La Emergencia Montilla tiene tal trascendencia en el charco político catalán -y más tendrá cuando empiece la campaña- que parece diseñada por un equipo de guionistas de culebrón en TV3: la realidad imita al arte. Resumamos los capítulos anteriores.

En 1955 nace en Iznájar, pueblo cordobés con un pantano muy grande, un niño al que llamarán José. En 1971 la familia, como tantas otras de Andalucía, viene a Barcelona porque más cornadas da el hambre. José tiene 17 años. Gracias a la formación profesional adquiere conocimientos administrativos de contabilidad, correspondencia mercantil y mecanografía -si bien sus biógrafos aluden vagamente a estudios de Derecho y Economía porque piensan que viste másy, cual corresponde a un joven pobre con conciencia de clase, milita en partidos de izquierda. De la radicalidad del PTE al eurocomunismo del PSUC, y de ahí a la socialdemocracia del PSC (PSC-PSOE). Ahí hará carrera.

Acelerando. Pronto verá el joven Montilla, hombre-máquina frío como el hielo, que lo que el astuto Stalin había descubierto respecto a la dictadura del proletariado es aplicable, con las debidas correcciones, a la democracia parlamentaria: quien domina el aparato se adueña del partido y el dueño del partido toca poder. En el caso de las democracias, si el partido gana -por mayoría absoluta o relativa- las elecciones.

Pero no hay que impacientarse. En Cataluña, desde siempre -desde el hombre de Taltavull o desde el Romanticismo-, han mandado los catalanes de toda la vida. De alta montaña o de las colinas.Estos (los Pujol) ya han mandado y a aquellos (los Maragall) les dejaremos cerrar el ciclo.Ya llegará la hora de los nuevos catalanes, cuando la sandez de las esencias identitarias ya solo se la crean cuatro chalados de ERC. Cuando vio, en el Congreso que había elegido como presidente del PSC a Maragall, la sonrisa de Manuela de Madre, nueva vicepresidenta, junto a la de José Montilla, nuevo secretario general (que resistió impecable los intentos reiterados de convertirle en Josep), este cronista lo tuvo claro y lo escribió aquí: «Es nuestra hora», decían aquellas sonrisas.

Así ha sido. Como constató lúcido Vicenç Villatoro, exhibiéndose orgulloso como charnego situado, la estrategia Montilla puede ser imbatible. Las bases del PSC y sobre todo sus votantes -se vio cuando Borrell fue plebiscitado como candidato- no son catalanistas.Para José y Manuela, el catalanismo no es una convicción honda (como para Quim o Jordi) sino una laca de uñas que te quitas si surgen unos Ciutadans disputándote clientes. Cataluña es -y será cada vez más- un país mayoritariamente hispano, como Extremadura o Colombia. Y los ceballuts irrredentos no pueden cuestionar a los Montillas por ser andaluces sin incurrir peligrosamente en xenofobia y clasismo. Ergo...

Falta algo: unos cuantos torracollons que vayan recordándole al presidente Montilla cuál es el país real. Podemos tenerlos si Ciutadans alcanza representación parlamentaria. Entonces habremos llegado, por fin, al oasis.

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