de ultratumba, se nos antoja tan moderno y actual --incluso tan progre o al menos tan próximo--, escribió que "todos, al morir, pasamos el peso de la vida a otro; en cada sepultura hay un hombre que recibe el fardo de la mano del hombre que va a descansar: el nuevo mensajero lleva a su vez este fardo hasta la próxima tumba".
Quizá esto sea cierto y haya quienes, acostumbrados a hacer durante toda su vida lo que les dio la real gana, pretendan continuar haciéndolo desde el otro mundo y, para conseguirlo, decidan transmitir las órdenes oportunas --breves y concisas en ocasiones, cómicas en otras, pretendidamente reflexivas y filosóficas en no pocas-- a través de sustanciosos epitafios que puedan hacernos reír o estremecernos, llenarnos de ternura o de irritación, de devoción filial o de admiración inusitada hacia quienes descansen panza arriba en el fondo de las sepulturas que los exhiban y los tiempos que los acogieron.
Los coleccionistas de epitafios, que los hay, como los hay de esquelas enjundiosas --Camilo José Cela fue uno de estos y conservaba alguna que realmente lo era-- podrán aportarnos algunos que ilustren ese afán del que habla Chateaubriand y que consiste en hacer transferible el fardo de la experiencia vivida al primer transeúnte que se detenga delante de una sepultura; haciéndolo bien sea a través de la ironía o del desparpajo, bien mediante la truculencia o el guiño cómplice, también gracias a los infinitos recursos que nos proporciona la preceptiva literaria aliada con la imaginación y el deseo de trascendencia.
POR ESTOS pagos, por ejemplo, es conocido el epitafio que recuerda que "aquí descansa fulanita de tal que yace, por primera vez, con las piernas cerradas". Podrían citarse muchos más, pero valga este como introito de lo que se pretende o anuncia, a la vez que como resumen de lo que Joseph Joubert, otro francés de antaño, nos advierte: "La tumba nos engulle, pero no nos digiere. Nos consumimos, pero no se nos destruye". O dicho en lenguaje más accesible y castizo: genio y figura hasta la sepultura y aun del otro lado de ella, que de eso son expresión los epitafios y a su afán de trascendencia es a lo que nos referimos.
Esto es lo que debieron pensar los autores de no pocas de las lápidas que al parecer ilustran los nichos del cementerio de Alfafar (Valencia). Pudo comprobarse, el jueves día 6, al ver reproducida en no pocas páginas de periódicos de toda España la correspondiente al conductor del metro valenciano, fallecido en el reciente y triste episodio que todos conocemos. En esas lápidas (al menos en esta), aunque es de suponer que en no pocas del resto del camposanto en cuestión y aun en algunos otros de sus alrededores, figuran el logotipo y el nombre de una empresa de servicios fúnebres, con su correspondiente número de teléfono --no consta el NIF-- al tiempo que el de otra empresa funeraria más que, silenciando igualmente su NIF, también facilita su número de teléfono. Tal es lo que va de ayer a hoy. De los epitafios que sirvieron para toda una literatura existencial y necrológica a estas breves y concisas píldoras publicitarias.
Sin el más mínimo deseo de pecar de irreverente, quien esto escribe no deja de preguntarse por la conveniencia de incluir igualmente en las lápidas los números de teléfono del concejal delegado de Parques y Jardines. Y también los pertenecientes a los responsables de sanidad y consumo, así como el de aquel otro edil que se ocupe de cementerios y demás espacios singulares. Estaría bien a efectos de las reclamaciones que sean consecuencia lógica de las incomodidades que puedan padecer quienes se encuentren del otro lado de las lápidas.
También se pregunta el asignante qué pasará, al cabo de unos años, cuando los visitantes de estos cementerios levantinos, casi una contradicción en los términos, se encuentren con estas lápidas y sus anuncios empresariales y dinámicos, otra contradicción más para los que descansen en ellos, pertenecientes a compañías extintas, pero que persistan en anunciar teléfonos que para aquel entonces ya ni siquiera funcionen. No es de prever. Pero se admiten sugerencias.
PARA TERMINAR,no será malo recordar lo que nos avisó Voltaire: "Una princesa algo tonta ordena construir una capilla a las 11.000 vírgenes. El servidor de la capilla no duda de que las 11.000 vírgenes existieron y ordena lapidar al sabio que duda de ello. Los monumentos no prueban los hechos más que cuando esos hechos verosímiles nos son transmitidos por contemporáneos ilustrados". Esas lápidas, monumentos funerarios que hoy dicen no pocas cosas de nosotros, ilustrarán en el futuro nuestra contemporaneidad. Cómo podrán hacerlo de modo verosímil es algo que cuesta considerar y queda al albur de la imaginación de los lectores.
